Capítulo 8 – Verdadero combate

Ah, pobre, triste y casto infeliz. ¿Hay alguna cosa en mí que te distraiga de que esto es una pelea?

¿Qué decir de mi vida? Que no me puedo quejar. Tiene poco sentido, igualmente, el reclamar nada cuando puedo tener a mi disposición todo cuanto necesito y quiero.

Aquí, donde me tenéis, antes de ser esta mujer independiente que bien sabe sacarse las castañas del fuego, siempre fue la perfecta mujer educada, la eterna dama fría de comportamiento perfectamente medido, la señora de un buen y millonario señor que me haría la vida posible sólo por ser el vientre que diera nacimiento a sus hijos…

…no es eso lo que pensaba hacer yo con mi vida. Mi educación sigue ahí, mi vida preparada a la mínima pulgada seguía inalterable, los inevitables planes de futuro sobrevolaban mis rojos cabellos y yo no podía decir nada. Nunca pude.

Aunque sería más preciso decir que no me lo permitían. Poder, todos podemos hacer todo lo que queramos. Yo, al menos, no me dejé arrastrar por mis circunstancias e intenté ganarme la vida por mi cuenta. Me advirtieron que no lo lograría, que me rechazarían, que volvería y entonces me castigarían en serio por mi osadía.

Me dijeron que estaba equivocada.

Que era una necia.

Que no merecía la pena hacerme caso porque estaba destinada a caer.

Me rechazaron.

Me desheredaron.

Me olvidaron.

¿O no?

No, señor. Cada vez que mi padre me ve cruzar la puerta del edificio que se levanta frente a su fábrica, cada vez que me ve salir entre risas junto a Carl para ir a tomarnos unas pintas, cada vez que me ve con el equipo al hombro con una mirada desafiante a todo aquel que se cruce en mi camino… no es capaz de olvidarme. Así como de darse cuenta de que el único individuo de orgullo ciego que se niega a reconocer que se ha equivocado es él.

Así con todo, es un buen hombre; a la vieja usanza, pero buena gente.

Pero dejemos de hablar de quien no va a volver a salir en mi relato. Hablemos de mí, que para eso os escribo.

¿Cómo llegué a trabajar aquí? No neguemos que la suerte tiene mucho que ver. Al fin y al cabo, si mi actual jefe me llegó a conocer, fue únicamente por estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. Un hombre sobón, una buena muestra de mi genio, una pelea que fue a mayores, una somanta de palos y siete viriles caballeros directos al hospital. De no ser porque me observó alguien interesado en mi capacidad innata para resolver mis problemas por la fuerza, habría pasado unos cuantos días en el calabozo.

Contra todo pronóstico, no me denunció sino que me ofreció trabajo, a una jovencita con demasiado carácter, sin oficio ni beneficio aparte del que servir al señor marido al que no quería acercarme.

Ahí se me acabó la suerte.

Lo demás vino por mi habilidad para resolver sus problemas, por mi ingenio y fuerza que recuperaban llaves como si tal cosa. Además, era mujer, lo que me abría paso a posibilidades a las que muchos de mis colegas no podían acceder. Con mi físico, encandilaba. Con mi otro físico, noqueaba. Y se me daba muy bien.

Me gustaba saber que podía depender de mí misma para lograr cuanto quisiera.

¿Y qué tocaba ahora? Mesmerizar a una bestia como yo. Una que tenía una llave, cómo no.

De cara no sería todo lo guapo que querría; de cuerpo, desde luego era mucho más alto y musculado que yo pero sin llegar a ninguna atrofia notable; de ropa, yo podía darle muchos consejos y en cuanto a fuerza…

…adoro esta clase de hombres ultracompetitivos que comprenden por qué luchan y lo que hay que hacer para lograr sus objetivos. Es cierto que me da vergüenza salir con él cuando viste una de esas camisas, pero alguien como yo reconocía en él al duro boxeador que se ocultaba tras ese cinturón estúpidamente enorme.

Tenía el reconocimiento del país, del continente y del mundo. Allá donde iba, todo el mundo lo señalaba y repetía su nombre: “Victory Mac”. Sus fuertes puños, sus duros brazos, sus ágiles piernas, su irrompible abdomen, su curtida cara… era raro que no señalaran su poderío a la mínima. Pero, en mi caso, no me fijé en ese cuerpo que mantenía en orden a base de jornadas de entrenamiento maratonianas, sparrings continuos y una dieta que no desearía ni a mi peor enemigo. Yo me fijé en su pasión.

Por eso mismo, él se acabó fijando en mí. No podía pasarme por alto, no siendo como es, no tras desafiarle a un sparring y tomármelo tan en serio que él estuvo obligado a no reírse de mis intentos y devolverme los golpes como si yo fuese una contendiente a arrebatarle el cinturón de campeón.

Nos caímos bien. Nos llevamos mejor. Y, al final, en fin, como liberales jóvenes que somos, disfrutamos el uno del otro. Que yo lo hiciera, en parte, por trabajo, no niega que el bueno de Mac es un chico de lo más agradable. Si él buscaba en una mujer alguien que le comprendiera tanto en lo personal como en lo deportivo, dio en el clavo conmigo.

Creo que él y yo compartimos el mismo propósito en la vida. Ambos estamos vacíos. No tenemos nada. No deseamos nada. Pero, a pesar de todo, seguimos vivos y no tenemos ninguna intención de terminar con ella antes de tiempo. A menos que, cómo no, nos establezcamos un propósito. Al propósito es, ni más ni menos, que desafiarnos a nosotros mismos.

Débiles por naturaleza, fuertes por convicción, sólo seguíamos adelante guiados por la altura de la siguiente cumbre que habríamos de subir. Vivíamos sólo por el desafío. Nos cansaríamos, nos agotaríamos hasta vomitar sangre, no nos rendiríamos, seguiríamos hasta el punto en el que una persona normal perdería las esperanzas y, finalmente, no nos rendiríamos. En todo momento éramos conscientes de nuestros límites y eso nos permitía explotar nuestras capacidades sin exigirnos más de lo que ya teníamos.

Él, sólo con los puños en el cuadrilátero. Yo… en cualquier parte, sin importar la clase de arma que acabara en mis manos. Si él acabó en el circuito de boxeo sólo fue porque allí encontró una forma fácil de encontrar contendientes que lo derribaran, “montañas que subir”. Yo acabé en mi trabajo por casualidad y gusto.

Fue casual y un gusto que acabáramos encontrándonos.

Lástima que esto fuese una utopía.

Lástima que tuviera que convertirme en su siguiente montaña a escalar.

*

—¿Algún plan para esta noche, mademoiselle?

Llevábamos un par de meses viviendo juntos. Nuestra vida, más allá de nuestras respectivas competiciones, era bastante rutinaria: entrenamientos, sparrings, combates, paseos, días de asueto y alguna noche para los dos juntos. Como dije al principio, no podía quejarme.

Sin embargo, que yo saliera sola en mitad de la noche, vestida con mis galas más vulgares era algo fuera de lo normal en lo que era esa lujosa casa.

—Para ti y para mí —repliqué al tiempo que me sentaba delante de él.

Notó la gravedad de mi voz y perdió la sonrisa un par de segundos. Pasados estos, volvió a lucir su dorada dentadura: siete dientes brillantes que lucían una letra dorada cada una: “VICTORY”.

—No es una fiesta, tal como te vistes.

—Es una fiesta, aunque no se haya prodigado mucho por la ciudad.

—¿Una de la que no hablan los periódicos?

—Una de la que no se enterará periodista alguno y para la que te prohíbo que llames a tu asesor de imagen.

—¿Así de seria es la fiesta? —se inclinó hacia mí, ya menos sonriente.

—Es lo que quieres, ni más ni menos —a su vez, yo me incliné hacia él.

—¿Lo que quiero? ¿Y de qué se trata? —rió con gusto ante mi afirmación.

—¿No te aburres mucho últimamente, campeón? —Mac perdió la sonrisa de inmediato.

Era raro, pero él odiaba que lo llamaran “campeón”, por mucho que deseara conservar ese título. Pero era lo bastante listo como para entender que, si yo usaba esa palabra, era porque iba muy en serio.

—…sinceramente, sí —por primera vez en esa conversación, mutó su rostro a la seriedad.

—No me extraña: Ya hay muy poca gente a tu altura y, la mayor parte, no se toman tan en serio las peleas como tú. Todas tus peleas se resumen en tu “ciclo de la victoria” y ya.

Doble directo, downcut, uppercut y, si el contendiente aún seguía consciente, remataba con dolorosos ataques al hígado. Esto era su ciclo de la victoria.

¿Muy simple? Como se nota que nunca habéis visto sus brazos de cerca. Son grandes, sin duda, con un cuerpo que les da un apoyo imprescindible. Pero cuando alguien ve el puño acercarse a su cara, es como ver los últimos momentos de tu vida antes de que te atropelle un camión o de que un tren te convierta en una mancha de color rojo.

En los últimos meses, siete contendientes habían caído con esa táctica de brutal ejecución. Siempre los mismos golpes al mismo infernal ritmo. ¡Todos los combates se acababan en los primeros diez segundos! ¡Era tan bestia que tenían que celebrar tres combates previos antes de la masacre de Victory Mac porque sino, el espectáculo era demasiado corto!

—Eras tú quien tenía que fijarse, ¿eh?

—No creas que lo único que veo en ti es beberte esa porquería proteínica. Digo yo que, si vivo aquí, es por algo más.

—Tú lo has dicho, linda Berbellum. Pero, ¿de qué se trata?

—Tú vístete. Te esperaré abajo.

En cinco minutos, ya estábamos en marcha a nuestro destino. Atravesamos las calles vacías y oscuras, disfrutando de la calma de esa noche de luna menguante. Yo, seria y tensa; él, algo nervioso por la sorpresa que le reservaba. Dejamos atrás la ciudad, llegamos a los campos que la rodeaban y, al fin, encontramos una señal de luz en mitad de la completa oscuridad de esa negra noche.

—Ya sabes que peleo muy bien, ¿verdad? —comenté al tiempo que dirigía el coche hacia nuestro destino.

—Para no haber celebrado ningún combate oficial, sí, eres mucho mejor que la mayor parte de mis contendientes. ¿A qué viene esa pregunta?

—A que, en algún lugar, tuve que lograr mi fortaleza y prestigio —entramos en un camino de grava, uno que llevaba a una granja cercana—. Sí, prestigio. No seré reconocida en los circuitos oficiales porque esos teatros de pacotilla no me interesan en absoluto —. Nos empezamos a cruzar con decenas de coches de gama alta aparcados a ambos lados del camino—. Siempre pensé que allá donde tú te ganas la vida, todos erais payasos que hacíais como si os golpearais —paré el coche y lo apagué, justo delante de la puerta de un concurrido granero—. Tú eres diferente. Siempre has sido diferente. Te lo tomas demasiado en serio con gente que no sabe responder a tus ataques y, siempre, te sientes vacío al no lograr un combate que justifique todos tus sacrificios —abrí y salí—. Considera esto un regalo de cumpleaños anticipado.

Mac salió del coche, sorprendido al encontrarse ante un cuadrilátero de tierra más allá de la gran puerta del granero, rodeado por decenas de personas que esperaban ansiosos la llegada de los verdaderos contendientes mientras dos hombres se partían los piños sólo con sus manos vendadas.

—¿Esto es…?

—El circuito clandestino —respondí antes de que terminara su pregunta—. Aquí es donde yo conocí el boxeo de primera mano —guié a mi compañero hacia una esquina del granero—. Aquí los combates son más duros, mucho más terribles que en tus enfrentamientos a la vista de todo el mundo. No es raro que haya muertos por las duras condiciones que aquí se dan. Manos destrozadas por los golpes, huesos rotos, sangre a borbotones… y boxeadores tan duros que a veces es mucha mejor idea tirar la toalla antes que dejar que lleguen a noquearte —llegamos ante una puerta trasera—. Aquí te espera un médico que hará las veces de preparador y entrenador. Es uno con mucho talento: aunque no te haya tocado nunca, le he dado todos tus datos y sabrá arreglárselas para que las consecuencias de la pelea no te maten. Al otro lado del granero… —suspiré— te espera tu contendiente. El único a tu altura en toda la ciudad, me temo —le abrí la puerta y le indiqué que entrara—. Ahora es cosa tuya aceptar o no lo que te ofrezco.

¿Iba a negarse? Imposible. No, cuando era capaz de percibir e sus ojos algo diferente a su habitual aburrimiento. Ese brillo de fuego, ese destello que no le veía desde que casi lo derribara en nuestro primer encuentro, ese deseo de ir más lejos de lo habitual…

…me dio un beso, agradecido y sentido, por lo que le había conseguido y, sin dudarlo un segundo, saltó al interior de ese improvisado vestuario.

Cerré la puerta. Me dirigí a mi sitio.

*

Los combates de la noche habían sido rápidos en los tres cuadriláteros habilitados a tal efecto. Miles de billetes pasaban de mano en mano, en apuestas de magnitudes inmorales, señalando a quiénes serían los ganadores en las peleas de artes marciales libres, en el battle royale del más grande cuadrilátero o en el que ahora iba a ser la estrella de la noche: el de boxeo.

Allí todos conocían las normas: sin trampa ni cartón, un simple intercambio de golpes con los puños. No se permitían ni codazos ni cabezazos ni golpes debajo de la cintura, así como ningún relleno dentro de las vendas que protegían los puños. No había límite de rondas. Se admitía la rendición. Por lo demás, los contendientes podían ir todo lo lejos que quisieran mientras el árbitro no indicara nada. Era el combate más limpio y justo en ese teatro de los horrores, en el que el crimen organizado se hacía de oro al mostrar a la educada sociedad su propia hipocresía. Porque, en el fondo, todos querían sangre.

Las normas del boxeo clásico eran sólo un adorno que complicaba las cosas y embellecía el esfuerzo que se iba a librar.

—¡Muy bien, señores! —anunció el presentador, un joven pero endurecido tuerto con la cara plagada de cicatrices, bien vestido para la ocasión—. ¡Ha llegado el momento del espectáculo que todos ustedes esperaban! ¡En la esquina sur, un famoso boxeador nos brinda su presencia de forma extraordinaria en esta velada! ¡Campeón nacional! ¡Campeón mundial! ¡Con un registro de ochenta y una victorias y ninguna derrota! ¡Sesenta y ocho por KO! ¡Diez por KO técnico! ¡Noventa kilos de puro músculo! ¡El hombre de los brazos de piedra! ¡El campeón entre campeones! ¡Victory Mac!

Sin duda, estaba confiado. Siempre lo estaba. Pero ese cambio de ambiente, rodeado de gente de origen patibulario no le permitió mantener la entereza como de costumbre una vez entró en el pasillo que lo llevaría al ring. Aunque un poco de miedo escénico nunca le iba mal. Siempre había sabido oponerse a sus propias limitaciones con una entereza encomiable.

—¡Y como oponente, en la esquina norte! ¡Con un record de ciento siete victorias y ninguna derrota en este circuito secreto! ¡Ochenta KO! ¡Quince One Hit KO! ¡Siete muertos! ¡Setenta kilos de pura habilidad! ¡La persona que arrastra a la victoria en su sombra! ¡El monstruo de fuego! ¡La asesina de gigantes! ¡Sofía Berbellum!

Bueno, para vosotros era evidente, ¿no? Quiero decir, que fuese yo su contendiente. Me he pasado demasiado tiempo hablando de mí misma como para que pudierais obviar esto. Además, si no me equivoco, ya os lo avisé. Sin embargo, Mac no venía avisado: se le quedó cara de tonto al ver mi cara avanzar por el pasillo que le abría el público. Quizá se sorprendía de verme con el pelo recogido y sin más protecciones que las prietas vendas de mis manos. O quizá se había fijado en que, si me abrían paso, no era por deferencia, sino por terror.

Fuese cual fuese la razón, la sorpresa terminó cuando entré al ring. No me dijo nada ni pretendió hacerlo. Sonrió como cada vez que encontraba algo que consideraba un desafío, y empezó a calentar sus brazos. Es un chico encantador, os lo digo yo: comprendía lo que le ofrecía, no se avergonzaba de mi grotesco palmarés y admitía cualquier castigo que le pudiera causar a su fortalecido cuerpo. Siempre competitivo frente a quien tuviera la confianza y capacidad para hacerle sudar. Y yo era una de ésas.

—¡Ya conocen las reglas! —informó el presentador, junto a un rudo árbitro—. ¡Saluden! —nos tocamos los puños con firmeza, sin apartar los ojos el uno del otro, y dimos un paso atrás—. ¡A luchar!

El árbitro nos dio la señal. Entonces, tuve que defender mi vida: Mac inició su combate con su popular ciclo de la victoria. Bien pensado, ese ataque tan repetido no era más que una prueba de fuego que casi nadie aguantaba: si alguien soportaba semejante sucesión de puñetazos, merecería un combate en serio. Le gustó ver que conocía bien su costumbre cuando observó que esquivaba sus primeros envites sin dificultad.

Muchos habrían caído en este punto. Yo, con conocimiento sobrado, no iba a ser una más. Sin embargo, no importaba cuánta experiencia tuviera en mis esquives cuando vi que se me lanzaba encima con su enorme cuerpo para lanzarme tres brutales puñetazos contra mi hígado.

El resultado no podía ser más evidente: con la guardia bajada, no sólo soporté sus golpes con entereza, sino que, además, fue él quien más sufrió ese mismo ataque sobre su cuerpo.

Ya habían pasado diez segundos del primer asalto y él ya conocía la catadura de su adversaria. Más le valía no volver a tomarme como un tontorrón de esos a los que solía enfrentarse. Y no lo iba a hacer: pasada la sorpresa inicial, sin un solo comentario, mirada o provocación, sin ninguna bravuconada propia de los idiotas que solía encontrarme en su gimnasio, procedió a hacer lo mejor que sabía hacer: ganar.

Si alguno de los inmorales ricachos presentes en la pelea aún tenía duda de lo que se iba a vivir en ese cuadrilátero clandestino, se libró de ella una vez vio el intercambio de puñetazos entre Mac y yo. Él, más grande y brutal; yo, más pequeña pero precisa. La velocidad no variaba: era fulminante en ambos, si bien yo no podía presumir de brazos de veinte kilos cada uno. Compensaba mi falta de peso gracias a que sabía atacar a los puntos más débiles de su cuerpo sin ninguna dificultad. Mientras él iba siempre a por mi cabeza, yo apuntaba a su estómago, hígado y hombros… no es que mi estatura ayudara mucho a que apuntara a la mandíbula.

Bien que recibí sus nudillos en plena cara en más de una ocasión. Son temibles y terribles. Si no me hubiera estado empleando a fondo en causarle dolor, que no os estaría contando esto. Los dos nos esquivábamos todo el rato, manteníamos la distancia en todo momento, pero nuestras agresivas personalidades nos animaban a atacar sin parar. Puesto que no había límite de rondas, no había ningún árbitro contando golpes, pero estoy segura de que, cuando llegamos al tercer minuto, ya habría perdido la cuenta.

Primer descanso de un combate que podría terminar en cualquier momento. No cuando quisiéramos sino cuando la suerte estuviera de nuestra parte. Teníamos un nivel tan similar que no había forma humana de predecir quién sería el último en permanecer en pie. La verdad, pocos golpes de lleno habíamos llegado a acertar en el otro, apenas sólo los primeros golpes durante el ciclo de la victoria. Pero, independientemente de la naturaleza de nuestros ataques, ninguno de los dos permanecía sano tras esos tres minutos. Ya fuese yo, ya él, una vez volvimos a nuestras esquinas, tuvieron que esforzarse en cerrarnos las heridas de la cara y calmar los dolores del torso.

Podía estar contenta: aún conservaba la nariz. Y él, por su parte, debería estar contento de aún ser capaz de levantar los brazos tras la tunda que le di en los hombros. Pero, si había una herida llamativa en ambos, era en los puños. No es lo mismo pelear sin guantes…

Terminado el descanso, volvimos a la pelea. Nos conocíamos desde hacía más de un año y bien que habíamos compartido de todo pero, en ese ring, nos tratábamos como perfectos desconocidos. Era mejor así. No queríamos arruinar el momento que nos provocaba tan intensas y emocionantes palpitaciones por el simple hecho de que, de cuando en cuando, compartiéramos cama. Desde fuera, todo sería un violento intercambio de golpes entre un hombre brutal y una atrevida mujer pero, para nosotros, no había ninguna clase de odio.

Es que ni siquiera era una competición propiamente dicha: él no pretendía superarme. Él quería darlo todo, llegar a conocer su verdadero límite, nada más. Ganar o perder era secundario. Supongo que eso pensaría una vez le derribé por primera vez en todo el combate: tras decenas de tanteos a lo largo de dos minutos, encajé un directo de derecha al estómago y un uppercut de izquierda contra el mentón. Apenas fueron dos segundos en el terroso suelo, pero más que suficiente como para que se levantara con una sonrisa en los labios.

Se divertía. Por primera vez desde hacía meses, se sentía alborozado en el ring. Habría estallado en carcajadas infantiles de haber tenido sitio en la cabeza para pensar en ello, pero prefirió centrarse en ser una persona a mi altura. Creía que yo hacía esto por lo mismo que él.

Siendo sinceros, la verdad es que sí. Mientras consiguiera la llave, no importaba lo que remoloneara. Bien que querría volver con este personaje una vez terminara con el asunto que me había llevado a él. Soy una profesional, pero me gusta conocer a gente interesante como Mac.

Se centró en arrinconarme contra las cuerdas. Siempre encontraba yo una forma de evitar sus presas, pero, por ello, me quedaba poco tiempo para devolverle los golpes que tanto me atrapaban. Así, segundo tras segundo, llegó el final de la segunda ronda.

Por mi pobre narración os estaréis haciendo una idea equivocada de lo que ocurría en el cuadrilatero. La verdad, es mejor que no entre en detalles: es esto o aburriros con verborrea insustancial que se resume en “le golpeé” y “me golpeó” cientos de veces. Si añadiera las veces que nos esquivamos, no terminaría ni para mañana.

A estas alturas, los dos ya empezábamos a temblar de cansancio. Mucho faltaba para que nos agotáramos, pero ya íbamos a medio fuelle. De nuevo, no os hacéis una idea de la intensidad de las dos rondas libradas.

Cuando nos levantamos de nuevo, volvimos a saludarnos a la orden del árbitro. No fingimos: ni su empuje era todo lo fuerte que podía, ni el mío era capaz de mucho más en nuestro choque de puños. Pero, en fin, íbamos a por todas. No nos esforzaríamos a medias.

Principalmente, él. A lo largo de esta ronda, dos veces me vi en el suelo a causa de ese par de camiones que él llama puños. La segunda, de hecho, me lanzó fuera del ring. Que aún conservara fuerza suficiente como para encajar puñetazos tan poderosos que me pudieran sacar fuera del cuadrilátero era algo encomiable. Pero fútil, en mi caso. Llegué a lo alto de ese circuito por mi terquedad y no iba a ser esa noche cuando me rindiera. Me llamaban bestia, y así respondí a los ataques del gigante que quería demostrar su fuerza.

La primera ronda fue centelleante. La segunda, medida. La tercera fue igualada y salvaje. ¿Que Mac me derribó dos veces? ¡Pues yo le devolví el mismo tratamiento! El combate se había recrudecido tanto que ahora todos nuestros golpes siempre dejaban marcas rojas sobre el cuerpo de nuestro adversario. Llegado el final de la tercera ronda, estábamos embadurnados de sangre, de nuestros labios caían regueros rojos y nuestros dedos rezumaban ese escarlata que tanto deseaba ver el enfervorecido público.

A estas alturas, muchos luchadores se preguntarían “¿qué estoy haciendo aquí?”, “¿Para qué tanto dolor si lo que quiero es estar en casa?”, “¿Realmente merece la pena?”. Sin embargo, tanto para él como para mí, ya empezábamos a ver el final del camino que tanto ansiábamos recorrer. No conocíamos su destino, no teníamos idea de quién sería el vencedor, pero seguiríamos corriendo.

Cada uno de nuestros golpes ya era una tortura, ya porque los calambres atenazaban nuestros brazos, ya porque cada choque de puños se llevaba un pedazo más de la curtida piel de nuestros dedos, ya por los mareos que nos provocaba la falta de aire que no teníamos tiempo de recuperar. Y las heridas… entramos tan jóvenes y guapos y saldríamos hechos unos adefesios. Caras hinchadas, moratones por todo el cuerpo, sangrados aquí y allá… no era un espectáculo para niños. De hecho, ya empezaba a temer que me habría roto un par de costillas. Era justo, cuando yo había hecho algo similar con su meñique izquierdo y su nariz.

Chorreábamos tanto sudor que el suelo que pisábamos se había convertido en resbaloso barro. El público gritaba tanto que no podíamos oír nada. Nos dolían tanto los brazos que no los teníamos en cuenta para nada. Íbamos tan en serio que no veíamos nada. Todo había pasado a estar cubierto por una oscuridad que nublaba todos nuestros sentidos. Y aún seguíamos peleando.

Mis jefes se habrían quejado, estoy segura. Siempre me dijeron “nunca mates al centro de una utopía”, siempre se quejaron de que me acercaba demasiado a ese punto. En este caso, se iban a quejar en serio, una vez vieran que casi dejaba ciego de por vida a Mac. O sordo. ¡O tullido! ¿Podría llegar a eliminar algún miembro de esa montaña de músculos? Bueno, tal era mi objetivo desde el principio.

Estoy seguro de que Carl habría intentado convencer a ese mostrenco de Mac a que pasara por el médico para quitarle la llave que llevaba en el cuerpo. Tahuil, no sé, quizá le habría hecho “ver la luz” y le habría intentado convencer de que se librara de “tan pecaminosa parte de su cuerpo”. Y el alma de Tahuil, en fin… ella y yo somos tan similares que probablemente habríamos acabado haciendo lo mismo. Claro que ella no lo haría “legalmente”, sino con una barra de hierro en una calleja oscura. Había veces que ese personaje dual me causaba auténtico terror.

Ya sin poder distinguir prácticamente nada del mundo exterior, ahora que Mac no podía pensar que lo que hacía tenía una intención más allá de derribarlo, lancé mi golpe definitivo con todas mis fuerzas.

Hasta el momento, casi todos mis golpes habían alcanzado su abdomen, costados y hombros. El pobre campeón del mundo estaba tan dolorido que no podía evitar reclinarse un poco al frente. Ciertamente, podía darle sin problemas en la cara, pero era tan estúpidamente alto, que impactar en su boca sin que me esquivara era muy complicado. Pero ahora ya no se movía tanto como antes, no porque no quisiera sino porque ya casi no podía. Ergo, sus brillantes dientes dorados, las siete letras que le definían estaban a mi alcance. Mi puño derecho trazó una salvaje parábola hacia su boca sangrante. Impactó con todas mis fuerzas restantes. Y yo sentí, de inmediato, su respuesta en mi ojo izquierdo.

Todo a mi alrededor perdió su luz. Ya no llegó ningún sonido a mis oídos. Ya todo desapareció, incluso yo misma. Pero me mantuve en pie. Creía.

¿Qué ocurrió al final? Teniendo en cuenta que acabé inconsciente, tardé en enterarme.

No gané.

Que no es lo mismo que decir que perdí.

¿Conocéis esa norma que dice que un árbitro no puede empezar a contar hasta que el boxeador que aún permanece en pie vuelva a su esquina? Ésa era otra de las normas que se respetaban en esa pelea inmoral. Pues bien, ninguno de los dos volvió a su esquina. De hecho, los dos caímos al mismo tiempo para no poder volver a levantarnos casi un minuto después. Doble KO. Os lo aseguro: Mac cada día me gusta más. Y, supongo, yo a él. Somos nuestros respectivos límites.

Recuperé la conciencia un par de segundos antes que él o, mejor dicho, me levanté un poco antes de que él fuera capaz de alzar su corpachón. En algunos aspectos, que yo fuese más ligera que él tenía sus ventajas. El combate ya hacía un buen rato que había terminado y ahora el público apostaba acerca de quién sería el primero en volver a la vida, ya que la velada había resultado rana.

Mi preparador, al fin con permiso del exigente y ávido de sangre público, pudo llegar a mí para encargarse de mis heridas. Pero antes de que me llevaran en volandas al vestuario y, justo después, al hospital, tanto yo como Mac detuvimos sus pasos.

—Precioso regalo… —musitó, con suma dificultad, el campeón derribado—. No es un gran trofeo, pero creo que si hay alguien que merece esto, eres tú —en un último esfuerzo, el gigante se llevó el puño a la boca y, con un golpe bien dado, terminó de arrancarse el primer diente que lucía la palabra “VICTORY”: la V—. Luego ya me criticarás que te hago regalos raros.

—Mejor que ese vestido escotado, sí que es —reí. Él también. Nos empezaron a arrastrar fuera de allí.

—¡Victoria de la eterna imbatida, Sofía Berbellum! —anunció el presentador—. ¡A ver si la próxima vez no me lo matas tanto!

Mis jefes son muy atentos, pero deberían elegir mejor cuándo darme la murga.

Al menos, tenía lo que querían. Descansaría un poco y, cuando pudiera caminar por mi propio pie, marcharía de la ciudad. Volvería tarde o temprano, pero mi cuerpo ahora me pedía un poco de tranquilidad al tiempo que observaba la línea costera de esa ciudad.

Me iba a tocar una buena recompensa por ese diente que ahora llevaba en la mano. Volvería a cobrar mucho más de lo que nunca cobraría Carl… aunque cobrara menos veces que él. Ya discutiríamos eso más tarde delante de una buena pinta.

Adoro mi trabajo…

Llave #7 recuperada

Responsable: Sofía B.

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Acerca de jeshuamorbus

He aquí un loco con su séquito. He aquí un hombre ido que escribe cosas absurdas. Hállase en este lugar un hombre demente que sólo piensa en mundos extraños en los que le gustaría verse... Saludad a este buen loco ^_^
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