Capítulo 5 – Barbatos

Señorita Sofía, es sorprendente: no conozco hombre ni con el valor ni la capacidad de llevar a cabo las proezas (sí, proezas) que acaba de realizar. Por lo tanto, ¿estaría usted interesada en que le proponga un trato? “

Duston no era más que un vulgar pueblo de tercera, popular por sus minas pero nada más. Ya, por el nombre, uno podía imaginar qué podría encontrarse en sus secas calles: polvo. Aparte de la roja montaña de la que los mineros extraían mineral de hierro todos los días, allí sólo había un pueblucho en mitad del desierto.

Oh, y bandidos. No era la mejor época para acabar atrapado en ese lugar. Los mineros y sus familias vivían atenazados por la amenaza de la Familia Keystone. Famosos por sus correrías en los estados del norte, se habían decidido a bajar al sur para no llamar mucho la atención durante una temporada, hasta que las cosas en su territorio se calmaran. Así que, en su exilio en pos de dejar atrás a las autoridades, encontraron Duston, lo consideraron dominable y tranquilo, se aposentaron y, sencillamente, vivieron toda una vida de lujo hasta que llegara el momento en el que se terminaran los recursos del pueblo y tuvieran que volver a marchar a algún otro pueblo de tercera abandonado en mitad del desierto con comida y gente dominable para, obviamente, seguir viviendo del lujo que estos lugares pueden ofrecer.

Eran diez miembros: Jasper, el inteligente padre; Rupert, Ronald, Richard y Raul, sus salvajes hijos; Jonas, el tío bruto; Andrew, el habilidoso abuelo; Natalie, la perceptiva madre y, finalmente, las dos endurecidas hermanas Lana y Lara. En solitario no serían nada especial, pero todos a la vez eran tan poderosos como un señor ejército. No atendían a las órdenes de nadie, peleaban por lo que creían que era necesario y no rendían cuentas a ningún gobierno. Hasta donde llegaran sus poderosos brazos y sus brutales balas, el mundo era suyo.

Por eso, no tenían que contenerse para coger comida de donde quisieran; de robar dinero de donde les apeteciera, de violar sin que nadie les dijera nada y beber hasta vaciar todas las reservas de agua y alcohol de esa aldea. Oh, y ahí tenían al párroco de la iglesia del pueblo “para perdonarles los pecados” cada vez que sentían que, quizás, se estaban sobrepasando un poco.

Nadie podía salir del pueblo so pena de ejecución sumaria de familias enteras. Quejarse equivalía a recibir un tiro en el pecho y cuestionar las tiránicas decisiones de cualquiera de los salvajes y estúpidos hermanos les daba una excusa para apalizar durante horas al pobre que dudara al obedecer sus arbitrarias órdenes.

Las madres espantaban a los niños díscolos y remolones con la perspectiva del infierno. Ahora todos lo conocían de primera mano.

*

El día era uno vulgar, como cualquier otro: los mineros, iban a sus minas, los encargados de las fundiciones, separaban las impurezas de las menas; las mujeres se encargaban de sus hogares; los niños iban a la escuela; el párroco seguía tañendo la campana y, en general, nadie había detenido su actividad. El único cambio era que todo era por y para la terrible Familia Keystone. Todo era apariencia, tenía como objetivo sólo el no llamar la atención de los pocos viajeros que se cruzaban con ese polvoriento pueblo. Cuantos deseaban quedarse, se encontraban con que no había hoteles ni lugares de paso y, por lo general, tenían que dormir al raso fuera de la ciudad.

O dormir en el cementerio. Todo dependía del voluble carácter de los Keystone.

Así pues, ya llevaban tres semanas allí, sin llamar la atención a las lejanas poblaciones vecinas. Los mineros ya estaban agotados de trabajar hasta la exhasperación a cambio de ínfimos platos de comida pero, a pesar de todo, la zarpa de hierro de los Keystoone les impedía rebelarse. ¿Qué podían hacer ellos con sus picos y palas contra todas sus armas? Colts, Winchesters, cuchillos que bien sabían manejar todos los miembros de la familia, sables, la misma dinamita que los mineros utilizaban en los túneles y, la joya de la corona, esa máquina de escupir fuego del brutal Jonas que habían robado al ejército durante la guerra de secesión: una ametralladora Gathling.

Fueron tan lejos, que la mayor parte de los edificios del lugar estaban minados. ¿Puede haber algo más espantoso que ver a tus hijos ir todos los días a una escuela que podría estallar por simple capricho de esa panda de locos? No tenían armas y esa tropa de idos se había asegurado de que nadie movería un dedo sin su permiso. Por eso, la rebelión no se daría nunca.

O eso pensaban los Keystone. Al menos, hasta que vieron el cadáver del siempre inteligente Jasper tirado en mitad de la calle principal. Un tiro le había atravesado la frente y, por lo visto, no había tenido tiempo de siquiera alzar su arma.

Esto habría acabado en una señora escabechina, con una masacre en toda regla, de no ser porque iba escoltado por Lara y Richard y porque comprobaron que ninguno de los temerosos aldeanos tenía un arma a mano. De hecho, nadie llegó a oír ningún disparo por culpa de las campanadas que llamaban a los niños a clase.

A la desesperada, Richard cargó con el cadáver de su padre hasta la casa del médico del pueblo pero el diagnóstico era claro: más tieso que una rana seca.

—¡No me lo creo! —chilló el eternamente alterado Richard—. ¡A mi padre no hay dios que lo pille por sorpresa!

—Mire, señor, por más que quiera, no puedo devolverle la vida a un muerto —indicó el viejo médico—. Más que traérmelo aquí, debería haberlo llevado al sepulturero. Nos habría ahorrado tiempo.

—¿¡Eso y qué más, matasanos!? —alzó al médico y apoyó su cuchillo en el cuello— ¡Algo tienes que saber hacer!

—Mire señor… ¿Richard era? Lo único que puedo asegurarle es que el disparo no pudo venir de un arma cualquiera —comentó, cauteloso, el médico que ya hacía tiempo que le había perdido el respeto a la muerte que esa familia representaba—. Mire el tamaño del agujero y dígame si en su casa tienen un arma capaz de provocarlo.

Richard, Lara y, ahora, la recién llegada Natalie que había oído la terrible noticia del deceso de su querido marido, observaron lo indicado: quien disparara, no es que sólo hubiera matado al padre y jefe de la familia, es que le había volado media cabeza. Como señaló el médico, herida semejante sólo podía ser causada por un arma especialmente grande.

—¡Lara! ¡Llama a tus hermanos! —ordenó la madre, que comprendió de inmediato lo que pasaba—: Hay un valiente con un rifle de caza fuera del pueblo.

No se discutió la orden y, en menos de diez minutos, los hombres más jóvenes de la casa formaron delante de la casa del médico, ante su madre, equipados con sus mejores armas y municiones, sobre las grupas de sus brutales caballos.

—¡Rastread y coged a ese bastardo! —ordenó con lágrimas en los ojos—. ¡No lo matéis si podéis! Una vez descubramos quién ha sido el maldito perro que se ha cargado a vuestro padre, dejaremos a su familia y vecinos en manos del abuelo! —los chicos tragaron saliva, a sabiendas de lo que implicaba semejante amenaza—. ¡Marchad, y no volváis sin él u os mato yo misma!

No iban a volver voluntariamente, de todas formas: para ellos, perder al cerebro de su casa era un duro golpe. Si el temerario hubiera matado a cualquier otro miembro de la familia, ya estaría muerto, porque Jasper habría sabido de dónde venía el disparo desde el principio, la estrategia para llegar a él sin peligro y lo habría ejecutado probablemente de la misma manera que deseaba su madre: dejándoselo al abuelo, hombre conocedor de las mayores perrerías que es capaz de cometer un navajo de mala leche.

Natalie sabía que lanzarlos al desierto sin un plan concreto para encontrar a ese desgraciado era arriesgado, pero confiaba que siendo cuatro, el del rifle se delatara. En el momento en el que disparara una sola vez, aunque lograra acertar, vería cómo al menos tres enemigos se le echaban encima. No le daría tiempo a recargar su potente arma con al menos tres hermanos raudos y preparados para masacrarlo.

Durante toda la mañana, los chicos patrullaron los alrededores del pueblo con sumo cuidado, a la espera de que un estallido y una voluta de humo les indicaran dónde encontrar a quien buscaban. Y fueron sumamente pacientes, a pesar de lo inclemente del sol. Toda la mañana y toda la tarde, sin parar para comer y con apenas un par de cantimploras para aguantar el temple. Cuando los mineros salieron de los túneles, el temerario aún no había dado la cara y la madre, al fin, dejó regresar a sus hijos. No era sencillo dominar a tanta gente con cinco personas menos en casa.

—Creo que si lo que quería ese era matarnos, le hemos venido demasiado grandes —comentó Richard, henchido tanto de soberbia como de ira, al no poder ver consumada la venganza—. Se habrá cagado y marchado a otra parte.

—Entonces eso es malo —señaló Rupert, el menos irracional de los cuatro—. ¿Y si ha ido a otro pueblo a llamar ayuda?

—No, eso no tiene sentido —comentó la madre—. Si así fuese, no tendría sentido darnos el aviso matando a vuestro padre. Además, no habéis encontrado ningún rastro, ¿verdad?

—Nada. Ni huellas de caballo, ni campamentos, ni marcas de que nadie haya estado allá fuera durante los últimos cinco días.

—Entonces esa rata sigue allí, escondida en algún agujero, esperando a que bajemos la guardia. ¡Llamad al abuelo! Si él no puede encontrarlo, nadie lo hará…

Andrew, el anciano de la familia, no sería el más inteligente, ni el más perceptivo ni el más fuerte, pero bien que había enseñado a su prole, así como a la prole de su progenie cómo había llegado a su posición de sumo respeto. Aunque los años le pesaran ya, seguía siendo un bandido muy conocido por su crueldad, Andrew “el mestizo”. Mestizo, porque poco le importó aprender los trucos más sucios de todos los colonos o nativos de esa inhóspita tierra para sobrevivir, alguien que no pertenecía a ninguna parte y no le importaba demostrarlo con actos. Con las armas de fuego era duro, pero con los cuchillos era un monstruo que despellejaba, desollaba y trituraba por completo a sus pobres víctimas a pesar de todas las rémoras de su edad. Hay quien también le daba el apelativo de “el caníbal”… por evidentes razones.

Entre todos sus muchos trucos, estaba una poco natural capacidad para rastrear a quien quisiera. Si lo contrataban como sicario, no habría ser humano en la faz de la tierra capaz de esconderse de él. Era tan conocedor de su medio, que ni siquiera se podía evitar su ya borrosa visión siguiendo ríos o caminos de piedra, tal cual si fuera un sabueso con forma humana.

Todos esperaban que alguien con semejante fama se relamiera de placer con la perspectiva de ir a la caza de una presa que mereciera la pena. Sin embargo, Andrew no apareció.

Quizá era por la tensión del momento, que no lo habían visto a la hora de comer. Quizá es que estaban demasiado distraídos ya controlando a la población, ya preocupados por el desarrollo de la patrulla de los cuatro hermanos.

Pero nadie se había dado cuenta de que Andrew no había dado ninguna señal de vida en todo el día.

Lara volvió con la mala noticia:

—Han matado al abuelo —anunció, compungida.

Antes de que nadie reaccionara, mientras todos estaban atendiendo al exterior del pueblo, no se dieron cuenta de que el enemigo ya había accedido al pueblo y que estaba escondido entre ellos. Y, además, que tenía gustos similares a los del anciano: en un retrete, colgado de los pies, le habían cortado la cabeza y los brazos, a saber cuándo, dada la cantidad de sangre ya seca que coloreaba el suelo.

Eso ya era la gota que colmaba vaso: no sólo los iba matando uno por uno sino que, encima, creía que podía tener el recochineo suficiente como para decirles que “podía hacer lo que le viniera en gana delante de sus narices”.

Los más locos de los hermanos, Richard y Rupert, reaccionaron de inmediato y, armas desenfundadas en mano, se arrojaron a la cantina, lugar en el que se estaba sirviendo la escasa pitanza de la noche. Irrumpieron, furiosos, dispararon al aire…

…y Rupert cayó al suelo nada más detonar su revolver, junto a la masa sanguinolenta que ahora era su cabeza.

Fue casi cómico: era como si la bala que disparó hubiera tenido tan mala fortuna de rebotar en algún hierro de vuelta a su cabeza. Pero no, de nuevo era un poderoso disparo de rifle, llegado desde su espalda. Lo malo es que, por el susto, Richard había perdido la oportunidad de ver de dónde salió el humo del cañón. Lo peor, que como disparó al mismo tiempo que el revolver de su hermano, ni siquiera pudo oír su procedencia exacta. Y, en la mitad del ocaso, ya no era posible saber dónde se había ocultado ese temerario.

Pero era lo de menos, ahora que al menos sabía que estaba cerca. Sin dar tiempo a reaccionar a ninguno de los presentes, cogió al primer minero que encontró y lo sacó a la fuerza, justo delante de la puerta, como escudo.

—¡Vamos, valiente! —bramó, furioso—. ¡Da la cara! ¡Sal de una vez o le vuelo la cabeza a este gusano!

Sin duda, estaba lo suficientemente loco e iracundo para llevar a cabo su amenaza. Pero quien estuviera al otro lado de la calle no tenía ganas de jugar del todo a su juego: un nuevo disparo, un nuevo destello, una nueva voluta de humo.

Richard muerto de un tiro que le abrió justo la tapa de los sesos y que pasó rozando el hombro de quien se suponía que era su protección.

Un sacrificio doloroso para los Keystone, pero necesario para atrapar al condenado tirador: ahora ya estaban seguros de dónde se encontraba su presa: en el interior de una casa abandonada.

Antiguamente, perteneciente a una familia llamada Archer, allí hacía tiempo que no vivía nadie. Más que nada, porque los Keystone ejecutaron a todos sus miembros a modo de ejemplo frente a una más que posible rebelión de los mineros. Ya nadie se acercaba a esa vieja casa, de hecho, ya nadie giraba su vista hacia sus claveteadas ventanas. Si existía un buen escondite, el francotirador no podría haber encontrado otro mejor.

Sin embargo, los Keystone ya lo habían localizado y ahora iban a jugar su as en la manga favorito: los hermanos Ronald y Raul por detrás y Natalie al frente, vigilando que esa rata escondida no abandonara su agujero y, justo delante de la casa, el gigantesco Jonas con su arma más característica: la Gathling montada sobre dos enormes ruedas de carro que él podía desplazar sin ninguna dificultad. Junto a él, Lara arrastraba por el suelo las grandes cajas que contenían las cintas de munición. Con la retaguardia cortada, con el frente bloqueado, con los flancos vigilados, a quien se encontrara dentro de esa casa sólo le quedaba rezar.

Aunque ni tiempo para eso le dejaron.

Durante los siguientes dos minutos, cientos de balas, procedentes de tres diferentes cajas de munición, arrasaron, destruyeron y hundieron la casa sobre sí misma. Los cuatro hermanos salvajes no tenían comparación con la simple fuerza bruta de Jonas, el hermano bestial del genio. Bajo la tutela de su padre y gracias a la precisa dirección de su hermano pequeño, el enorme Jonas pudo aprender a sacar a relucir todo su potencial, que al final se resumía en vulgar fuerza física. Si en esta familia hubiera alguien que apreciara de veras a los dos primeros cadáveres, era este gigante, aquel que más dependía de ellos y quienes supieron limar sus defectos para convertirle en alguien útil para toda la banda. Por ello, Jonas no se conformó, y a pesar de todos los desperfectos, siguió girando la manivela de su brutal arma.

Otro disparo. Otro muerto.

Jonas cayó sobre sus rodillas cuando una bala arrasó con su cerebro, ante la atónita mirada de su sobrina, que no alcanzaba a entender cómo, después de todo ese espectáculo, alguien podía seguir vivo en el interior de esas ruinas arrasadas por kilos y kilos de plomo.

Pero se acabó. De nuevo, había señalado su posición y, sin importar el medio que hubiera utilizado para matar sin morir, ahora ninguno de los últimos cuatro en pie, dejarían escapar al asesino.

Armados hasta los dientes, con todos los cañones apuntando al lugar en el que, solitario, se alzaba el poderoso rifle que tantos de los suyos había matado, todos rastrearon esa ruina en busca del dueño de tan brutal arma. No quedaba gran cosa en pie. Lo único que cabría destacar en medio de la creciente oscuridad del ocaso, era la cantidad de polvo que se había levantado, así como los escombros. El asesino, por lógica, tenía que seguir allí debajo, esperando el momento para atacar. No le dejarían, empero. Todos estaban ojo avizor y oído atento a que se moviera cualquier tablón, a que ese indeseable diera señales de vida para atacarles por sus espaldas más que cubiertas, todo mientras la joven Lara iba en busca de petróleo. No podían concederle ni media oportunidad, podían alabar su paciencia para esperar el mejor momento para atacar con precisión mortal, pero, ¿podría escapar del fuego, estando justo en mitad del combustible?

Ronald observó desde fuera de la ruina todo lo que pasaba, con su revolver preparado en la mano. Su hermano y su madre buscaban, mientras tanto. Una señal suya y dispararían a matar en dirección a donde el vigilante indicara. No denotaban miedo, segregaban ira por cada uno de los poros después de haber perdido a cinco miembros en menos de un día.

Tras un tenso minuto, al fin, Ronald notó algo: era un siseo débil, similar al que alguien causaría al arrastrarse por el suelo con cuidado. Pero ahora, con todo el pueblo en silencio, era imposible pasar por alto ese ruidito.

Con una seña, indicó a su madre el origen. Natalie observó y se acercó, antes de descargar los dos únicos tiros de su escopeta. Estaba cerca, lo sabía, sólo que aún no podía verlo. Una vez viera sus ojos, dispararía y sentiría en sus huesos lo que el resto de su familia había sufrido.

Ciertamente, encontró un brillito, pero, lejos de ser el reflejo de dos ojos asustados, era una chispa de luz rodeada de polvo. O, quizá, más bien, era humo. O, quizá, lo que había allí no era una persona asustada, sino otra trampa. Quizá…

Dinamita.

Natalie voló por los aires. Raul acabó malherido por toda la metralla que saltó a su cara y, tanto Ronald como Lara se vieron obligados a apartar la vista, confusos por el estallido. Cuando cerraron los ojos, Ronald ya sabía que habían perdido a dos más; pero, cuando los volvió a abrir, supo enseguida que él mismo sería el siguiente: como una llamarada roja como el infierno, vio el cuerpo de otro adversario acercarse a él como un relámpago, justo lo que vio antes de sentir su cabeza chocar contra el suelo. Su última visión, su cuerpo decapitado cayendo al suelo junto a su cabeza, mientras, tras él, una mujer de escarlata melena se acercaba, agresiva, a Lara.

Lara nunca destacó por su buen uso de las armas. En esa ocasión, su mediocridad no iba a desaparecer aunque, concedámosle que estaba tan apabullada por el poderío de esa legendaria pistolera que ni siquiera acertó a rozar a su enemiga en seis sucesivos disparos.

Cuando llegaron a estar una frente a la otra, Lara le arrojó la pistola a la cara, con la esperanza de poder escapar. Pero un simple sablazo bastó para apartar el trasto sin perder de vista a quien realmente importaba.

—¿Dónde está? —exigió saber la pelirroja de endurecidas facciones. Aparte de su pelo embarullado a causa de la refriega y las evidentes facciones femeninas, la mujer que ahora amenazaba con un sable no denotaba feminidad alguna.

—¿Qué…?

—¿¡Dónde está Lana!? —era un sable de caballería vulgar y corriente, pero cuando Lara lo notó en su cuello, sintió su aguzado filo y el hilillo de sangre que descendió por su cuello cuando esa endemoniada mujer lo apoyó contra su piel. No sintió que tuviera más opción que indicárselo. Sólo por eso, tuvo la oportunidad de seguir viva un par de minutos más. Visto el lugar al que señalaba, la terrible mujer le dio la espalda, sin ningún temor, y le hizo una indicación muy sabia—: Entierra a tu familia. En un momento, sólo quedarás tú para evitar que sean los coyotes quienes se los lleven.

Ciertamente, Lara no era una cría. A sus diecisiete primaveras, ya debería tener el temple para lograr acertar, podría haber matado a quien tanta familia le había arrebatado. Pero, aparte de no ser ninguna experta en armas de fuego, su labor como apoyo a la familia, le había llevado a estudiar en lugar en practicar con las armas. Más similar a su padre que a sus hermanos, la chica conocía toda clase de detalles del entorno, era sabedora todo aquello que podría ser útil en sus labores de banditaje y latrocinio por lo que era a ella a quien iban a preguntar cuando hacía falta alguna idea ingeniosa para salir de algún gran atolladero o iba siendo hora de dar un golpe maestro que enriqueciera su familia.

Si se había quedado anulada al ver la cabellera pelirroja de su enemiga tal cual si fuera un demonio, era por la más simple de las razones: la había reconocido. ¿Y quién no? En esas tierras salvajes, los bandidos iban y venían de un lado a otro de la frontera. Pero si una era bien conocida en todas partes era ella: Sofía “Barbatos”. Jinete solitaria, vigilante, pistolera de puntería perfecta, salvaje esgrimista, cazarrecompensas de profesión y justiciera por su cuenta y riesgo cuando le daba el capricho. De lejos, siempre con su poderoso rifle, era capaz de reducir a cualquier banda con suma efectividad, a pesar de tener que recargarlo a cada disparo; de cerca, siempre esperaba el mejor momento para asaltar en emboscada a quien quiera que fuese el temerario que se acercara a sus muchos escondites; en general, ese ejército formado por una sola mujer tenía tanto o mayor prestigio que los diez Keystone juntos.

Y ahora, la última que quedaba en pie iba a ser su oponente.

Lana Keystone… la más joven de todos los Keystone y, por esa misma razón, la más desconocida. La gente de Duston conocía de sobras a los salvajes hermanos, al listo de su padre; a Jonas el bruto o a los sádicos abuelo y madre. Pero las dos hijas eran casi desconocidas, sobre todo, esta última. Aparte de que era una Keystone y que tenía apenas dieciséis años, nadie sabía nada. Aunque, para muchos, eso era suficiente amenaza.

El hogar de esta desconocida bandolera era una casa abandonada en el exterior del pueblo. Una casa para ella sola, más como si fuese despreciada que privilegiada. Pero, la verdad sea dicha, el resto de sus familiares la temían tanto o más que al abuelo. Con él compartía la característica de poseer un apelativo más allá de su popular apellido, sólo que, en este caso, no era uno muy prodigado, uno apenas circunscrito al entorno familiar.

Cuando un minero quiso cobrarse la justicia por su mano, asesinando a quien parecía la más indefensa de esa loca familia, los demás Keystone no pudieron evitar sacar a relucir su mote: “La bruja”. El pobre que la asaltó salió trasquilado de su asalto. La chica, con ese cuerpecillo con el que apenas parecía que podía matar una mosca, arrastró el cadáver de un, otrora, hombre de poderosa complexión fuera de su casa.

Nadie acertó a decir de qué había muerto. Sin llamativas heridas, sin terribles desgarros, sin un sólo ruido… el cuerpo de ese minero, sencillamente, se había “parado”. En comparación, el resto de su familia no era tan terrible. Al fin y al cabo, cualquiera podría esperarse un disparo o una cuchillada. Pero con ella, todo era un misterio. Y ya sabemos lo que se dice de lo desconocido…

Pero ningún temor nublaba el decidido paso de Sofía, que irrumpió y ascendió al segundo piso de su casa.

—Buenas, señora Barbatos —saludó la inquietante chica. Desarmada, sentada en una vulgar banqueta en mitad de una sala de estar por completo vacía. Su presencia no llamaba a ponerse agresivo.

—Señorita —aclaró la aludida.

—Veo que se ha entretenido mucho con “mi familia” —tal como lo apuntilló, Lana no parecía sentir mucho aprecio por los decesos.

—Eran una molestia —Sofía se limitó a encogerse de hombros—. Aunque me sorprende: eran viajeros, como yo. ¿Cómo has logrado tenerlos aquí, bajo tu control?

—Dándoles lo que ellos querían. Ni más ni menos. A cambio, me protegían de las vicisitudes de esta utopía.

—Vale, ya veo por qué me han enviado a mí —suspiró la pelirroja—. ¿Dónde carajo has aprendido ese término?

—A una compañera tuya se le escapó. Era tan agresiva como tú, quizá más. Capturó, torturó y brutalizó a mis anteriores protectores… pero perdió el combate contra mí. Una lástima que lograra escapar.

—Ah, Tahuil tenía que ser —suspiró Sofía, al tiempo que se quitaba el cinturón que sostenía la vaina de su espada.

—¿Por qué será que ese nombre me suena a uno de hombre?

—Porque era un hombre… mayormente, al menos. Si lograste vencerlo es porque eres consciente de todo lo que te rodea.

—Y de que todo está bajo mi control, sí —el cinturón de Sofía cayó a los pies de la bruja, pero el sable continuó en la mano de su dueña—. Lo único que no me quedó claro fue la razón por la que me atacó.

—“Keystone” es un apellido poco habitual, ¿no crees? —la pelirroja apoyó la punta de su arma en el suelo, como si se tratara de un bastón—. “Piedra clave” o “piedra llave”, si lo interpretas de forma literal. Utilizaste el peor nombre para ocultar lo que guardas.

—Con los protectores que elegí para vivir en esta utopía, ya deberías saber que llamar la atención es lo último que me importa.

—Llegará el día en el que un viajero sea capaz de oponerse a tu control, y lo sabes.

—¿Oh? ¿Y qué me quieres decir con eso? ¿Quieres que te dé la llave sin ofrecer resistencia sólo porque “quizá” alguien más fuerte que yo podría arrebatármela?

—Si no ellos, yo misma —a la endurecida mujer no le tembló la voz al declarar esto—. Al menos, creo que lo que hago, lo hago por una buena razón.

—¿Y ésa es…?

—Que me encanta mi trabajo —jugueteó con el mango de su arma entre sus dedos sin perder su confiada sonrisa—. Dicho eso, creo que deberías decirme algo, oh, gran señora de esta gran utopía.

—Dame tu arma —hasta entonces, Lana aparentó estar entre tranquila y aburrida. Sin embargo, esta orden la dio con un tono tan serio y terrible que reclamaba obediencia instantánea. A pesar de todo, Sofía no obedeció, lo que no quería decir que no le hiciera caso.

Como una estatua de sal, la piel oscurecida de la asaltante se tornó pálida en extremo. Sus brazos, rígidos, se negaron a moverse y sus dedos, se cerraron sobre el pomo del sable.

—Dame tu arma —repitió la chica, al tiempo que se alzaba de su asiento y extendía su mano—. Dámela y serás mi nueva guardiana.

Esta vez, la mujer tembló. Sin poder evitarlo, en un movimiento mecánico, levantó el sable del suelo y lo levantó hasta que el pomo quedó delante de sus ojos.

—Entrégame el arma ahora mismo —reclamó la bruja, a dos pasos de la pelirroja— o no volverás a moverte durante el resto de la eternidad —levantó un brazo y, con sus jóvenes dedos, reclamó lo que exigía—. No te resistas. Será más sencillo.

Cual si estuviera siendo dirigida, Sofía bajó el arma con suavidad. De nuevo, dueña de sus movimientos, casi sin respiración a causa del tenso ambiente que no sólo la oprimía, sino que condicionaba hasta el último de sus pensamientos, sopesó lo que debería hacer. No dudó mucho antes de balancear el arma hacia atrás el arma y arrojárselo a la bruja.

Cinco segundos después, el suelo apareció anegado de sangre.

Algo me dice que queréis una descripción menos somera de los acontecimientos. Así sea:

Sofía lanzó el sable hacia Lana. Como el pomo apuntaba hacia ella, aunque le diera, eso no iba a hacerle nada de daño. ¿Qué podría pensar la bruja de todo esto? “Me obedece, aunque sea a disgusto”. Pero le habría valido más matarla antes de solicitarle nada a esa bestia salvaje que había llegado hasta ella, porque, mientras pensaba, antes de que el sable hubiera cruzado los dos pasos de distancia que las separaba, la aún dueña de sus actos Sofía, se puso en movimiento.

Fue fulminante: dio un paso, agarró el sable en el aire y, aprovechando el impulso, se colocó a la espalda de su adversaria, y le atravesó el pecho sin ninguna ceremonia.

—Bravo… —tosió la bruja, sin manifestar un ápice de dolor—. Ahora, creo que es pertinente que mue… —Sofía le cortó el cuello con un cuchillo y ya ninguna voz pudo salir de su boca inundada de sangre.

—Ale, ya está —suspiró la atacante, dejando ir a su presa directa al suelo—. Consejo de alguien que se las arregla muy bien sin las tonterías de los dueños de utopías: si quieres hacer tu voluntad, que no sea mediante tu voz. Es una lata cuando te cortan el cuello —sin ningún miedo, rebuscó en los bolsillos de esa chica que, a pesar de sus horrendas heridas, se negaba morir y, por fin, encontró lo que buscaba: Un simple cristal de cuarzo. O una llave, si alguien sabía ver lo correcto en ella—. Debiste matarme nada más crucé la puerta. Menos mal que antes me había cargado a esa panda de impresentables, que sino, ni habrías pensado en reclutarme para ser tu criada. Pero bueno, te dejo en manos del resto del pueblo. Ellos ya sabrán qué hacer contigo… —ya se estaba levantando para marchar, cuando sintió la fuerte mano de la chica agarrada a su pantalón. Intercambiaron una mirada, la de una mujer endurecida en mil batallas y la infantil de una niña acorralada. Sofía tragó saliva y suspiró exhasperada—. Muy bien, muy bien, tampoco tienes que ponerte así conmigo —se arrodilló ante ella—. Que conste que hago esto sólo por trabajo, ¿entendido? No soy la institutriz de nenas malcriadas.

*

El pueblo llameaba con fuerza. Incluso a más de dos millas de distancia, el humo molestaba los ojos de las viajeras. El estallido había sido tan brutal que era posible que sus ecos hubieran llegado hasta Sierra Nevada. Tras una sangrienta noche, en Duston ya no quedaba nadie con vida.

—¿Satisfecha? —preguntó Sofía a su acompañante mientras veía el alba tentar el horizonte—. Ahora ya nadie sabe lo que has hecho.

—…gracias —mucho más humilde que antes de perder la llave, Lana Keystone se limitó a mirar al suelo. A pesar de sus anteriores heridas, las únicas marcas que quedaron en su cuerpo se limitaban a la sangre que había perdido y su ropa rota. Sólo un agujero a la altura del pecho indicaba que alguna vez, algo le había atravesado de lado a lado—. ¿Qué vamos a hacer ahora?

—¿Vamos? ¡Voy! Lo que voy a hacer ahora es tirar al Pacífico y salir de este montón de polvo en el que te habías escondido —Lana le preguntó con la mirada—. Ya te dije que no soy la niñera de nadie. Si vamos por el mismo camino, no me importa que me acompañes, pero yo no seré quien cuide de ti.

—Has dependido demasiado tiempo de otras personas —comentó el caballo de Lana. La reacción no pudo ser más predecible: la chica se sobresaltó, se bajó de sus estribos y se tiró al suelo—. Oh, no pretendía sorprenderla, señorita.

—Te presento a mi jefe —añadió la pelirroja con una sonrisa sardónica en los labios—. Uno de ellos, al menos.

—¿Ya tienes la llave? —el equino no le dio mayor importancia al suceso y reclamó lo que quería.

—Guardada a buen recaudo. Si no fuese por culpa de Tahuil, la chica esta no habría huido tan lejos. Lo que quiere decir que…

—…sí, que tardarás en volver. No hay prisa, aunque mi compadre opine lo contrario. Incluso con vuestros errores, vamos a buen ritmo. Tú sólo evita perder la llave por el camino.

—¿…qué…? —murmuró la sorprendida Lana.

—Cosas que pasan cuando un viajero a sueldo logra la llave de una utopía —respondió el caballo, al tiempo que se acercaba a ella—. Gracias a la llave, ahora puedo elegir cuál puede ser mi médium para hablar con mi querida empleada, aquí presente. Yo sólo he venido a informarme. Ahora te devuelvo tu montura.

—Tú no te olvides de la apuesta —reclamó Sofía—. No sólo he sobrevivido sino que, además, me he labrado fama por aquí. No vuelvas a decir que las mujeres no aguantamos este desierto.

—…que sí, que sí… —tras este suspiro, el caballo no habló más y, como si la cosa no fuese con él, sencillamente sacudió las orejas.

—Te habrían dicho una cosa o dos acerca de lo que es una utopía —señaló la pelirroja a la aún confusa Lana—, pero, en el fondo, no tienes la menor idea de todo lo que tienes a tu alcance.

Ya recuperada del susto, la chica volvió a la grupa de su caballo y continuó su camino, cada vez más lejos de las cenizas de Duston. Aún quedaba mucho camino hasta llegar al Pacífico.

Al menos, no se aburrirían…

Llave #17 recuperada

Responsable: Sofía B.

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Acerca de jeshuamorbus

He aquí un loco con su séquito. He aquí un hombre ido que escribe cosas absurdas. Hállase en este lugar un hombre demente que sólo piensa en mundos extraños en los que le gustaría verse... Saludad a este buen loco ^_^
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