Capítulo 7 – El Ojo

 No te equivocas. Yo sólo soy un vulgar bergante

 

¿Conocéis esa nefasta sensación que nos da cuando algo se escapa por completo a nuestro control? No me refiero a lo que nos ocurre cuando se nos cae un plato al suelo o resbalamos en una placa de hielo para ir a parar, irremediablemente, al suelo. Hablo de situaciones en las que ni siquiera sabes lo que está pasando pero no quieres que ocurra.

Cuando tu hijo desaparece de tu vista para no volver a ser visto.

Cuando la máquina en la que tanto confías, decide traicionarte en el peor de los momentos.

Cuando empiezas tan feliz un día cualquiera y ves que la suerte se ha despertado de tal humor y te ves desposeído de tu empleo, tu casa y tu esposa…

Adorable desesperación, la llamo yo.

Y soy un experto en provocarla.

Aquí donde me veis, soy un taimado timador, un perverso engañador, maestro de las dobles intenciones y de las más graves traiciones.

Mi labor: conseguir las llaves de las utopías a las que mis jefes no dejan de enviarme. Por suerte, no soy el único que se ocupa de estas lides. Eso sí, soy el único que hace lo que hace y el mejor en todo lo que me implico.

Yo no soy esa bestia violenta que es Sofía. Muy buena chica. Actitud incorrecta. Pero, igual que yo, asume riesgos y logra sus objetivos.

Tampoco soy ese loco de Tahuil. Un personaje excéntrico, cobarde por naturaleza y, a pesar de todo, logra lo que ni Sofía ni yo podemos conseguir. Rara es la vez en la que tenemos que ayudarle a sacar las castañas del fuego.

Yo soy el necio orgulloso de serlo. No me recreo especialmente en mis engaños y, a pesar de todo, me gusta hacer lo que hago. Al fin y al cabo, ¿causo tanto daño como parece? No. Siempre parece que a donde llego, alcanza la desesperación pero os solicitaré que miréis más allá de esas vanas apariencias. Al fin y al cabo, ¿qué podéis saber de lo que hago? De hecho, ¿qué puedo saber yo? Ni siquiera sé para qué sirven las llaves que recupero. Para empezar, ni siquiera sé por qué las llaman “llaves”.

Pero contengo mi curiosidad. Al fin y al cabo, tengo el raro honor de visitar utopías. Hay gente que puede hacerlo de forma natural, un poco sin control, pero por sus propios medios. No es mi caso, en el que mi vulgaridad me mantiene en este lado, lejos de lo imposible. Sin embargo, mis jefes han encontrado medios para enviarme allá. Asuntos laborales, de acuerdo, pero asuntos que me permiten vivir como quiero y ver lo que nadie más podría ver.

¿Cuál es la utopía en esta ocasión?

A primera vista, una muy oscura, polvorienta, húmeda y abandonada. Por supuesto, nunca me van a enviar a la suite presidencial del Ritz pero, aún así, a servidor le acaba por molestar que le envíen a lugares tan desolados. No casan con mi carácter.

Pero bueno, el trabajo es el trabajo. Siempre rezongo lo mismo y siempre concluyo lo mismo: que no voy a avanzar nada si me quedo sentado en una esquina lamentándome porque mi gabardina ahora tiene un poco de polvo.

Lo que me encontré fuera de ese almacén una vez crucé las podridas puertas fue una calle pavimentada en viejo alquitrán, aceras estrechas no hechas para asiduos peatones, almacenes abandonados de desgastados ladrillos macizos y ninguna luz aparte de la de la bombilla en un extremo de la calle que amenazaba con apagarse definitivamente en cualquier instante. Y era extraño. ¿Por qué una bombilla en un lugar semejante? ¿Quién pasaba por allá? Allí no trabajaba nadie, no merecía la pena mantener todo ese tendido eléctrico para sostener la luz de un lugar en el que no moraba nadie a esas horas. De hecho, poco ruido percibía yo.

Sólo un coche, a mi espalda. Muy acelerado.

Me giré y escuché con atención el único indicio de violencia en ese lugar: derrapes, acelerones, el rugido de un motor furioso… alguien estaba huyendo hacia allí.

Seguí mi instinto y volví al interior del almacén por el que había llegado a esa utopía. Como temí, en menos de medio minuto, el vehículo que tanto ruido armaba pasó delante de mi escondite y derrapó en una esquina cercana. Segundos después, un tronazo, como si una enorme masa de metal hubiera caído al suelo rebotó en toda la calle. Y ya no sonó nada más.

Negro, cuatro plazas, capota, capó enorme lo que implicaba un motor gigantesco y todo el olor a clásico que un buen Cadillac podría tener… fuese lo que fuese un Cadillac. Al menos ahora me hacía una idea de en qué clase de potencial de utopía había terminado.

Aunque ahora lo que importaba era que el coche se había detenido cerca. También debía tener en cuenta que si, nada más llegar me había encontrado con algo tan poco habitual como una huida, debía ser por una buena razón. Así pues, no lo pensé mucho y caminé en silencio hacia el lugar en el que había desaparecido el ruido.

A simple vista, allí no había nada. Ni garajes, ni portones, ni almacenes ni nada. Todo seguía igual de oscuro por lo que no se podía apreciar ninguna marca. Por suerte, quien viajara en el coche no podía evitar armar algo de barullo mientras intentaba esconderse. Pues no era en la superficie donde se había ocultado. Había que reconocerle el ingenio para ocultar de esa manera tan flamante bólido: bajo tierra. O, más bien, en un apaño de alcantarilla conectado a una puerta que aún no había encontrado en ninguna parte.

Encontrara o no la puerta, era capaz de ver mucho más allá que cualquier otra persona en cualquier utopía. No podría hacer mucho más, pero eso me bastaba para dominar a los que engañaba con mis bien seleccionadas palabras. No tuve, pues, problema alguno para ver lo que se cocía más allá de la superficie: bajo el suelo pude hallar una peculiar guarida. Como imaginaba, era una derivación bien camuflada de una vieja alcantarilla, una que, por el estado de la industria allá arriba, tiempo ha que habría sido olvidada. Pero lo que allí encontré no era un simple garaje. Entre unas cosas y otras, allí había un verdadero arsenal.

Veamos, ¿por dónde empiezo? Lo primero, quizá, sea aclarar a qué me refiero con “arsenal”. Pues poco menos que lo que podáis imaginar: ametralladoras, pistolas, revólveres, explosivos… pero, encima, ocultos en aparatos y objetos de lo más cotidiano que no llamaban a ninguna amenaza: rifles paraguas, libros bomba, sombreros cuchilla, guantes eléctricos, mecheros lanzallamas… No sabía quién era el creador de tantos ingenios pero, sin duda, no podía menos que darle una medalla por su imaginación para ocultar tanto dolor.

Aunque, para ingenio, el de su bólido. No tenía un motor tan enorme para adornar. Ahora que podía verlo con las puertas del capó levantadas, aprecié su potencia y durabilidad. No entendía mucho de motores, pero asumía por mi poca experiencia, que esa cosa tenía más potencia que un camión y más velocidad que muchos bólidos. Las ruedas estaban completamente fuera de su época, ya en términos de dibujo como de prestaciones. Los frenos que pude observar tampoco eran nada propio de su tiempo… quien pudiera crear eso, tenía muchos medios y una imaginación fuera de lo normal para lograr concebir todo eso tan pronto.

El bólido, además, estaba acorazado por completo. ¿Que cómo lo supe a simple vista? Por las balas encajadas en los cristales y por los impactos que no habían logrado mellar la carrocería.

Por lo demás, no llamaba la atención respecto a su entorno. Parecía caro, pero no tanto como el coche de un ricacho.

Aunque, para montar semejante guarida, su dueño debía estar bastante boyante. Uno no podría imaginar que con un poco de albañilería se pudiera montar un lugar tan hogareño. Ni rastro de humedad o suciedad, esos estrechos túneles daban cabida a un hogar en toda regla. Por un lado, el garaje; por otro, el arsenal; un taller para toda clase de ingenios cerca; sin olvidar la biblioteca con toda clase de materiales de referencia; una habitación desastrada; un gimnasio nutrido con tda clase de máquinas, una cocina…

…una enfermería, donde el conductor del coche se estaba recuperando de las heridas que tanta prisa le habían dado para volver a casa.

—¿Tuviste que cubrirle con tu propio cuerpo? —se quejó una chica, poco más que niña y poco menos que adolescente, mientras cubría sendos moratones del conductor con pomadas.

—¿Quién me dijo “haz lo que creas conveniente, que ya arreglaré tus estropicios”? —replicó, con otra pregunta, un hombre bastante más mayor, aquejado de toda clase de contusiones en su espalda, curtida por decenas de cicatrices, y heridas leves en su cara—. No me quedó más remedio. Esos chalados estuvieron a punto de acribillar a los rehenes.

—Lo que tú digas… —cuando terminó con su espalda, continuó con su angulosa cara, que acusaba rasguños dispersos—. Mañana no patrullarás, ¿de acuerdo?

—¿Sólo en caso de emergencia?

—Apenas hay emergencias de las que puedas ocuparte a tiempo —la chica suspiró y terminó de retocar las heridas—. Siempre has podido con todo y por eso confío en que lograrás volver con vida siempre… pero últimamente, se están preparando contra ti. En el peor de los casos, alguien podría encontrar alguna debilidad real a la armadura.

—Comprendo… —era un hombre, sin duda, duro, pero en lo que se refería a esa chica, no podía evitar reblandecerse—. Un descanso no duele, de cuando en cuando.

—En tu caso —la jovencita le dio un golpe en el hombro—, sí. —No sabía qué dolor arrastraba en ese punto de su cuerpo, pero el hombre se retorció como si le hubieran pegado un tiro—. Ve a echarte una siesta mientras te preparo algo de comer. Después, dormirás y, mañana, ya veremos qué hacemos. Tú céntrate en descansar.

Todas las apariencias daban a entender que el hombre era quien llevaba la voz cantante en esa extraña guarida pero, tras un rato, no me cupo duda de que esa chica que apenas me alcanzaba al pecho era la que daba las órdenes en realidad. Porque ese gigantón tan dolorido no discutió lo más mínimo la indicación de la pequeña, a pesar de que, por su aspecto, podría atreverse a bromear sobre el tema. Recogió su ropa, su sombrero, sostuvo una máscara sin facciones con los dientes y se dirigió directo a la cama de la habitación sita a un par de metros de la enfermería.

Dejé de interesarme en el hombre y me fijé en dos detalles importantes: el primero, la máscara. Era el único objeto que se había molestado en colocar en lo que parecía su sitio: un maniquí que llevaba unas ropas similares a las que había desparramado al suelo antes de tirarse él mismo en su lecho. La oscura pieza era curiosa: aparte de no tener ni ojos por facciones, su superficie estaba irisada de decenas de colores. A pesar de todo, la mayor parte de esos colores no era brillante, dando la impresión de ser más una piel reseca que una joya preciosa.

El segundo detalle, eran los recortes de periódicos que se extendían, desordenados, por las paredes. Noticias de sucesos, crímenes, accidentes, secuestros, robos, estafas… nada del otro mundo que no pudieras encontrar en cualquier panfleto de tres al cuarto. Sin embargo, todos los recortes compartían el mismo título: “El Ojo actúa de nuevo”.

“El Ojo”… por lo que pude entender, mientras la chica cocinaba, se trataba del apodo de una persona. Confirmé mi sospecha al leer y comprobé con qué clase de gente me había cruzado: “El Ojo” era el nombre de un misterioso vigilante enmascarado que luchaba contra el crimen allá donde su casi omnisciente mirada lo encontraba. Cientos de robos había podido impedir con su habilidad rastreadora; decenas de secuestros había frustrado con sus tretas; cantidad de batallas entre bandas habían quedado en tablas gracias a su precisión con sus armas e infinidad de contrabandistas cayeron presa de su gran bólido. Sí, El Ojo era un individuo adorado por los débiles y odiado por aquellos que no comprendían que hay veces en las que seguir la ley a rajatabla no es la solución a todos los problemas.

Porque, sin duda, no caía especialmente bien a las autoridades. Entre todos esos recortes, hallé unos cuántos carteles de “Se busca”, en los que no figuraba ninguna foto pero sí vagas descripciones y dibujos de una persona con el mismo atuendo que ahora llevaba el maniquí: traje italiano negro, fédora negro, guantes negros, zapatos negros y su consabida máscara cuyo color no era coincidente en ninguna descripción.

—¡Hey, tú! —un fuerte puñetazo me arrancó de mi trance y, otro, más fuerte que el anterior, me derribó—. ¡Vamos, borracho! ¡Espabila!

No estaba borracho, pero bien que me convenía aparentarlo.

—¿…gue… qué pasha…? —farfullé. Ya había fingido muchas veces antes ser un borracho para evitar problemas con los (habitualmente violentos) habitantes de utopías. Era sencillo: me limitaba a comportarme como cada vez que me despertaba hasta el punto de resultar insoportable incluso a mí mismo—. Ah, hola, señor agente…

—¿¡Dónde se ha escondido!? ¿¡Por dónde ha ido!? —la calle ahora estaba iluminada por los poderosos focos de un coche. Por un momento, pensé que era un coche patrulla, visto el uniforme de mi interpelador pero, tras un segundo de observación, me di cuenta de dos cosas: que eso no era un coche de policía y que, quien me agarraba, tampoco tenía que ver con el cuerpo.

—¿Guien es usssss… ted?

Creo que a este individuo pasaré a llamarle “El zapato”, porque esa fue su única respuesta: un patadón en plena cara. Cierto que iba vestido de policía pero, por su rostro enmascarado, suponía que tenía más que ver con el hombre que sesteaba a pocos metros de donde yo recibía esa paliza, que con un agente de la ley.

—¡Deja de hacerte el listo, maldito borracho! ¡El Ojo ha tenido que pasar por aquí por fuerza! ¡Y tú has tenido que verlo! ¡Por muy borracho que estés deberías haberlo visto entrar en alguna parte!

¿Qué habríais hecho vosotros? ¿Pelear contra él? ¿Contestar? ¿Mearos encima?

Si habéis elegido alguna de estas tres respuestas, lo siento, chicos, pero habéis cateado. Lo que hay que hacer, es llevar la pantomima hasta el final: me puse a llorar mientras babeaba la sangre que me llegaba desde la nariz.

Desde luego, eso no impidió que continuara golpeándome, frustrado por el hecho de que su único testigo fuese un llorón inútil. Pero me permitió seguir con vida porque era tan inútil que no merecía la pena siquiera matarme.

Cuando terminó conmigo, volvió a su poderoso coche, cerró con un portazo frustrado, arrancó a toda velocidad y desapareció de mi vista casi tan rápido como había llegado. Y yo seguí llorando, encima de un pequeño charco formado por mi propia sangre y lágrimas, berreando a todo pulmón por el dolor y la incomprensión de lo que me había pasado. Oh, sí, armé mucho ruido, el suficiente como para que ese heroico sujeto que debería estar descansando bajo mis pies hiciera acto de presencia.

Sin dejar de llorar, con los ojos nublados, alcé la vista hacia esa silueta negra y olí algo. No sabía lo que mi nariz percibió, pero conocía su efecto, uno al que hice caso de inmediato: me quedé dormido. Cuando recuperé la conciencia, estaba echado sobre un jergón en el suelo en una sala oscura. No percibí ningún detalle, aparte de un leve brillo a casi dos metros por encima de mi rostro doliente en el suelo.

—Buenos días, ¿señor…? —era El Ojo. No sabía cuánto tiempo había estado ahí pero estaba seguro de que me había estado vigilando todo el tiempo.

Me hice el tonto un rato más, como si aún siguiera confundido por la oscuridad y el repentino sueño que me había hecho sufrir. Pero, al cabo de un rato respondí “cohibido”:

—…Carl…

—Siento que hayamos tenido que darle esta celda para su recuperación, señor Carl —continuó el enmascarado—. No estoy en posición de solicitarle nada, aparte de que sea decente y no revele nada de lo que vea en este lugar… aunque eso es poco importante, porque ni verá nada ni sabrá dónde está hasta que responda a algunas de mis preguntas.

Lo normal sería que me hubiera dejado en alguna esquina perdida de la ciudad tras aplicarme un par de curas, nada que revelara que El Ojo vivía donde lo acabé encontrando. Sin embargo, ahora quería saber algo de mí… probablemente fuese información acerca de ese policía enmascarado…

—¿Podría dejar de fingir? —por la oscuridad, estaba casi seguro de que no había podido ver que una de mis cejas se disparó en mi cara. Pero, sin duda, lo notó, por lo que continuó—: Lo ha engañado muy bien, ¿sabe? A El Justiciero, digo. Se hizo pasar por un borracho, actuó todo el rato de acuerdo con lo que aparentaba ser, recibió la paliza de rigor y se libró. Ahora bien, ¿cómo es que no huele en absoluto a alcohol, señor Carl?

Cierto que improvisé lo de hacerme pasar por un borracho gracias a lo que me dijo ese policía sádico, pero nunca habría pensado en el detalle que me acababa de dar mi interrogador.

—Soy sólo una persona que estaba en el lugar equivocado en el momento menos oportuno —respondí con sinceridad. Y es que era cierto: yo no trabajaba en esto para recibir palizas del primer loco que me saliera por banda—. Aunque, supongo, usted no cree esto, ¿verdad?

—Por eso, de momento, está encerrado. Y así seguirá hasta que dilucide qué hacer con usted. No se preocupe: le aseguro que en menos de un día estará en libertad. Aunque dudo que, para entonces, recuerde nada de lo que le ha ocurrido.

Las luces se encendieron de repente. El brillo me cegó un instante, momento que el enmascarado aprovechó para desaparecer sin que me diera cuenta de cuál fue su ruta de salida.

Un jergón en el suelo, una silla aún caliente desde la que El Ojo me había interrogado, una mesa con un par de libros, una letrina, una bombilla de brillo poderoso y una bandeja con comida tibia para que no me muriera de hambre. Aparte de eso, ese lugar no tenía ni ventanas ni puerta. Estaba encerrado en una sala sin salida…

Me lo tomé con filosofía: me levanté, comprobé el lugar con el interés de un niño curioso, me rendí y, sin otra cosa que hacer, desayuné. Sabía que me estaban vigilando y ellos sabían que lo sabía, así que no fingí mi búsqueda de los visillos por los que me observaban sin ser observados.

Una vez alimentado, fingí que me rendía y me volví a la cama, dispuesto a hacer tiempo con un sueñecito. Eso vieron ellos, a su prisionero meterse en la cama, a alguien no haciendo nada más que esperar.

Pero en realidad, quien vigilaba a quien era yo a ellos.

—No sé tú, a mí me parece inofensivo —comentó El Ojo, al tiempo que se quitaba la máscara, delante de una tela sobre la que se proyectaba un poderoso foco de luz, una que me mostraba a mí mismo dormido.

—Te daría la razón si no fuese porque le dieron una paliza justo donde pudiéramos verlo, justo a tiempo para salvarlo. Además, ya conoces al Justiciero: no es de los que golpean porque sí. Puede que sea una encerrona suya para descubrir nuestra guarida.

—Si esto es así, sólo tenemos que darle la pastilla y punto —El Ojo abrió una caja que parecía un botiquín y sacó un tubo—. ¿Le preparo la comida yo o se la haces tú?

—Déjalo para luego —solicitó ella—. Tú vete a dormir, que se supone que hoy descansas.

Sin réplica alguna, el vigilante se retiró y ella se quedó a solas observándome dormir. Como preveía que en un buen rato no se iba a mover de allí, decidí alejar mi visión a otro lugar. Fuese lo que fuese lo que me quisieran hacer, aún tardarían un rato en hacer su siguiente movimiento. Me limité a “dormir”.

Aún tenía que cumplir con mi misión de localizar la llave y, si mi intuición no me fallaba, ya sabía dónde estaba. Incluso podría poner la mano en el fuego de quién era su dueño. Pero, con mis medios, aún no era capaz de alcanzarla, por lo que tendría que echar mano de un poco de ayuda externa. Por lo pronto, mi primera parada fue, cómo no, la oficina del periódico local más cercana. De nada me servía actuar a ciegas con ese par.

La ciudad en la que parecía haber actuado ese temerario con ánimos de héroe era una bastante grande. A simple vista, no necesitaba ninguna ayuda de sujetos tan oscuros y equilibristas de la ley como El Ojo pero, ya de día, ya de noche, se notaba que nada era lo que aparentaba: mi visión experta me mostró cuántas suspicacias existían en todas las esquinas, qué se hacía y qué se dejaba de hacer, cuántos favores se compraban en las calles luminosas y cuántas ejecuciones se realizaban en callejas oscuras. Si el mundo actuaba a espaldas del público; parte del público actuaría de espaldas a la ley. No importaba la época: siempre habría alguien que se saliera de lo establecido para actuar con libertad por y para el público… o, al menos, ésta era la opinión que tenía de ese enmascarado.

La noche anterior, El Ojo había vuelto a su guarida cubierto de heridas y moratones, ergo, acababa de mostrarse en una actuación en público. Por supuesto, los periodistas se hicieron eco: “El Ojo actúa de nuevo: Secuestro frustrado”. Un par de pirados habían secuestrado a tres personas y el héroe bien que se había encargado de ellos, ya fuese sirviendo de escudo humano para proteger a las víctimas, ya de habilidoso pistolero contra esos locos con demasiadas armas y demasiado poco coco para utilizarlas.

En cuestión de un par de minutos, me di cuenta de un par de detalles: que el crimen organizado campaba a ojos vista y que la opinión que los medios tenían del vigilante era dividida. Incluso en ese periódico se mezclaban críticas tanto a favor como en contra de él.

Por un lado, estaban los que lo apoyaban, con racionales divergencias a causa de su mortal modo de resolver problemas; y por el otro, los que no le apoyaban a él sino al misterioso policía, “El Justiciero”…. yo no hacía ni veinticuatro horas que había llegado y estaba más del lado de El Ojo que de ese furioso hombre que me había sacudido una buena tunda. En general, El Ojo era más popular: se equivocaba menos, tenía mayor tasa de éxitos y, realmente, parecía estar en todas partes. Las balas no le mataban, tenía una puntería sorprendente, conocía todos los caminos secretos, casi parecía que podía leer la mente de sus oponentes, investigaba con efectividad, era un adepto táctico sorprendente… y nadie, salvo yo mismo y su joven compañera, sabía dónde se ocultaba o qué aspecto tenía su rostro,

El Justiciero era otro que tanto bailaba. Solitario, furioso, tan mortal como su contraparte… no sé a qué venía su apodo de “justiciero”, cuando se trataba de un vulgar bruto. Hay gente que piensa que los criminales necesitan una buena dosis de justicia expeditiva pero, en este caso, ese artificiero con los puños demasiado grandes para el bien de las narices que solía romper se pasaba tres pueblos con su “justicia”. Casi parecía un anarquista con dinamita de sobra más que el héroe de la ciudad. Aunque, eso sí, con su método, familias mafiosas enteras habían caído y, si no atendemos a que el fin no justifica los medios, El Justiciero cumplía su función. Al estilo Sofía, cómo no.

No me hizo falta saber mucho más. Podría haberme documentado más a fondo pero, a la vista de lo evidente y de lo que había vivido, ya tenía un plan a mano.

Por un lado, teníamos a esa pareja, El Ojo y su joven compañera. Sabía que actuaban al borde de la ley y que su posición era delicada, por más disciplina que quisieran aplicarle a sus salidas. Sabían que, en cualquier momento, alguien les encontraría y que tendrían que matar para guardar el secreto ya de su identidad, ya de su guarida. En el peor de los casos, sabrían a dónde huir tras destruir todas las pistas que llevaran a ellos.

Después, teníamos a ese otro vigilante, que se arrogaba el derecho y deber de proteger la ciudad, El Justiciero. Si El Ojo recibía un ataque de alguien, era más que seguro que fuese por su parte, máxime cuando ya parecía intuir dónde se escondía. Podría utilizarlo como peón para mis propios fines.

Por último, estaba el verdadero dueño de la llave. Si mi intuición no me fallaba, mi objetivo no era otro que la máscara de El Ojo y, su dueño, la disciplinada chica que dirigía las acciones del gigante al que cuidaba. Tenía serias dudas de que entendiera lo que significaba realmente esa máscara sin facciones, ya que se la había cedido a otra persona, pero ella comprendía una cosa: que tras años y años, no se había agrietado en absoluto y que, a pesar de su casi evidente fragilidad, era endemoniadamente resistente. Sabía que era algo especial, ya no sólo para su portador, sino para todo el mundo, el símbolo de algo, una señal que concedió a alguien con más posibilidades que ella para darle ese uso metafórico que perseguía.

Era sólo cuestión de tiempo que ya ella, ya su compañero, comprendieran lo que implicaba la máscara, por lo que convenía ir dándose prisa. Por muy efectiva que fuese, no me gustaba que Sofía se encargara de las misiones. Siempre acababa destruyendo, en parte o por completo, todas las utopías por las que pasaba.

Claro que yo no me iba a quedar atrás esta vez: busqué, aceché, perseguí, rastreé y, finalmente, di con quien buscaba. A pesar de estar durmiendo a pierna suelta, desparramado en la cama y con cara de idiota a causa de su cansancio, reconocía su figura, su cara y, cómo no, la ropa que tenía en una silla al lado de la cama, coronada con su antifaz. No sabía si El Justiciero era un loco o, sencillamente, se lo tenía muy creído, pero su guarida era una comisaría abandonada en los suburbios de la ciudad. Quizá allí fue donde recibió su epifanía, la que le impulsó a convertirse en un “Justiciero”. Como fuese, allí lo tenía, rodeado de útiles de gimnasia, medicinas desperdigadas y, cómo no, su rinconcito para preparar sus explosivos. Allí actué: me acerqué a él y comencé a susurrarle al oído. Le conté dónde estaba El Ojo, le revelé que el borracho al que había apalizado la noche anterior estaba en una de sus celdas, que no perdiera el tiempo antes de que huyeran de él y, por encima de todo, le di un plan de actuación…

Cuando me retiré de su oído, El Justiciero se levantó de golpe, como espantado por una pesadilla. Miró en todas direcciones pero, por más que quiso, no me halló. Sin embargo, el plan ya estaba en movimiento pues mis ideas ya eran las suyas. Ahora tenía el tiempo justo para llevar a cabo la segunda parte de mi plan.

Me desperté, algo dolorido. Habían pasado ya unas cuántas horas desde que me dejaran allí, por lo que me habían dejado otra bandeja de comida. Mientras comía de forma mecánica, eché un ojo a la sala de vigilancia. Como imaginé, allí no había nadie. Por contra, me encontré con que los vigilantes dormían, agotados, en la misma cama. Sin duda, se tenían un sano aprecio. No noté ninguna tensión sexual entre ellos y deduje que, si actuaban juntos, no era por ser los mejores amigos o los más grandes amantes, sino porque sabían confiar en el otro sin importar las circunstancias. Entre ellos no había más que un muy bien concebido trabajo en equipo.

Apenas los conocía y ya me dolía tener que montarles esta faena.

Dejé la comida a medias, cogí uno de los libros de la mesa y me volví a mi lecho. Mientras fingía que leía sentado, dejé que mi cabeza volara por los alrededores de la ciudad. Por un lado, vigilé la actuación de El Justiciero desenmascarado mientras se pertrechaba de herramientas. Nada de armas, sólo una simple maza y un par de palancas. Aún le quedaban materiales especializados que encontrar. Por otro lado, busqué con cuidado a mis últimos peones. Sabía que El Ojo no aprobaría lo que estaba a punto de hacer, pero era lo de menos, si lo que quería era ponerlo contra las cuerdas. Y, cómo no, gracias a mi visión casi omnisciente, logré hallar a mis siguientes víctimas a las que persuadí de la misma forma que dominé a El Justiciero. Hecho esto, sólo me quedaba esperar.

*

Lo primero que sentí fue una explosión. Pocos segundos después, tres detonaciones más provocaron un estruendo enorme cerca de mi celda. No podía ver lo que pasaba, pero sabía que algo se había derrumbado justo al lado. Segundos después, un fuerte martilleo llegó a mis oídos, al tiempo que, en la otra dirección, noté pasos apresurados.

No me moví de donde estaba y esperé. Que me sacara de allí El Ojo o El Justiciero era lo de menos. Yo sólo estaba seguro de que iba a salir muy pronto.

Cinco minutos después, los mazazos llegaron junto a mi celda. La maza de El Justiciero atravesó un tabique, miró mi situación de preso y me ignoró. Él sabía que no era su presa. Y ya había agotado bastantes fuerzas con su gran martillo de acero para fijarse en segundones borrachos como yo. A su manera me dijo “sálvate tú mismo, que estoy ocupado”. ¿Por qué desobedecer una propuesta tan lógica?

Derribé la poca pared que quedaba y seguí el camino de destrucción que El Justiciero había ido creando, así como los brillantes enormes goterones de sudor que sembraban el suelo. El plan que le había descrito era perfecto para atrapar a El Ojo. Le había cortado todas las retiradas, destruido el arsenal, inutilizado el coche y colocado en una situación límite al tener también que proteger a su joven compañera. Sin embargo, El Justiciero estaba condenado a fracasar y morir en esta batalla. ¿Por qué? Porque no le comenté que este plan no podía realizarse con éxito en solitario. Porque no le permití pensar en buscar ayuda. Porque ahora estaba solo y agotado. Para cuando llegara ante El Ojo, estaría tan derrengado por su manejo de la maza, que el hombre de negro sólo tendría que rematarlo. El Justiciero, sin duda, aguantaría un rato. Como todos los vigilantes que hacían algo más que protestar, era alguien resistente. Pero seguía siendo un simple humano con humanas limitaciones. El Ojo había estado durmiendo hasta hacía un momento, estaba fresco, apenas con un fuerte susto en el cuerpo, junto a una genio táctica que había pensado que lo mejor era esperar y pertrecharse con lo poco que pudiera recuperar de sus habitaciones, arsenal y prepararse para pelear para salir de su guarida. Cuando se encontraran, matarían a El Justiciero y saldrían por el camino que su intruso había abierto a mazazos.

Cuando salí por la boca de alcantarilla que daba a la superficie, me encontré a mis dos últimos peones: un hombre mayor y una chica no mucho más mayor que la que aún se encontraba bajo tierra. El hombre era tan enorme como El Ojo y la chica podría no compartir facciones en común con la otra pero daba igual porque nadie conocía la existencia de la compañera de El Ojo. Una vez fuera de la alcantarilla, comprobé que esos dos me ignoraban por completo mientras embadurnaban de gasolina la nave situada justo encima de la guarida. Lo digo y lo asevero: el fuego lo arregla todo.

Sentado cerca del lugar del suceso, vi cómo los dos individuos de arriba se prendían fuego a sí mismos en el interior de la nave en cuyo interior se extendió en cuestión de segundos y, pocos minutos después, vi cómo El Ojo ayudaba a sacar a su compañera, que estaba embadurnada de sangre. Como imaginé, habían ganado, pero les había costado más de lo que esperaba. De todas formas, me favorecía que estuvieran cansados.

—¿Qué tal por allá abajo? —pregunté con la voz bien alta, para que me atendieran. Giraron sus ojos hacia mí, pero no me replicaron—. Quizá os estáis preguntando qué está pasando y, digo yo, es justo que responda —levanté un dedo y señalé el interior de la nave que refulgía por las llamaradas—. ¿Veis allí dentro? ¿Os suena?

El Ojo se acercó al lugar y vio los cuerpos arder, postrados en el suelo. Muertos. De inmediato, sacó un cuchillo de su cinturón y se lanzó contra mí. Me arrojó al suelo, apoyó la cuchilla sobre mi cuello pero no terminó de realizar el movimiento.

—Están bien hechos, ¿verdad? —sabía que El Ojo se fijaría en todos los detalles: la posición de los quemados, el ritmo al que el fuego consumía sus cuerpos, el olor a grasa quemada… pero, tan tenso como estaba, un par de palabras mías bastaron para que dudara—. Son maniquíes. Tampoco tienes que ponerte así conmigo. ¿O es que crees que, con el tiempo que llevo allá abajo me ha dado tiempo a secuestrar a dos personas iguales que vosotros, decirles que se embadurnen de gasolina y que se quemen a sí mismos? —el enmascarado apartó el hierro de mi cuello y se levantó.

—¿Qué significa esta tontería? —su voz, más allá de la máscara, era notablemente más grave—. ¿Para qué te has cargado nuestra guarida?

—¡Perdone usted! ¡Pero yo no coloqué cargas en su casa ni entré como un toro en una cacharrería para matarte! ¡De hecho, no fue hasta hoy que supe dónde carajo vivíais! Caray, si incluso puedo darle las gracias a El Justiciero por la paliza… de todas formas, si me preguntas la razón por la que te rondaba, creo que deberías conocerla tú mismo: mucha gente ya sospechaba dónde vivíais. Unos más peligrosos que otros, pero bueno, no os conviene despertar ninguna suspicacia —el hombre volvió a apuntarme con el cuchillo pero, de nuevo, ni me inmuté—. ¿Creías que no conocía a la señorita? ¿Que no tenía mis propias sospechas hacia ti? Mira, ni siquiera necesité conocer quién eres en realidad. Llegué aquí antes de que nadie más pudiera alcanzarte, preparé todo mucho antes de que El Justiciero se diera cuenta de dónde os escondíais y… bueno, la paliza. Ya tenía los maniquíes preparados aquí cerca, para quemar toda la manzana. Sólo me faltaba encontraros y avisaros para hacer la mudanza. Aunque ya he visto que el plan me ha salido un poco rana.

—¿¡Para qué!? ¿¡Para quién trabajas!?

—Para mí mismo. Para vosotros. Para todos. No sigo órdenes de nadie aparte de mi propia conciencia. Tú eres un genial tirador, un luchador excepcional, gran detective, genio táctico y hombre con un buen sentido de la justicia. Pero confiabas demasiado en la estupidez de los demás para que no te encontraran. Tu guarida no iba a poder ser para siempre. Tus pisos francos ya están comprometidos, tu única guarida ha sido por completo destruida, ya hay periodistas que sospechan quién eres realmente y… en fin, yo quería aportar lo que pudiera con mis pocos conocimientos.

El Ojo permaneció quieto como una piedra, aún a pesar de que el fuego acababa de derrumbar la estructura a su espalda.

—¿Conocimientos acerca de…?

—Medicina —mentí. Tenía suerte de saber cómo entablillar un hueso roto—. No veas las maravillas que puedo hacer con un par de cerdos muertos, un poco de escayola y unas cuantas porquerías químicas. No es la primera vez que creo cadáveres falsos. Ni la policía, ni ninguna de las familias se ha dado cuenta de que lo que creo son falsificaciones, así que, creo, lo hago bastante bien.

—¿Por qué…? —el vigilante bajó su arma, más que cansado.

—Para que huyáis. Para que os mantengáis tranquilos una temporada mientras la gente se cree la mentira de que estáis muertos y podáis recuperaros de vuestras pérdidas. Porque gente buena como vosotros merece algo más que un tiro a traición en una alcantarilla olvidada. Sin embargo —me levanté del suelo, con calma— esta vez será la última que os saque las castañas del fuego… al menos, con esta cara —sonreí con malicia—. Voy a pasar por todo un infierno para cambiar mi rostro yo solo, pero bueno, todo sea para evitar que me encuentren. Ya me han encontrado demasiado últimamente… —me di la vuelta y comencé a alejarme de ellos—. Espero que no necesitemos volver a encontrarnos.

Un paso.

Dos pasos.

Tres pasos.

Un golpe en la nuca.

Uno leve, como si me hubieran lanzado algo ligero contra la cabeza. Como, por ejemplo, la máscara de El Ojo.

—Es tuya —anunció su antiguo dueño—. Creo que ya no la voy a necesitar más…

—¿Y quién será El Ojo a partir de ahora? —pregunté con curiosidad al tiempo que veía sólo la espalda del antiguo héroe.

—El Ojo es alguien que no está hecho para ser visto —suspiró al tiempo que apoyaba su mano en el hombro de su joven compañera—. Pero mientras siga vivo, creo que puedo ser cualquier otra parte del cuerpo que me proponga —se carcajeó y, sin más, se alejó más allá de la luz.

No volví a verlos.

Tampoco lo necesitaba.

Suspiré, me puse la máscara y esperé un par de segundos.

—Tres minutos. Nuevo récord, señor Carl —comentó la máscara que llevaba puesta.

—Todo sea para ahorrarme sarcasmos de esa mala bestia de Sofía —suspiré y comencé a caminar—. Espero encontrar alguna alcantarilla de verdad aquí abajo. Usted haga que llueva. Con suerte, sólo serán tres minutos y medio.

—Oído. Suerte con el camino de vuelta.

La máscara enmudeció. Sólo me quedaba encontrar una alcantarilla, esperar a que rompiera a llover, abrir un camino y volver a casa. Ojala pudiera comer comida de verdad en las próximas dos horas…

Llave #25 recuperada

Responsable: Carl F. J.

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Acerca de jeshuamorbus

He aquí un loco con su séquito. He aquí un hombre ido que escribe cosas absurdas. Hállase en este lugar un hombre demente que sólo piensa en mundos extraños en los que le gustaría verse... Saludad a este buen loco ^_^
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