Capítulo 4 – El dilema del prisionero

“Señor Carl, si ha sido contratado, no es por ninguna otra razón aparte de su inconmensurable habilidad para que nadie sepa predecir cuál es exactamente la solución por la que va a optar. “

Los grandes edificios en el centro de la ciudad, con sus majestuosas columnas, ventanas acristaladas; elegancia neoclásica y moderna a la vez; deberían reposar en paz durante la noche. No en ésta. Alguien se precipitó desde los bastiones más protegidos a los más exteriores mientras, en todas partes, resonaba la campana de alarma. Los causantes de tanto alboroto, pronto vieron que la piedra empezaba a cambiar a ladrillo y que las formas clásicas daban lugar a cuadriculadas y almenadas fachadas, que los finos adoquinados, pasaron a ser bastos y que su destino estaba cada vez más cerca.

Los ecos resonaban en las callejuelas de esa oscura y enrevesada urbe. Pasos precipitados de dos personas que huían de una turba que deseaba, si no matarlos, al menos arrebatarles toda libertad.

¿Por qué? Ellos se habían hecho con algo importante, objetos de tanto valor que merecía la pena arriesgar la vida, la salud y la libertad con tal de hacerse con ellos. Evidente fue, sin embargo, que lo mismo merecía la pena adquirirlos que intentar protegerlos de las zarpas de los ladrones que ahora huían. Así pues, estos dos vergantes habían sido descubiertos. Se las ingeniaron para robar los bienes y salir por patas para evitar el más que probable castigo con toda la habilidad que lucían.

Por el momento, aguantaban. Primero juntos, apoyándose el uno al otro, ofreciendo espaldas y lanzando manos para superar todos los muros que les separaban de la libertad y la fortuna, siendo la seguridad del compañero mientras franqueaban todas las oscuras piedras, saltaban por los almenados, brincaban de un balcón a otro y corrían por los más oscuros pasillos. Sólo tendrían que alcanzar a cruzar el río que separaba la ciudad en dos mitades y sus jefes los recibirían como héroes.

¡Les presentamos las aventuras de Curro el calvo y Marianico

Pero, a medida que pasaba el tiempo, cuanto más corrían y saltaban, menos pensaban en las prebendas futuras y más en el agotamiento y la mera supervivencia.

Pero, a medida que pasaba el tiempo, cuanto más corrían y saltaban, menos pensaban en las prebendas futuras y más en el agotamiento y la mera supervivencia. Cuando llegaron a la mansión, sabían que iban a encontrar resistencia, pero jamás imaginaron tamaño ejército tras sus pasos. Pero no eran los mejores de su profesión por rendirse ante los desafíos que la vida y su profesión ponían en su camino.

Heinrick era el veterano, el eterno desvalijador, permanentemente atento hasta el último detalle de las casas que asaltaba, preparado para entrar cuando nadie lo esperaba y salir con fortunas sobre sus hombros sin que nadie se apercibiera de su presencia. Con tanta experiencia, el liderazgo recaía sobre sus hombros.

Liderazgo sobre Hank, más joven, más impulsivo, menos consciente de sus actos, pero cuyo instinto y talento, junto con la fortaleza propia de su edad, servían de complemento perfecto a las más arriesgadas ideas de su mentor.

Ambos, ya por conocimiento de causa, ya por intuición, supieron lo que les esperaba si seguían corriendo juntos. Vista la situación, se hicieron un par de señas, intercambiaron sus cargamentos y procedieron a esconderlos. Tarde o temprano los atraparían, pero si les encontraban sin el botín, necesariamente los mantendrían con vida. Les harían lo indecible, torturas durante días con tal de recuperar lo que tanto les había costado lograr. Pero habrían ganado tiempo, tiempo más que suficiente como para recibir ayuda del otro lado del río. La cuestión era esconder cuanto ates el cargamento.

Se separaron.

No volvieron a verse el uno al otro.

*

Hank, como ya se dijera, era impulsivo. Ni necio, ni estúpido, ni impaciente, sólo impulsivo, esto es, veía la situación, comprendía las opciones, las sopesaba, decidía y actuaba en un instante, antes de que nadie notara sus dudas.

Cuando se encontró con uno de los esbirros del conde cruzarse en su camino, en solitario, desarmado, en un pasillo estrecho y en esa ridícula posición con los brazos en alto, vio que la situación le era favorable por la diferencia de tamaños; comprendió y asumió que no arriesgaba nada al atacar al temerario; decidió, pues, atacar y, así hizo, lanzándose sobre su adversario. Como veis, toda una ristra de buenas decisiones.

Aunque, si hubiera dispuesto de algo más de luz, había podido ver el cordel a sus pies. Si hubiera esperado un poco más, no habría tropezado con él. Si hubiera decidido huir por el camino por el que había llegado, no habría caído. Si, en definitiva, hubiera decidido cualquier cosa menos atacar, aún habría podido huir.

Pero la historia es aquella en la que contamos cómo fue capturado.

Tropezó, cayó, se dio un señor morrazo en plena nariz, el temerario aprovechó para inmovilizarle y sólo le quedó a éste llamar a alguien para poner a buen recaudo a su presa.

—Muy ligero de equipaje te noto yo, para haber dejado la mansión como la habéis dejado —comentó, ocioso, el inmovilizante—. ¿Has dejado tu captura en algún agujero para ir a recogerla después? —Hank, con sus brazos inmovilizados y sin ser capaz de levantarse, se agitó, violentamente.

El ladrón sabía perfectamente que no iba a servir de nada, que por mucho que se esforzara, no podría bajar los brazos ni usar sus piernas para alzarse. Sólo era una pantomima para simular que le ignoraba, sólo para que no se hiciera evidente ese viejo proverbio que dice “quien calla, otorga”. Mejor parecer un perro rabioso que un listillo pillado de mala manera, uno de los muchos trucos que le había enseñado su ya viejo maestro.

—Si te pones así, creo que lo vas a pasar muy mal en las próximas horas —otro esbirro del conde llegó a ese pasillo, con cuerdas y un saco—. Confiesa ahora y puede que sólo te dejemos en tu lado de la ciudad desnudo y atado a un poste.

En ningún momento dejó Hank de agitarse. Ni mientras su captor hablaba, ni mientras le ataban, ni cuando taponaron sus sentidos con el saco en la cabeza, ni siquiera cuando lo arrastraron de vuelta a la mansión.

Sólo cuando, al fin, estuvo realmente agotado y tirado en el suelo de algún húmedo sótano, que dejó de moverse como un loco.

Silencio. No era cosa del saco en su cabeza. Allá no se sentía ningún sonido. El aire, frío, no se movía y no denotaba ninguna corriente de aire, como si todo a su alrededor estuviera parado. Y la oscuridad era absoluta: no se colaba ninguna luz más allá de la basta tela que cubría su rostro.

A solas, en la profunda y silenciosa oscuridad, Hank permaneció tirado en el suelo. Aún a sabiendas de lo que le esperaría, decidió dormir tranquilamente. Aunque le despertaran por sorpresa con una patada o un cubo de agua helada, no sabía cuándo volvería a poder dormir con tranquilidad. Aprovecharía lo que tenía, ahora que disponía de ello. Durmió, se desveló, volvió a caer en la modorra y se volvió a despertar. Muchas veces. En mitad de tanta oscuridad y silencio, tras dormir tanto tiempo como para no sentir ni pizca de sueño, le ocurrió lo peor que podría ocurrirle: se aburrió. Así que, para pasar el rato, se dedicó a intentar librarse de sus ligaduras mientras meditaba lo que ocurría.

¿Cuánto tiempo había pasado? Por el hambre que atenazaba su estómago, seguro que ya había transcurrido un día entero desde que lo capturaran. Le extrañaba. Ya le habían capturado otras dos veces en su más tierna juventud y nunca antes le habían dejado tanto tiempo sin al menos retorcerle un par de dedos. No sería por falta de efectivos, visto el despliegue que lució el conde para recuperar sus muchas joyas. No estaba nervioso, no le habían dado razones para causarle ningún miedo, pero, a pesar de todo, era la falta de noticias que lo mantenía alerta todo el tiempo…

…aunque no quisiera reconocerlo, estaba muy nervioso.

Pero eso no le impidió deshacer el nudo de sus muñecas. Después de eso, liberar sus brazos, sus piernas, estirar sus agarrotados brazos y volver a respirar aire que no pasara por el filtro de tela de la bolsa de su cabeza fue un momento. La situación, sin embargo, no había mejorado en absoluto: seguía en mitad de la oscuridad, solo y en silencio, sin saber lo que ocurría ni cómo ocurriría.

Se entretuvo tanteando las paredes y pensó en su compañero. Quizá, porque era más viejo, se ensañaron con él primero. Aunque, si estaban encerrados en el mismo lugar, no comprendía por qué no escuchaba ni medio grito suyo. Técnica básica de la tortura: que todos los futuribles de la rueca escuchen los gritos de terror y dolor. Pero, por no haber, no se notaba ni un paso.

Lo lógico, pues, era pensar que no estaban en el mismo lugar, que ni siquiera estaban en la mansión. De hecho, por la ausencia de sonidos, o estaba en un sótano muy profundo, o lo habían sacado de la ciudad. Sin duda, era el mejor método para torturar a alguien sin despertar rumores encendidos entre las chismosas de los mercados.

Encontró una puerta, cerrada a cal y canto. No tenía anilla, ni pomo, ni cerradura ni nada. Ni siquiera temblaba, así que estaría cerrada con un señor tablón por el otro lado. Intentar golpear la sólida madera no era racional, no tenía herramientas a mano y las ganzúas ocultas en sus bota no servían de mucho en esta situación. A lo sumo, sólo le quedaba esperar a que alguien abriera.

Caminó, distraído, por su pequeña prisión. Era como estar en su refugio, sólo que sin luz ni comida a mano. La celda era de apenas tres por tres pasos de grande y tan baja que podía tocar el techo con la mano. Nada había en el suelo, aparte de las cuerdas y el saco. Tampoco parecía que hubiera vigilancia… sería arriesgado, pero cogió el puñal que tenía oculto en su otra bota y empezó a arañar los resquicios de las tablas que conformaban la puerta.

Al meterlo allí dentro, se limitaron a quitarle el poco botín que aún no había ocultado. No le registraron en serio y, por eso, aún llevaba sus herramientas de emergencia. Le llevaría una eternidad abrir un agujero con ese método, pero no tenía otra cosa que hacer.

Más que nada, porque sus pensamientos ya le empezaban a traicionar. Al fin y al cabo, si ya habían pasado más de veinticuatro horas, si habían torturado a Heinrick durante todo ese tiempo y si no se habían molestado ni en dar un mendrugo de pan al más joven de los dos, ¿no sería porque el anciano ya había confesado dónde había ocultado su parte del botín?

De ser así, no tenía sentido que lo dejaran abandonado de esta manera: el maestro no podía saber dónde había escondido sus alhajas su alumno y viceversa. Si querían recuperar todo, tendrían que preguntar a los dos. Sí, así era, así tenía que ser…

…a menos que, con su experiencia, fuese capaz de deducir dónde escondería un ladrón de carácter impulsivo lo que ahora el conde quería recuperar.

No dejó de arrancar astillas de la puerta y siguió dándole vueltas al asunto. Al fin y al cabo, empezaba a notar la falta de alimento y de agua. No, aún no se había reducido a declamar la patética frase “lo que daría yo por una jarra de agua”, pero la tensión ya le había afectado lo suficiente como para que su disciplina fuese incapaz de ocultar lo que siempre obviaba.

Heinrick no había podido traicionarle. Tantos años, con sus errores, sus soluciones, malas fortunas y golpes de suerte, le habían llevado a ser uno de los ladrones más duros de esa fría ciudad. ¡Si, incluso, en una apuesta de borrachos había soportado sin gritar que le atravesaran la palma de la mano izquierda con un clavo! ¡Eso no puede hacerlo cualquier viejo!

…y, a pesar de todo, ¡era un viejo! Por mucha experiencia que tuviera, ¿qué más podía querer que tener un retiro dorado a cambio de delatar a sus jefes? Tantos asaltos, tantos sufrimientos para lograr joyas, documentos importantes, dinero y personas secuestradas… da igual cuán predispuesto al latrocinio se esté: el cansancio acaba llegando tarde o temprano.

El cuchillo resbaló en la madera y continuó su camino con fuerza hasta casi tocar la piel de su portador. Hank no podía verse las manos, pero sabía lo que había delante de sus ojos: manos temblorosas, temerosas de que lo hubieran encerrado en esa sala hasta que expirara.

¡Pero hubiera traición o no, no iba a rendirse!

Con ánimos renovados, ahora podía estar seguro de que ahora sólo dependía de sí mismo para salir de esa prisión. Siguió astillando la madera, debilitando la tabla, con tal de abrir un agujero lo bastante grande como para sacar el brazo, quitar el tablón del otro lado con un empujón bien dado y salir de allí. Lo que ocurriera después, ya dependería de él.

¿Y qué podría pasar, ya que estaba? ¡Llevaba armando un ruido terrible durante horas y nadie parecía haberse dado cuenta al otro lado! Si alguien le esperaba, o no le importaba lo que hiciera o no estaba cerca y no le escucharía venir. Hank no era un asesino, pero bien que iba a emplear todos los medios a su alcance para hacerse con la libertad. Siempre había actuado así y no iba a cambiar de un día para otro.

Punzada tras punzada, se abrió paso a través de la puerta. Febriles horas de silencio, hambre y sed que no minaron su determinación. Sin prisa ni pausa, pero sí con sumo dolor en sus dedos, logró abrir un puntiagudo agujero cubierto de afiladas astillas. A través de él, no se podía ver ninguna luz pero sí que podía meterse el brazo. Como esperaba, un simple tablón cerraba la puerta. Le dio un duro golpe y, sin más, cayó al suelo.

Hank salió de la celda.

Tras tanto tiempo trabajando en su escape, una fina capa de sudor cubría su cabeza. Gracias a esta humedad, sintió algo que no había notado desde que le arrojaron allí: una corriente de aire. Por los ecos que llegaban a sus oídos, eso era un pasillo.

Puñal en mano, cauteloso y a la espera de ver una chispa de luz en su camino, se apoyó en la pared para no perder el equilibrio. Sus pies denotaban tanto miedo como sus manos y le costaba caminar en condiciones. Y, cuando, al fin, notó un rayo de luz, se agachó, dejó hasta de respirar y atendió hasta el último detalle.

Nada. No era una lámpara. No se escuchaban pasos, sólo un reguero de agua. No parecía que hubiera nadie allí. Era el sol colándose por una abertura.

Podría volver y probar por el otro lado de ese largo pasillo pero, al fin y al cabo, sólo deseaba salir: si al final iba a encontrar la claridad del día, no tenía sentido asustarse como una nena cada vez que viera un reflejo.

La luminosidad descendía por unas estrechas escaleras de piedra. Estaban ligeramente húmedas y musgosas al contrario de lo que se notaba en el resto del lugar, probablemente por el agua que circulaba más allá del brillo.

El desesperado ladrón ascendió a toda prisa.

—Buenos días, señor Hank —una reja, un individuo vestido con boato y un canal, probablemente una derivación del río que tanto había deseado cruzar aquella fatídica noche—. Se lo ha tomado con calma, parece —Hank no replicó, no tanto porque no tuviera nada que decir, sino porque ese individuo le había llamado por su nombre, uno que no debería conocer alguien a quien nunca había visto—. Oh, pero, ¿dónde están mis modales? Me llamo Karl Böhl. Supongo que, si ha decidido robar en la mansión, mi nombre habrá surgido en alguna que otra conversación.

He aquí, uno que nunca ha jugado a Tomb Raider...

—Buenos días, señor Hank —una reja, un individuo vestido con boato y un canal, probablemente una derivación del río que tanto había deseado cruzar aquella fatídica noche—. Se lo ha tomado con calma, parece…

—¿El hijo del conde? —carraspeó Hank. Ese Karl que estaba ante el ladrón vestía bien. Jubón de terciopelo negro, calzas oscuras, medias a juego, sombrero de ala ancha bien decorado con una larga pluma blanca, negra capa y una amenazante espada ropera. Era algo más viejo de lo que esperaba éste. Su porte señorial y autoritario se notaba hasta en sus pestañeos.

—El mismo. Me alegra que no hagan falta presentaciones. Pero, supongo, quienes seamos es lo de menos. Como puede ver, está encerrado y conoce de sobras la razón por la que está ahí. Y, se preguntará, por qué razón no le hemos puesto un dedo encima en estos casi dos días. Bueno, quizá es porque yo tengo un plan diferente al que tiene mi padre para con usted. De hecho, diría, que tengo el mismo objetivo que usted.

—¿Qué…?

—¿Qué quiero? Sencillo: el anillo, eso es todo lo que quiero. Mi padre ha “interrogado” a su compañero pero aún no sabemos dónde está el anillo que robasteis entre todas las alhajas de mi familia. Me importan un comino todas esas fruslerías: sólo quiero el anillo.

—¿Ha confesado…? —la duda atenazaba a Hank, que casi no podía moverse por el agotamiento y el hambre.

—Quién sabe, “señor Hank” —apuntilló el hijo del noble—. Mi padre y yo perseguimos objetivos diferentes. Ese viejo puede que sepa dónde está el anillo o, puede ser, eso estuviera en sus manos. Si era cosa tuya, entonces podría decirme dónde podría localizar lo que tanto deseo.

—¿Y por qué iba a decirte nada?

—Buena pregunta, aunque un poco estúpida, creo. Lo primero, piense que le tengo encerrado en un lugar en el que sólo yo y un par de mis más fieles compañeros sabemos que está. Con ese cuchillito o con las maderas que haya dejado atrás no podrá romper estas rejas. Esto es territorio de mi familia; más en concreto, parte de mi hogar privado, así que nadie tiene permitido acercarse a este túnel. No tiene comida, no tiene agua al alcance de la mano, está escaso de fuerzas para tenerse en pie y, en fin, puede que sepa dónde está lo que busco.

>>Ahora bien, ¿qué pasaría si ese viejo al que encontró mi padre confiesa dónde está el anillo? O, si llevado por vuestros planes, revela dónde lo has escondido tú, piense un momento, ¿qué pasaría con usted? Sólo tendría que olvidarme de que existe hasta que el túnel empiece a oler mal. ¿Quiere que lleguemos a este punto? No, ¿verdad? Pero, ¿y si me dijera dónde habéis ocultado el anillo? No me dé problemas, lléveme ante él antes de que mi padre lo encuentre y, le juro, que no sólo no le castigaré, sino que le recompensaré tanto o más que sus jefes del otro lado del río.

Hank enmudeció. La oferta no sólo era tentadora sino que, además, disparó su ya elevado nivel de tensión. No por nada se estaba jugando la vida en ese mismo instante: si Heinrick ya había confesado y los esbirros del conde ya estaban buscando el anillo, Hank ya estaba muerto. Evidentemente, si él también confesaba, el muerto sería Heinrick. Si ninguno de los dos confesaba, nunca sabrían dónde estaba el anillo.

Y habría confiado en su veterano mentor de no ser por un detalle: ni al conde ni a su hijo les importaba torturar a los ladrones con tal de lograr lo que buscaban. Cierto que del otro lado del río podría llegar ayuda pero, si no estaban en la mansión, si sólo unos pocos elegidos sabían dónde estaban, no llegaría ningún rescate. Nunca. Torturados diariamente, abocados a la más miserable de las vidas sólo por unas cuantas joyas.

—¡Mi señor! —tanto noble como ladrón se sobresaltaron al escuchar la voz.

—¿¡Qué ocurre!? —reclamó Karl—. ¿¡No ves que estoy ocupado!?

—¡El viejo ha confesado! —el alma de Hank cayó a sus pies—. ¡Los criados ya han recuperado unas cuántas piezas y…!

Pero, antes de perder el ánimo, el ladrón se arriesgó al máximo:

—¡Abre! ¡Yo era quien tenía el anillo! ¡Yo sé dónde está exactamente!

—¡Qué más da ya, si…! —empezó a quejarse el noble.

—¿¡No decías tú que no importaba cuándo lo dijera siempre y cuando fueses tú el primero en encontrarlo!? ¡Pues el viejo sólo puede deducir dónde lo he escondido! ¡Yo te llevaré a él directo y raudo!

Karl dudó un instante, pero sólo lo justo para llamar a dos de sus hombres.

—Traicióname y te cortaré manos y pies personalmente —juró al tiempo que los recién llegados giraban una polea con sumo esfuerzo y levantaban la reja. La recepción del ladrón una vez fuera de su prisión no fue mucho mejor: la espada del hijo del conde tentó su cuello, mientras esos mismos hombres le ataban de nuevo las manos a su espalda.

Aunque algo desorientado, Hank al final acabó por establecer el lugar en el que se encontraba. Por suerte para él, estaban más cerca del escondrijo del anillo que de la mansión en la que habrían encerrado a Heinrick. Aunque se hubieran puesto en movimiento haría una hora, aún no habrían podido deducir dónde estaba oculto.

A pesar de sus manos atadas, el ladrón corrió como el viento por las calles apagadas y vacías de la tarde. Sus vigilantes no le quitaron el ojo de encima pero nadie temía que escapara, sobre todo, en el momento en el que un desmayo a causa del hambre les forzó a cargar con él a cuestas. A base de precipitadas e idas indicaciones del agotado Hank, al fin, llegaron al lugar.

Era el patio trasero de una casa abandonada. La casa, hacía tiempo que presentaba un horrendo tejado hundido y un jardín que apenas era un montón de barro hediondo. A su alrededor, se levantaba una cerca sencilla y, entre todas las tablas que conformaban ese tabique, el ladrón señaló una..

…sin embargo, allí ya había un agujero abierto.

Es de imaginar lo que habría pasado: que, enfurecido, el hijo del conde acabara con la vida del ladrón allí mismo. Pensáis bien, eso “habría” hecho. Pero no tuvo tiempo.

Porque el conde, seguido de todo un séquito de guardaespaldas y criados, aparecieron en el mismo lugar. De inmediato, todo el mundo se dio cuenta de que no era momento para ejecuciones. De hecho, tanto Karl como sus sirvientes, levantaron sus armas contra el enorme grupo recién llegado, que hizo lo propio.

En un instante, comenzó una cruenta batalla en plena calle. Y, mayormente, todo el mundo se olvidó de Hank. Como sólo tenía las manos atadas, pudo salir de esa zona de conflicto en seguida, antes de que nadie pudiera echarle el guante.

Corrió como alma que llevaba el diablo, por las callejas más oscuras y por donde sus manos atadas le permitieron acceder. Hasta que se encontró con una cara familiar.

—¡Ya tardabas, novato! —malherido, amoratado y con un cuchillo ensangrentado, ahí estaba Heinrick. Antes de que el maniatado pudiera decir que su boca era suya, el veterano lo alcanzó y cortó sus ligaduras—. Como se nota que sólo eres un pipiolo —se quejó el viejo—. ¿Dispersan cualquier rumor y pierdes los papeles? ¡Por favor! ¡He aguantado torturas mucho peores!

—¿…qué…?

—¡Que te han engañado, idiota! ¡El conde nunca logró hacerme confesar, pero se enteró de que su hijo te había capturado! Hizo correr el rumor de que yo había confesado para obligarte a ti a confesar antes. Luego, sólo tuvieron que seguiros.

—…pero…

—¿Pero qué, idiota?

—El anillo ya no estaba ahí —Heinrick alzó una ceja extrañado.

—¿Estás seguro de que lo ocultaste ahí?

—Por eso corrí perdiendo culo para llegar —se quejó el joven, mareado por el agotamiento—. Por un momento pensé que fuiste tú quien…

—…no fui yo. Tampoco el conde, tampoco su hijo… —los ladrones, extrañados, se miraron el uno al otro—. ¿Quién carajo…?

*

Fue una tarde animada. El conde y su hijo acabaron muertos en esa pequeña batalla campal, todo, porque imaginaban que era el otro quien tenía el anillo que tanto ansiaban. Los ladrones, a pesar de su agotamiento, lograron regresar a su lado del río, informar de que sólo habían perdido el anillo entre todas sus adquisiciones y, por fin, pudieron descansar.

Y, por el río, una pequeña embarcación mercante navegaba siguiendo la corriente hacia el puerto situado en su desembocadura. En su interior había mercancías, marineros aburridos y algún que otro pasajero. Entre ellos, un bajito pero endurecido antiguo esbirro del hijo del conde.

En sus manos, un sencillo anillo dorado.

—Otra captura sencilla, ¿eh, Carl? —escuchó el verdadero ladrón de esta historia.

—Que el trabajo sucio lo hagan los verdaderos profesionales —susurró mientras golpeaba un ritmo sencillo con el objeto que había venido a buscar—. Pensaba que me había visto vigilarle mientras lo escondía, pero, de nuevo, acerté al imaginar que estaría demasiado tenso para darse cuenta de todo lo que había a su alrededor.

—Te bastaba recoger el anillo y desaparecer, ¿por qué te molestaste en capturar al ladrón?

—Para tener tiempo de sobra para escapar y que nadie sospechara de mí, que no es tan sencillo abandonar esta utopía sin que nadie se dé cuenta. Al fin y al cabo, si iban a sospechar de que alguno de los criados había robado el anillo, yo sería el primer sospechoso, al ser el nuevo. Pero bueno, aunque se hubieran dado cuenta, ahora están muertos, Vía libre hacia el mar.

—Buen trabajo… pero al destruir el centro de esta utopía, este lugar se va a poner patas arriba.

—¿Patas arriba? ¿Está de broma? Con ese par como mandamases, créame que le he hecho un favor a este “ningún lugar” al matarlos. Pero bueno, esperemos que ese “buen trabajo” conlleve algo de buena comida —Carl ignoró el comentario y de centró en lo que realmente le importaba.

—Es lo mínimo que podemos ofreceros después de cada misión cumplida. De momento, descansa, remata tu trabajo y nos volveremos a ver en casa. Espero que la ola de lo que has provocado no te alcance.

—Ok, jefe. Buenas noches —ningún sonido más, ningún susurro. Sólo un vulgar hombre de armas en una esquina, cubierto con su capa, acomodado contra un bulto de lana para pasar la noche. Al menos, esta vez su trabajo había sido sumamente sencillo.

Probablemente, su siguiente misión no tendría a gente con un patrón de actuación tan estúpidamente mecánico…

Llave #20 recuperada

Responsable: Carl F. J.

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Acerca de jeshuamorbus

He aquí un loco con su séquito. He aquí un hombre ido que escribe cosas absurdas. Hállase en este lugar un hombre demente que sólo piensa en mundos extraños en los que le gustaría verse... Saludad a este buen loco ^_^
Esta entrada fue publicada en Carl F. J., Llave 108. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Capítulo 4 – El dilema del prisionero

  1. jhaldise dijo:

    Genial. Estoy Ansiosa de leer mas

  2. tyess dijo:

    Creí que sabía para donde iba el asunto, hasta que entra Karl. De ahí en adelante, a cambiar de opinión constantemente. Fallé, no supe.

  3. Bienvenida a mi mundo, y eso que más o menos tengo ciertos privilegios para conocer la historia…

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