Capítulo 6 – El signo de los tiempos

 Tahuil, Thaeral o Tontolabas… me da igual como quiera que lo llame: no estamos para andarnos con tonterías. Sabe que lo que le pasó fue un accidente, pero donde sus compañeros no pueden actuar, usted y su alma son los únicos capaces de acceder. No se desprecie tanto: es muy necesario”.

Exorcism – Fazel RB

Ya habían pasado más de tres horas desde que le mandaran llamar. La paciencia de la señora Agnes empezaba a flaquear. No era para menos, con los chillidos salvajes que le llegaban desde el piso superior que minaban su moral por instantes.

El té se le estaba acabando, así como la ginebra, bebida que se había prometido tomar con moderación pero que, por las mismas razones por las que ahora dormía en la sala de estar, había empezado a consumir con mayor asiduidad. Qué remedio, cuando no podía apartar la vista ni huir de ello. Aún se tenía como una persona decente, al fin y al cabo.

La madura mujer pasaba el rato, intentando evadirse de la realidad, ya mediante libros, ya mediante la botella cuando, por fin, alguien llamó a la puerta. Las últimas luces de la tarde chocaban contra las paredes de ladrillo e indicaban a los viandantes que ya era hora de retirarse a sus hogares. Sin embargo, el carruaje que acababa de llegar traía a alguien que no iba a dormir en toda la noche. El recién llegado se encaminó a la entrada de la casa maletín en mano y dejó a su acompañante encargarse del resto de su equipaje.

—¡Chico! ¡Ven aquí! —reclamó el sacerdote. A pesar de su fama y prestigio, era evidente que era realmente joven para haber logrado pasar por el seminario y varios conventos. Tal era su talento para solucionar esta clase de problemas. Sus cabellos negros no tenían rastro de canas; su frente estaba lisa, sin arrugas a vista, lo que denotaba su frialdad y precisión; las gafas, su eterna documentación y el resto de su cuerpo, un tamaño considerable, a pesar de su delgadez. Con todo, impresionaba desde su juventud, hasta el último de sus duros ademanes—. ¡Quien tiene que ayudarme a llevar esto eres tú, no esta pobre señora!

Se refería, cómo no, a los dos enormes maletones que había traído consigo. Le llegaban a las rodillas y su contenido era inescrutable. No habría tenido problema alguno en cargarlos él mismo, aunque era de suponer que su ayudante no cobraba sólo por llevar mensajes aquí y allá.

Cuando, al fin, llegaron frente a la dueña de la casa, el plan habría sido el cordial saludo, las presentaciones de rigor y la necesaria exposición de los hechos.

El saludo fue otro largo chillido que descendió por las escaleras, rebotó en las paredes de la calle y arrancó una lágrima más a la, por momentos, menos cuerda mujer.

Las presentaciones, tras haber escuchado semejante canto de mandrágora, sobraban: el sacerdote sólo veía a una persona necesitada y Agnes, a quien le auxiliaría en su tragedia.

Tampoco hizo falta explicar nada. El sacerdote se limitó a hacer lo que mejor sabía hacer: pasar al interior de la casa con paso rápido y firme, muy seguro de lo que tendría que llevar a cabo a partir de ese instante. Agnes lo acompañó y dejó a su joven ayudante encargarse del enorme equipaje.

—¿Desde cuándo está así? —solicitó, presto, el sacerdote, una vez llegaron delante de la habitación de la sufriente.

—Semana y media —tan diligente como él, Agnes respondió sucinta y con precisión—. La llevamos al médico, imaginamos que sería una intoxicación o alguna locura pasajera y… pasó lo que no esperábamos.

El sacerdote giró el pomo y trató de abrir la puerta. Estaba abierta. Sin embargo, algo la atascaba desde el otro lado. No esperó a preguntar qué pasaba, qué hacer para abrir o solicitar ayuda: cuando notó resistencia al otro lado, irrumpió de una patada. Con tanta naturalidad ejecutó el golpe, que no cabía duda que ya había hecho esto mismo decenas de veces.

Lo que se encontró al otro lado de la puerta era, simple y llanamente, un desastre. Pero uno que no alteró sus hieráticas facciones. Un armario tirado en el suelo, cama y colchón volcados como si fuesen un pequeño fortín, dos sillas tiradas delante de la puerta, ropas rotas esparcidas por todas partes y suciedades de orígenes diversos que, sin duda, hedían tanto a negro como a hierro.

La que chillara no estaba a la vista. Sus jadeos furiosos, sin embargo, la delataban debajo de ese fortín infantil en el que se escondía a la desesperada.

—Prepáreme su habitación, por favor —solicitó el sacerdote, mientras hurgaba en su maletín—. Sería poco higiénico trabajar aquí.

Sacó una botella e impregnó un pañuelo con el líquido de olor mareante que contenía. Antes de que Agnes pudiera seguir su indicación, el padre irrumpió en la habitación, hizo volar las dos paredes del fortín con una fuerza casi divina, acorraló a su presa antes de que comprendiera lo que acababa de pasar, y apretó el paño impregnado de cloroformo contra su cara.

—¿Y bien? —la chica a la que acababa de atrapar se debatía con todas fuerzas, para escapar de la fuerte mano que taponaba su respiración y de la que le agarraba del cuello contra la pared para que no huyera, pero el sacerdote conocía bien su trabajo como para que la pregunta ya sonara a orden.

La chica enloquecida resistió. Mucho, teniendo en cuenta la potencia del químico que entraba en sus pulmones. Pero, al final, su enloquecida mente seguía teniendo por base un cerebro cuya física no era capaz de ignorar. Una vez atontada por el compuesto, su madre se dio cuenta que era ella la que debía dejar de estar embobada y se dirigió a su habitación a cumplir con la solicitud del sacerdote.

—¿Se ha resistido mucho esta vez? —preguntó el ayudante, desde la entrada, muy tranquilo a pesar del estruendo que causó su jefe al asaltar a la chica.

—Eso no importa —replicó el mayor, al tiempo que dejaba a la chica sobre el suelo de nuevo—. Lleva mis cosas a la habitación de al lado. No vamos a trabajar aquí.

—No me extraña —el chico se llevó los dedos a la nariz al percibir el hediondo olor de la sala—. ¿Preparo algo o se hace cargo usted?

—Ve abriendo. Aún tengo que comprobar en qué estado está esta chica.

No era para menos: toda su ropa estaba enrojecida por todas las heridas que se había abierto ya con sus uñas, ya con los cristales rotos de la ventana, ya con los hierros que había arrancado de la cama. Los brazos estaban recorridos por toda clase de trazos que emulaban extrañas e incomprensibles letras, cortes circundantes dominaban sus piernas y algún estropicio irregular se apreciaba en su pecho. Le sorprendió encontrar que en su cabeza únicamente se había ensañado con su pelo. Su rostro estaba sin tocar; su espalda, fuera de su alcance; sus manos y pies casi sin daños y su pubis, contra toda estadística, sin un rasguño. En semana y media le habría dado tiempo para más, pero, sin duda, esta posesa de trece años se resistía con fuerza a ese extraño dominio.

Pero no era suficiente. Necesitaba la ayuda de un exorcista.

*

Agnes observó el desempaque con suma atención. Imaginaba que todos los exorcistas disponían de cierto equipo. Era cierto que nunca antes había visto a uno, por lo que no sabía que esperar. Pero nunca habría imaginado ese montón de cajas cerradas, placas de metal y cables. Allí no había biblias, crucifijos o botellas de agua bendita: había tecnología de propósito esotérico para la observadora; piezas de una gran máquina de aspecto y funciones desconocidas, material médico diverso y dos personas que, sin duda, sabían lo que hacían con ellos. Esto, en la primera maleta. La segunda, permanecía cerrada a cal y canto.

Lo primero que hicieron fue lo más decente: aplicar curas a la chica, tras inyectarle alguna clase de tranquilizante en el cuello. Vendajes, ungüentos, desinfectantes… la habitación pasó a tener un olor completamente aséptico. Más que un exorcismo, parecía una simple cura.

Después, el sacerdote sacó una placa de metal no más grande que un dedo y se la entregó al chico.

—¿Podrás llegar en menos de diez minutos? —preguntó.

—Descuide, jefe —el mandado cogió lo que le ofrecían y salió corriendo a toda prisa hacia el carruaje que esperaba paciente a la entrada. Una vez subió, los caballos arrancaron a correr.

—Bien —el sacerdote se levantó y cogió a Agnes de la mano y el brazo—. Tendremos un momento de respiro mientras mi compañero hace su trabajo.

—¿Qué…?

—Sé que lo que acaba de ver le extraña, pero, no dude, hacemos esto por el bien de su hija, señora Agnes. Supongo, se esperaba algo muy diferente, ¿verdad? —ya en la escalera, el padre le ofreció una tranquilizadora sonrisa.

—Alguna invocación al Señor o echarle agua bendita o…

—Ah, buena e inocente mujer —suspiró, sonriente el otro, ya frente a la cocina—. No me estará usted diciendo que quiere que le haga daño a su hija, ¿verdad?

—¡No! ¡Yo…! —Agnes se quedó en blanco. No sabía qué responder a su interlocutor.

—No la estoy juzgando, si es eso lo que estaba pensando —se sentó en la mesa y esperó a que la otra entrara con él—. Conozco los métodos usados hasta hace realmente poco, sé de su efectividad y de sus terribles consecuencias. Sé que nadie llama antes a un exorcista que a un médico por esas mismas consecuencias. Por las terribles historias que se cuentan acerca de nosotros supongo que llamarme a mí no ha sido una decisión fácil.

—¿Qué es lo que le va a hacer a mi hija? —Agnes, para distraerse, puso agua a calentar mientras buscaba algo de café.

—Desde luego, no voy a quemarla con agua bendita. Estando dominada como esta, le haría daño tanto a ella como a su dominante. Tampoco soy muy aficionado a ensordecer a mis pacientes con palabras sagradas. Atarla no es efectivo, a menos que prefiera ver cómo se arranca la piel de las muñecas con tal de soltarse, y negociar… bueno, con los dominantes siempre se puede negociar. Pero preferiría hacerlo sin la injerencia de su hija. Lo más sensato es dormirla, como ha comprobado.

—Pero si está dormida, ¿cómo piensa expulsar al demonio?

—Oh, hay métodos. La tecnología ha avanzado una barbaridad en el último siglo, ¿sabe? Ya sea para llegar de un lado al otro del mundo, ya para la cura de las más diversas afecciones, ya para hablar con alguien que, físicamente, no puede hablar. Y es esto último, señora, lo que voy a hacer con su hija. Sin embargo, para llegar a ello, necesitaría de cierta ayuda por su parte.

—¿De qué se trataría? —el agua sobre el fuego, Agnes nerviosa.

—Cuénteme, por favor, cómo es su hija. No sé nada de ella, así que me gustaría conocerla por labios de alguien que comparte su vida todos los días.

—Ana siempre ha sido una niña obediente y fiel a la palabra del Señor —se apresuró a indicar su madre—. Buena ayuda en mi casa, lectora de todo lo que le ofrecía, lista como el hambre y siempre dispuesta a ser un hombro en el que cualquiera se pueda apoyar.

El sacerdote no dijo nada. Durante un minuto, mientras la mujer terminaba de preparar el café, no cambió en absoluto u expresión y, cuando al fin tuvo la taza delante de sí, suspiró.

—El día que escriba mi manual voy a tener que usar su declaración como un buen ejemplo.

—¿Ejemplo? ¿De qué?

—De mentira, qué si no.

—¡Pero sí…!

—Pero nada —bloqueó el hombre de negro—. ¿Pretendía pintarme a su hija como alguien ideal? ¿Alguien perfecta? ¿Para que tuviera menos rémoras a la hora de salvarla de su dominante? Lo siento, no soy alguien tan ingenuo como para creerme cosas así.

—¿¡Y qué tiene que ver esto con salvar a mi hija!?

—Tiene que ver mucho más de lo que usted sabe y quiere reconocer. Como le dije, necesito conocer a quien quiero salvar, esto es, saber a quién estoy salvando. Su dominante no puede decirme mentiras, es cierto, pero puede decidir no hablar e impedir distinguir quién es quien dentro de esa vestidura mortal que es el cuerpo de su hija —tan hierático como siempre, tomó un sorbo de su bebida—. Le contaré una anécdota, de cuando yo era un simple aprendiz en estas lides, acerca de cómo traté a un niño dominado. Sus padres me contaron exactamente lo que me acaba de responder usted, casi palabra por palabra. Con esa indicación, procedí a salvar la conciencia de su hijo. Pero, lástima de mí, sus padres mintieron. Una mentira podrida y asquerosa con tal de no reconocer que su hijo era un patán que se metía en más líos de los necesarios y que, en el momento de su dominación, acabó por ser completamente inmanejable. Sí, lo salvé… ¡a su maldito dominador que se hizo el niño bueno mientras exorcizaba al verdadero ocupante de ese cuerpo! Logré arreglarlo in extremis, por suerte… pero algo bueno salió de ese desastre: descubrir en este mundo no existen santos. Al menos, no en la cantidad en los que yo me los suelo encontrar —profirió una leve y sarcástica carcajada, una que sirvió como improvisada indicación a Agnes para que le relatara la verdad que quería oír.

La mujer permaneció muda unos segundos. Se sentó, algo abatida y, probablemente algo humillada por la audacia del visitante, comenzó a hablar:

—Por delante, que sepa que mi hija no es una niña malvada per se… es sólo que siempre ha sido un poco marimacho. Siempre jugaba más con chicos que con las niñas de su edad. Al menos, así siempre había sido hasta que, cuando empezó a crecer como la mujer que ya casi es, sus intereses empezaron a cambiar… no jugaba ya a inocentes juegos de patio, o con pelotas y palos, sino que se dedicaba a aprovechar su cuerpo para acercarse carnalmente a sus amigotes. Sé que…

—Usted no sabe nada —el sacerdote se tomó otro largo sorbo e ignoró gesto alterado de la confesora—. Y menos, de mí. ¿Cree que por lo que me acaba de decir voy a esforzarme menos en salvar a su hija? Menudo “hombre piadoso” sería yo si no tratara a todas las conciencias dignas de salvación por igual. Si está insinuando que ella se buscó el ser dominada, le diré que se equivoca: estadísticamente, una dominación es más un accidente que algo que se “merezca” alguien por sus actos. Me importan un bledo los pecados que haya cometido su hija: la salvaré ahora para que tenga la oportunidad de enderezar su vida. Porque soy un hombre piadoso, no la maldita inquisición española…

—¿No le importa lo que le acabo de decir? ¿No le parece que mi hija sea… despreciable?

—No sé lo que pensarán otros sacerdotes o pastores. Y, a decir verdad, me importa un bledo. Su hija, por lo que me ha contado, es una persona muy social, de ánimos alegres, abierta y que ama más que odia. ¡Atrévase a decirme que Dios no acepta a gente así en su seno! Mientras sea una chica buena, siempre tendrá oportunidades de enderezar su comportamiento. Ella no está al límite de ninguna norma, no es perfecta pero tampoco es insalvable. Es su digna hija, una persona que merece un mayor respeto y consideración por su parte a pesar de sus peregrinas opiniones acerca de sus aficiones y gustos.

El de negro apuró su taza y se levantó para salir a la entrada. Agnes le siguió de cerca, algo confundida por el discurso de ese hombre. Ya había conocido a muchos sacerdotes antes, y ninguno era tan secular como este prestigioso exorcista. Prestigioso, y peculiar.

Aguardaron durante unos siete minutos cuando, al fin, entre las sombras de la noche y las brumas de la ciudad, el carruaje que antes había marchado a toda prisa, regresó a la misma velocidad. Su único ocupante saltó del mismo, corrió hacia la entrada y le entregó a su jefe un papel que analizó éste con sumo interés.

—Comprendido —comentó una vez leyó su contenido—. A partir de ahora, tú te ocuparás de la sedación. Yo hablaré con ellos.

Los tres ascendieron a la habitación en la que la chica reposaba y, de inmediato, empezaron a manejar todos esos extraños aparatos: mientras el chico se ocupaba de auscultar a la joven, el sacerdote rodeó la frente, el cuello y la muñeca izquierda de Ana con sendas cintas conectadas a largos cables que arrancaban de las cajas de la maleta abierta. Una vez hecho esto, se sentó en el suelo, repitió el tratamiento consigo mismo y sacó un pequeño estuche de su sotana, de cuyo interior extrajo una pastilla.

—Estaré ocupado durante los próximos diez minutos. Si no reacciono, despiértame. Si reacciona ella, atiende a lo que diga la señora Agnes. Y, señora Agnes —dijo, muy serio, con la pastilla justo delante de su boca— en esta sala sólo usted conoce a su hija. Sólo usted puede amarla tal como es. No se deje engañar por el dominador, ¿está claro?

—¿Le han vuelto a intentar colar a un “santo”? —rió el ayudante, como si eso fuese un chiste recurrente.

No recibió respuesta. El sacerdote tomó la pastilla, cerró los ojos y dejó caer todos sus miembros. Se había quedado dormido al instante.

—¿Qué está haciendo? —la pregunta lógica surgió de los labios de Agnes.

—Estar al mismo nivel que el dominante —el ayudante, simplemente, se limitó a acomodar los brazos y cuello de su jefe y a comprobar su estado, tal como había hecho con la joven Ana—. Esta máquina —señaló la gran caja de la maleta— permite compartir el pensamiento entre dos o más personas o, mejor dicho, “la conciencia”. En principio, suele bastar el carisma de la conciencia de un exorcista para separar y expulsar dominantes de los cuerpos de los inocentes.

—¿”Suele”?

—No es un sistema por completo efectivo, pero, no me negará usted que es mejor que torturar a dominador y dominado a la vez —una vez terminó con su jefe, volvió con la chica—. Aquí, lo que siempre intentamos, es evitar causar daños. Y, supongo, habrá comprobado que este sacerdote siempre piensa en el modo antes que en el resultado.

—La verdad, nunca me habría esperado que un exorcismo se realizara así…

—Bueno, es que no hace ni dos años que no se aplicaba esta tecnología a estas lides. Lo malo es que aún no está muy desarrollada, lo que hace que el tratamiento vía conciencia no sea todo lo perfecto que querríamos. Al menos, es inocuo en caso de fracaso.

—Entonces, si no lo logra, ¿tendrá que pasar por un exorcismo “a la antigua usanza”?

—Eso sería únicamente si no funciona el método alternativo al exorcismo por conciencia: el exorcismo por alma —Agnes alzó una ceja, extrañada—. En pocas palabras, es que el exorcista se convierta en otro dominador y expulse mediante fuerza bruta al que ocupa el cuerpo ilegítimamente. De todas formas, aunque sea mucho más efectivo, a mi jefe no le suele gustar usar este método.

—¿Porque es peligroso?

—Porque odia su propia alma —rió el chico—. Yo también fui dominado una vez, se intentó la expulsión por conciencia, no logró resultados… y entonces conocí su alma —abrió un ojo de la chica, uno que se movía salvajemente en todas direcciones—. No me extraña que la odie, la verdad. Cuando antes mencioné “fuerza bruta”, me refiero a verdadera fuerza bruta, si es que se puede usar esa expresión con las almas. Un alma a solas no está limitada por una conciencia o una cultura. Como quien dice, es una especie de animal salvaje sin limitaciones, uno al que, si se le hace entrega de un cuerpo, hará lo que quiera si no tiene una conciencia y una cultura que le limiten. Pues bien, su alma no es un simple animal: sólo podría compararlo con otro demonio.

—¿Entonces es seguro que…?

—No conoce usted al padre, señora —interrumpió, firme, el ayudante—. Es seco, es inexpresivo, es duro e implacable. Pero es amable a pesar de que su alma sólo pide las más horrendas torturas. Se limita mucho, mantiene una disciplina férrea sobre sus más internos deseos e impone una conciencia implacable sobre todos sus impulsos. Aunque su alma sea digna de un demonio, él no es un demonio. Mantiene a raya todas sus pasiones, a menos que esas pasiones sean requeridas. Si llegara a utilizar su alma en este caso, le aseguro que su hija no podrá dormir en varios días —a pesar de la seriedad de la declaración, el chico rió agradado como si tal cosa—. Miedo da, pero incluso ese alma casi demoníaca se juró no hacer más daño del estrictamente necesario. Créame: Seguirá siendo mejor que un exorcismo al estilo Malleus Maleficarum.

No añadió nada más. Durante los siguientes minutos, se dedicó a comprobar el estado de la paciente y de su jefe, que permanecía en el más completo mutismo, sentado contra el borde de la cama.

La “máquina” no emitía ningún sonido. Si funcionaba mediante algún mecanismo, motor o fuerza, no producía ruido alguno. Eso sí, causaba una extraña reacción en los lugares en los que estaba conectado con los dos inconscientes, algo parecido a tics incontrolables en sus frentes, cuellos y manos.

Por fin, tras los diez minutos de rigor, el ayudante procedió a despertar a su jefe.

—…aún no —murmuró el de negro entre sacudidas. De inmediato, el joven dejó de menearlo y lo volvió a acomodar.

—Pinta bien —comentó éste—. Es rara la ocasión en la que no tenemos que usar su alma, pero si está pidiendo algo más de tiempo, es por la sencilla razón de que esta vez bastará su conciencia. De todas formas, esto puede llevar para rato… si quiere ir abajo a relajarse un tiempo, vaya. Pero, por favor, manténgase despierta. La necesitaremos para reconocer a su hija.

—No, me quedaré aquí —aseveró la cansada mujer—. Es mucho más fácil estar aquí cuando no escucho chillidos cada minuto.

Fuerte voluntad. No así un cuerpo para hacerla efectiva: Cuando el joven ayudante se dio cuenta, tenía a su cargo a tres personas dormidas; una drogada, uno tranquilizado y otra por completo agotada tras una semana sin poder dormir en paz. Por suerte para todos, no fue demasiado tiempo: el sacerdote despertó de golpe, desorientado y, tras recuperar el norte entre balbuceos, hizo una señal con la mano a su joven ayudante.

Agnes se despertó al tiempo que veía como se retiraban los cables que los conectaban a la máquina.

—…no debí tomarme ese café… —sin duda, le había sentado mal al padre tomarse la infusión antes de comenzar esa extraña operación: mucho más ojeroso que antes, exhalaba aire cual si estuviera sofocado. Aún a pesar de su aspecto agotado, indicó a su joven ayudante que suministrara otra inyección a Ana—. Recuerde, señora Agnes: usted sabe si quien se encuentra dentro de esta fachada es su hija.

Una vez aplicada la inyección, los tres insomnes permanecieron a la espera. Pero, tras más de cinco minutos esperando, concluyeron que no iba a despertar pronto.

—Lo habitual es que despierte de inmediato —comentó el padre mientras bajaban al piso inferior— pero hay veces que los dominados están tan cansados a nivel físico que no podemos hacer nada para arrancarles del sueño.

—¿No podríamos tirarle algo de agua?

—Señora, agradezco la sugerencia, pero me temo que no sabe usted en qué equilibrio se encuentran las conciencias de quienes han sido dominados justo después de su exorcismo. Déjele tiempo. Mi ayudante se quedará aquí hasta que despierte y usted confirme que a quien hemos salvado es su hija. Si encontrara algún problema, me informará de inmediato y trataré de solucionarlo de forma expeditiva. Por lo demás, mi trabajo de hoy ha concluido.

Terminó de empacar todo el equipo en las maletas y, ya sin ayuda, cargó con ellas con paso firme, dispuesto a volver al carromato sin más dilación. Sin embargo, en su camino por el pasillo del piso superior, se frenó de golpe al chocar su pie con un objeto que salió volando y rodando.

Un anillo.

Detuvo su poderoso andar y se inclinó sobre ese vulgar objeto. Ya para Agnes, ya para el ayudante, ya para el mismo sacerdote, era una vulgar baratija, un trozo de latón perteneciente a la desperdigada habitación de la chica a la que acababa de exorcizar, un pedazo de bisutería que sólo servía para jugar y fingir lo que no se era.

—¿…puedo quedarme esto? —preguntó el padre tras observar, con paciencia y anormal interés, el pequeño objeto.

No le pudo extrañar más a la señora de la casa su petición. Sin embargo, ¿por qué negarle tan inocente deseo a ese bien intencionado sacerdote?

—Se lo agradezco —se metió el anillo en el bolsillo y recogió las maletas—. Considere mayormente pagados mis honorarios. Sólo me debe una vida de respeto a su hija, tal cual ella le respetará a usted.

Al padre sólo le quedó salir de la casa y subir al carromato. No necesitaría volver.

*

Era una casa vulgar en un barrio del montón, con anodina fachada, poco interesantes ventanas y simple interior. La casa del exorcista que volvía de trabajar para descansar de su último encargo.

Ya estaba acostumbrado a este extraño empleo al que, en teoría, nadie debería poder habituarse. ¿De cuántos horrores había oído hablar hasta el momento? ¿Cuántos monstruos con cuerpo humano habían aterrorizado a sus semejantes? ¿De qué modo le atenazaban a él?

…a decir verdad, este exorcista tenía de todo menos miedo.

Entró en su casa con sus grandes maletas, puso a calentar la tetera, instaló su equipaje junto al sillón de la sala de estar y, con la rapidez de un maestro, abrió ambas maletas y se aplicó los cables de las dos máquinas a la vez a su cuerpo.

—Así que, al final, te las puedes arreglar sin mí…

—Contigo y sin ti, puedo lograrlo. Ya tengo experiencias de sobra para saber cómo hacer bien las cosas.

—¿Y qué quieres decirme que ya no sepa? ¿Para qué has encendido la máquina?

—Has estado manoseando algo desde ahí, ¿verdad? No me reconocí cuando me enfrenté a su otra conciencia.

—No sé de qué me hablas. Yo no puedo “manosear” nada porque no me puedo mover. Soy la fuente de tu voluntad y, si tu propia voluntad te ha fallado, creo que, claramente, el problema está en tu conciencia, no en tu alma. ¿Qué, padrecito? ¿Te beneficiaste a la chica cuando nadie podía mirar?

—Deja de llamarme eso. Ya sabes que no soy sacerdote…

—….peeeero, no me niegas lo de…

—Unas cosas me molestan más que otras, nada más. Tú eres mi impulso. Que tú lo desees, no quiere decir que te haga siempre caso.

—Igualmente, ¿por qué ahora quieres hablar conmigo? ¿Qué pasó con ese “odio mi alma” que no dejas de repetir a cualquier mindundi que se cruza en tu camino?

—Porque me echarías en cara, tarde o temprano, lo que deje de contarte. Y, de todas formas, siempre conviene que los dos sepamos exactamente lo que he estado haciendo. No dejamos de ser sólo uno.

—Así que… oh, por amor del cielo: aquí el que finge ser un cura eres tú, no yo. No estoy aquí para que me cuentes tus pecados.

—¿Y mis virtudes?

—Tú déjame vivir, meapilas; déjame controlar algo más que tu boca, déjame vivir más allá de tu ojo izquierdo, permíteme correr por donde nunca te acercarías, deja de prohibirme disfrutar de la vida que tú te niegas. Yo soy todo lo que deseas, yo soy tu verdadera voluntad.

—No llegaría a ninguna parte soltándome tanto. De momento, confórmate con poder hablar conmigo.

—¡Conformarme! ¡Te pido pan y tú ni me das la harina! ¿¡Qué puedo hacer si no tengo siquiera manos!? ¡Tengo suerte cuando me dejas viajar a una utopía! ¡Tengo un cuerpo justo aquí y tú, maldita conciencia, no me dejas hacer nada de cuanto deseo! ¿¡Para qué he nacido si lo único que quieres, maldito meapilas, es seguir sufriendo sin ningún sentido!?

—Has nacido sin propósito. Las almas no tienen ninguna misión en especial en este mundo. No hay dios, ni paraíso, ni demonio, ni infierno. Sois una masa bullente de intenciones, pasión, odio y amor a partes iguales pero en dosis completamente desiguales. Pero para evitar que os autodestruyáis por vuestros impenitentes deseos, existimos nosotros, conciencias.

—Cuéntale el sermón a quien quiera escucharte, padrecito. Si tener que vivir es tener que estar todo el tiempo temiendo por la muerte, entonces, ¿para qué vivir?

—…mira, sé que tienes razón pero…

—¿¡Pero qué!? ¿¡Vas a disculparte y seguir diciendo esa chorrada de la autodestrucción!? ¿¡De qué me sirve un “lo siento” si son sólo dos palabras!? ¡Tú no sientes nada ni te disculpas por nada! ¡No crees! ¡No creas! ¡No vives! ¡Tú sólo tienes miedo!

—¿Vas a decirme tú a mí cómo tengo que hacer mi trabajo en esta existencia? Tampoco es que podamos hacer mucho, ahora que estamos separados. Actuar por separado es lo peor que podría habernos sucedido…

—¿Qué murmuras?

—¿Quieres que te lo diga, linda masa de deseos?

—No me vengas con esas chorradas: ¿Qué carajo planeas?

—Muchas cosas, oh, horrenda alma mía, muchas cosas que ya deberías intuir por lo que acabo de decir.

—No soporto cuando te pones así de idiota…

—Pues lo siento si sueno idiota. Para lo que quiero hacer, lo último que necesito es que haya una parte de mí anunciando mis planes con meses de antelación. Tú gritas demasiado, yo me contengo todo lo necesario. ¿Dices que sólo vivo para sufrir? Te daré la razón, en parte. Sin embargo, ¿y si te dijera que, paso a paso, estoy por lograr otro objetivo merecedor de toda tu atención?

—De nuevo, no sé qué me estás contando.

—Venganza, bestia de este cuerpo, venganza. Tú sabes muy bien contra quién y por qué. Venganza por ser yo una pieza más en un rompecabezas en el que nunca habría querido formar parte —el sacerdote sacó el anillo de latón de su bolsillo—. “El camino debe permanecer cerrado”… ¡paparruchas de un viejo loco con demasiado dinero a su disposición! ¿Quiere llaves? Las va a tener. ¡Pero, mientras tanto, no podrá alejarse de mí! ¡Estará obligado a tenerme cerca! ¡Al “Sujeto T”! ¡Al crío que pensó que podría criar dándole por nombre una ridícula letra! ¡Al que educó para ser simplemente obediente! ¡Al que separó de su propia alma y que ahora no puede pensar recto en ningún momento! ¡Al que le regaló un par de apaños para enmendar pecados que ni siquiera reconoce propios! —arrojó el anillo al otro lado de la sala, dentro de una caja de madera vieja.

Una caja llena de anillos. Un lugar en el que su último trofeo no destacaba en absoluto.

Llave #15 recuperada

Responsable: Tahuil

Fuente  de la canción: Fazel RB

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Acerca de jeshuamorbus

He aquí un loco con su séquito. He aquí un hombre ido que escribe cosas absurdas. Hállase en este lugar un hombre demente que sólo piensa en mundos extraños en los que le gustaría verse... Saludad a este buen loco ^_^
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Una respuesta a Capítulo 6 – El signo de los tiempos

  1. tyess dijo:

    … No sé qué acabo de leer. 😛
    Salvo… ¿rebeldía? Un poco de rebeldía le vendría bien a la historia…

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