Capítulo 3 – Espera

¿Qué importa lo que pienses? Eres necesario y te voy a utilizar tanto como quiera, a ti, a tu alma, a todo tu ser.”. 

En la Tierra del eterno ocaso, cuanto se podía contemplar desde lo más alto de la Torre del arco iris era un territorio aislado del cual el vulgo no tenía conocimiento. Un lugar ideal para ocultar todo aquello que fuera olvidado o despreciado al recibir la etiqueta de vulgar mito.

Tal torre era el hogar del mayor mago que se hubiera conocido alguna vez sobre la faz de la tierra. Cuanto esperaba el gran Tahuil era rehuir al resto de sus semejantes. Al fin y al cabo, al ser tan famoso, al poseer tanto prestigio y tanto poder, cuantos le rodeaban y conocían sus geniales habilidades, deseaban que les dieran cuanto no eran capaces de lograr por sí mismos. Cómo no, ¿cuál puede ser la reacción de alguien al que no dejan de repetir “todo el mundo te respeta” cuando, en realidad, sólo le decían “haz esto por mí a cambio de esta propina”? Oh, sí, ya se había ganado bastantes propinas, las suficientes como para desear, poder y lograr romper con la baja humanidad que se negaba a aprender lo que sólo él se había molestado en dominar tras decenas de años perdidos en su juventud.

Por ello, disfrutaba de su retiro, en la región que nunca cambiaba, en el lugar en el que podría ser inmortal sin que a nadie le importara porque, mientras estuviera en su hogar, nadie, más allá de las montañas y el río que delimitaban ese lugar de ensueño, se acordaría de su nombre. En soledad, en una sempiterna calma sólo rota por los cantos de los peces voladores que hallaban alimento sin cesar en los troncos de los árboles de oro, los berridos de los ciervos dorados, el relinchar de los unicornios, los aullidos del terrible lobo a lo lejos y el fluir del río que rodeaba ese extenso valle, que bien podría ser el legendario río Rasâ, continuaba existiendo.

Posibles clientes del bueno de Fran: Encargadle que dibuje árboles. Le encanta dibujar árboles.

En soledad, en una sempiterna calma sólo rota por los cantos de los peces voladores que hallaban alimento sin cesar en los troncos de los árboles de oro, los berridos de los ciervos dorados, el relinchar de los unicornios, los aullidos del terrible lobo a lo lejos y el fluir del río que rodeaba ese extenso valle, que bien podría ser el legendario río Rasâ, continuaba existiendo.

Sin embargo no estaría contando todo esto si no fuese por un detalle que le resultaba sumamente molesto al único habitante de tan idílico lugar: desde lo alto de su torre, en la Tierra del eterno ocaso, se sorprendió de encontrarse con aquello que tanto se había esforzado en evitar.

Una persona.

Lo más habitual habría sido que se recogiera dentro de su torre, que cerrara con llave y se olvidara de que esa impertinente jovenzuela caminaba por las mismas sendas que él recorría en sus habituales paseos, hasta que se decidiera a marchar. Pero no iba a ser éste el caso.

Bajó la casi eterna escalinata en caracol, descendió por las enrevesadas y geométricamente no euclidianas escaleras de sus diferentes estudios, atravesó su atestado y maloliente laboratorio, cruzó sus casi abandonados y por completo polvorientos aposentos, que haría ya más de dos años que no lo alojaban; la mugrienta cocina, que ya no necesitaba; y por delante de la sala del gran espejo, que mantenía siempre cerrada a cal y canto. Todo ello, para salir al encuentro de esa señorita cubierta de heridas, moratones y más que tocada por las manos violentas de algún advenedizo que, de haber llegado a estar ante él, habría conocido el infierno mil veces antes de alcanzar a Caronte con menos alma que cuerpo.

Ella, dama de apenas veinte primaveras, con decenas de heridas a más horrenda la siguiente que la anterior, cubierta por un sarí tan mojado como hecho trizas, con un paso tan irregular como desequilibrado, observó al único humano del valle con horror y, antes de que le tocara su maltrecha piel, rompió a correr en dirección contraria. Mas, su carrera fue una muy corta que terminó en una caída de bruces al suelo. Trató de arrastrarse, de alejarse del hombre del que debería conocer nombre pero que, para ella, era un simple desconocido al que temer, como si fuese el mayor de los demonios.

Pero Tahuil se acercó a ella, tan severo como calmado y, con un simple movimiento de su omnipotente mano, cerró sus ojos a la luz y su mente a la conciencia. No soportaba a la gente, pero sentía empatía por todo aquel ser sufriente que tuviera la suficiente voluntad como para llegar a ese lugar prohibido al que sólo los que no tienen lugar al que regresar pueden alcanzar.

Mientras la llevaba en brazos, comprobó su estado: dolorida, malnutrida, acusando heridas tan horrendas como dedos retorcidos y dientes arrancados; harapienta hasta la náusea y, con toda seguridad, inevitablemente muerta. Aunque, si de él dependía, eso no iba a ocurrir.

Podía y quería, al fin y al cabo.

*

La Torre del arco iris era el hogar de Tahuil. Era suyo, en tanto en cuanto fue él quien lo construyó, piedra tras piedra desde las profundidades de la tierra hasta alcanzar las nubes. Resultaba hasta gracioso que, a pesar de su titánica altura, junto a su colorida superficie, nadie apreciara la belleza de su superficie desde fuera de la Tierra del eterno ocaso.

Pero nadie se daba cuenta, que era lo importante. Al menos, hasta ahora.

La joven, de cuyas heridas se ocupaba con mimo y sumo cuidado, dormía en su adecentado lecho. No es que lo molestara. Al fin y al cabo, en una tierra en la que nunca se pone el sol, un inmortal como él no necesitaba dormir. Ella no lo era, por lo que, hasta que todas sus heridas estuvieran bien cerradas, tendría el privilegio de utilizar la cama de Tahuil. ¿Y luego? Eso no lo había pensado y tampoco era el momento.

Mientras aplicaba ungüentos, pócimas y suaves hechizos al maltrecho cuerpo de la mujer, el amo de la torre no dejó de preguntarse qué podría haberle pasado para que deseara y lograra que el mundo se olvidara de ella. Era de suponer que alguien le había causado todas sus heridas, que no ataques. Sin duda, y a simple vista, esa mujer no había recibido un ataque, sino que había sido vilmente torturada. ¿Por quién y para qué? Por un lado, por alguien que más le valía no perseguir a su presa y, por otro, para algo que no le importaba lo más mínimo a Tahuil.

A cada pase de su poderosa mano, la piel se cerró sobre sus heridas, los moratones desaparecieron, las cicatrices quedaron fuera de la vista, los músculos se regeneraron a toda velocidad, lo mismo que nuevos dientes sustituyeron los que perdiera a causa de alguna horrenda tenaza. Quemaduras, hemorragias, desgarros, luxaciones, roturas, desprendimientos, dolores, hipotermias y fiebres… era un milagro que esa mujer hubiera logrado cruzar el rápido río que servía de frontera a esa tierra. Si aún viviera más allá del que ahora era su hogar, aún sin ser responsable de sus desmanes, le habría regalado una vida de placeres eternos con tal de compensar ese sumo sufrimiento.

Fue un trabajo arduo, pero no complicado. Por muchos años que hubieran transcurrido, seguía siendo un maestro en lo arcano. Dejó para el final el deshacer el hechizo que mantenía a esta bella, dormida. Aunque, no por ello, despertó de inmediato.

Eso le hacía bien: sus males no terminaban en lo que se podía observar desde fuera, sino que continuaban, bien lejos, en un agotamiento interno espantoso. Tahuil confirmó este punto al empatizar su hombro derecho: tan pronto como posó sus dedos sobre su piel casi inerte, sintió cómo los músculos de su propio hombro se contraían en una tensión que le recordó a los tiempos en los que aún construía la torre. Sólo por eso, no quería parar a pensar en los traumas que contemplaría si osara observar qué nefandos pensamientos cruzaban su mente en ese mismo instante.

Eso sería más adelante: dejó a la durmiente y se dirigió a ese lugar tan inútil para él que era la cocina. Él no necesitaba comer, pero seguro que ella se levantaría con hambre muy retrasada. Un par de chasquidos de dedos eliminaron la mugre, herrumbre, porquería, humedad y demás detritos acumulados durante los últimos veinticinco años en medio segundo. Resuelto el primer problema, salió al exterior, lanzó un fino y débil silbido al aire y, al instante, se formó una huerta de los más diversos vegetales a sus pies. Mientras recogía las hortalizas, chasqueó la lengua y la carne de su primera olla de comida caliente en décadas se presentó ante él: un ciervo de cuernos dorados y piel blanca como la nieve se acercó con curiosidad al bien intencionado humano. Tahuil le arrancó una pata trasera y, antes de que su víctima chillara de dolor, una nueva creció en su lugar. El ciervo se asustó medio segundo y, antes de que le preguntara nada con su dulce mirada al poderoso mago, recibió de su mano un pañuelo embadurnado en la más dulce de las mieles capaz de crearse con artes arcanas. Con esto, quedaron en paz y tan amigos como antes.

Ya con los ingredientes en la mano, no tardó ni cinco minutos en pelar todas las verduras, limpiar, trocear y cerrar la carne en aceite hirviente, restaurar la mohosa leña a un estado lo bastante decente como para que sirviera de tal, encender la chimenea y meter todos los ingredientes en su correspondiente olla. Bien podría haber generado el agua necesaria para el estofado a partir de la misma humedad en el aire pero, para hacer tiempo, prefirió ir a buscar el agua él mismo al río. Por eso, y porque sabía que ese agua no tenía nada que ver con el de más allá de las montañas.

Cubo en mano y tan predispuesto cual si fuera a darse un más que habitual paseo por la olvidada Tierra del eterno ocaso, notó algo. Cierto que siempre notaba cosas: no había nada que se escapara a su omnipresente mirada en ese lugar. Pero, en este caso, lo que sintió era la mirada asustada de su invitada. A apenas siete metros por encima de su cabeza, la mujer observaba su salida con más terror que esperanza.

Tahuil suspiró. Chocó sus colmillos y todas las puertas que daban a sus estudios, laboratorios y biblioteca se cerraron. Sólo las puertas que permitían a la mujer salir de la torre sin desvíos continuaron abiertas de par en par. Si no quería su amable ayuda, allá ella. Al menos, dejarle el camino libre. Si se iba sin armar ningún barullo, le ahorraría el tener que contarle sus problemas y, a él, tener que comprender qué clase de deleznables gentes moraban en el mundo que haría tanto que había abandonado.

Pero, hasta que no se marchara, seguía teniendo un estofado que hacer.

*

De una cosa podía estar seguro el gran Tahuil: la mujer no le rechazaba a él. Sencillamente, sentía pavor por cualquier otra presencia humana ante ella. Ya, sólo por eso, le caía bien.

Le dejó al alcance un sarí nuevo, creado para sustituir el suyo roto, y una muy generosa ración del estofado que, por mucha voluntad que tuviera de no aceptar nada de ese desconocido, no iba a rechazar. Si la humanidad seguía teniendo algo de humana, el hambre no le habría abandonado.

No se quedó a ver cómo devoraba la pitanza, aunque tampoco tuvo necesidad de que estuviera ante sus ojos para ver con cuánta ansia engullía la que, sin duda, era su primera comida en varios días. Por si las moscas, hechizó su cuerpo para que soportara un más que probable shock y, por fin, Tahuil tuvo algo de tiempo para sí.

De todas formas, no tenía ninguna prisa por terminar sus experimentos, sus estudios no se resentirían por dejarlos de lado un día y… en fin, ¿por qué no relajarse? Hacía más de quince años que no se sentaba en el podrido sillón de su salón a tomarse una taza de cacao.

En dos movimientos, restauró el carcomido mueble y generó una taza de dulce negrura entre sus dedos. Sólo le quedó sentarse y disfrutar del paisaje que se podía contemplar más allá del ventanal del piso más bajo de esa alta torre.

Con calma sacral, remojaba la cucharilla en el chocolate, se la llevaba a la boca, relamía el cubierto como si de un caramelo se tratara y, tras dejarla bien limpia, repetía el proceso. Poquito a poco, el contenido de la taza fue descendiendo. Poquito a poco, el líquido se fue enfriando. Poquito a poco, el mago sintió algo que hacía siglos que no experimentaba: modorra. Sin ningún deseo de luchar contra ella, se rindió y cayó en una suave duermevela. Había curado, cuidado y alimentado a quien lo necesitaba. No tenía por qué responsabilizarse más de ella. Pero, menos aún, tenía nada que temer de su presencia. Era inmortal, omnisciente y todopoderoso en su torre, al fin y al cabo.

Ya que podía, soñó. Soñó lo mismo que soñaba la, de nuevo, durmiente visitante. Conscientemente no iba a hablar pues no confiaba en él ni en nadie. Pero, inconscientemente no podía hacer nada, por lo que sus traumas eran cristalinos para alguien tan hábil como él.

Caras vacías dominaban sus sueños, inexistentes rostros de individuos de manos con intenciones terribles para con la durmiente, a la que señalaban, acusaban y herían con afiladas y envenenadas palabras. Era una paria, alguien despreciada por el mero hecho de haber nacido, un error de dios, una persona que “no debería haber existido”. A ella le quitaban la comida de los labios; a ella le rompían los harapos que protegían su piel del frío invierno y del inclemente sol del verano; sí, ella recibía todos los golpes acusadores que no le correspondían. Era el cabeza de turco eterno, la más habitual sospechosa habitual, el nombre más mencionado en todas las mentiras, la que llenaba el valle que es la vida sólo con sus lágrimas…

…y, entre todos esos rostros vacíos, una entidad femenina era la que más presencia tenía. Una mujer había sido quien le había dado sendas palizas, quemado su piel, arrancado el pelo a puñados, apuñalado sin ir a matar… torturado, en definitiva.

Cientos de rostros vacíos le hacían la vida imposible.

Esa demoníaca mujer le había empujado a la Tierra del eterno ocaso.

La visitante ya podía estar satisfecha de poseer una voluntad tal que no le permitiera sucumbir a su casta superior. Por su arrojo, su llama interior que nunca acabó de apagarse del todo, que pudo atravesar las altas montañas. Por su enfermiza obsesión por huir, que logró cruzar el peligroso río.

Tahuil despertó. Comprendía el problema. No le importaba, pero lo comprendía. Y, aunque no fuera con él, algo pensaba hacer. No porque, al tener tanto poder “debía” hacer algo sino porque, de una forma u otra, se veía reflejado en esa mujer que sólo deseaba soledad. Como no le llevaría más de medio día lograrlo, eso le entregaría.

Tras haber paseado por su mente, conocía sus miedos mejor que nadie. Por la misma razón, conocía todos sus deseos. Sin moverse de su sillón, Tahuil visualizó la Tierra del eterno ocaso en su cabeza. Como desde el primer día que caminó por esas hierbas olvidadas, siempre asoció esa eternidad a sí mismo. No es que él viviera allí, sino que él mismo era la Tierra del eterno ocaso. Por ello, podía realizar el milagro de la creación cuantas veces quisiera.

De la nada surgieron piedras.

Madera.

Telas vaporosas.

Fértil tierra.

Un lago que nunca se secaría.

Plantas jóvenes para siempre.

Animales que competían en belleza con los que habitaban la Tierra del eterno ocaso.

Una suerte de pequeño hogar.

Y todo ello, lo separó del suelo.

Cuán sorprendida estaba la visitante al ver esa isla voladora. Cuánto se alegraría al saber que era sólo para ella. Ella buscaba un milagro. Él se lo concedió porque no tenía nada más importante que hacer que ganarse una nueva amiga. No volvería a verla, no se habrían conocido durante más de medio día; de hecho, no se habrían cruzado ni media palabra y, así con todo, Tahuil consideraba que ya eran buenos amigos.

Una vez completó el milagro, se levantó de su asiento, se estiró como no había hecho en casi dos años, y caminó parsimonioso hacia su habitación, dispuesto a llevar a la dama al que sería su nuevo hogar. Fue una sorpresa encontrarse con la invitada en el pasillo, dispuesta a salir para ver de cerca su verdadera voluntad encarnada en esa isla por completo separada del resto del mundo. Se pararon ante la sellada puerta de la sala del espejo. Ninguno de los dos dijo nada. Ni él, que quería informarle de que sus deseos iban a ser satisfechos; ni ella, que por mucho que supiera que un abrazo y un agradecimiento eran preceptivos, no podía ignorar el dolor que le causaba el ver a otras personas.

Por eso, tras esa incómoda pausa, todo se resolvió con un intercambio de regalos: para ella, una isla voladora. Para él, un precioso rosario Mala de piedras solares, probablemente, el único tesoro que esa joven nunca tuvo y que pudo conservar a base de mucho sufrimiento.

…mas, cuando lo notó en su mano, Tahuil supo de inmediato que no era un tesoro cualquiera. Quiso devolvérselo pero no le dio tiempo siquiera a que le gritara para que estuviera quieta. La persiguió, pero ella, impulsada por su entusiasmo, corría más. Le lanzó el demasiado valioso regalo, pero ella ni se dio cuenta de ello pues sólo tenía ojos para la isla a la que se subió de un enérgico salto.

Y, de esta manera, ascendió a los cielos a toda velocidad, sin darse cuenta de lo que acababa de regalar tan a la ligera. O, más que el “qué”, sin darse cuenta de a “quién” se lo había entregado.

Tahuil recogió el abalorio. Era precioso. Ciento ocho cuentas de piedra solar anaranjada. Un rosario como cualquier otro que pudiera encontrarse en la India o en el Tibet. No le extrañaba que se lo hubiera regalado, aunque sólo fuese un detalle simbólico para ella. Pero no era un regalo baladí.

El título alternativo de este capítulo era El nuevo llavero de Xehanort (Jeshua, demostrando que no es friki)

Tahuil recogió el abalorio. Era precioso. Ciento ocho cuentas de piedra solar anaranjada. Un rosario como cualquier otro que pudiera encontrarse en la India o en el Tibet. No le extrañaba que se lo hubiera regalado, aunque sólo fuese un detalle simbólico para ella. Pero no era un regalo baladí.

Con el rosario en la mano, se encaminó de vuelta a la torre y cruzó más allá de la única puerta que nunca quería atravesar: la sala del espejo.

Como bien reza su nombre, en esa sala sólo había eso, un espejo. Grande, ovalado, sin ornamentos, en medio de una sala redonda y sin ventanas. Siendo Tahuil un mago todopoderoso, es de asumir que no era un espejo normal y corriente…

—¿Qué se supone que le has hecho a esa chica? —su reflejo no respondió—. ¡Responde! ¿¡La has arrojado a este lugar aposta!?

—Es nuestro trabajo, ¿recuerdas? —de repente, la imagen del cristal cambió. A pesar de la oscuridad de la sala, se apreciaba que nada tenía que ver con el hombre que estaba delante de él—. Yo hago lo que me ordenan, tú eres tú mismo. Ése fue el trato —a pesar de compartir las mismas vestiduras, quien estaba al otro lado del reflejo era una mujer, de la misma edad, misma altura y, hasta cierto punto, mismas facciones que el mago que discutía con ella.

—¡Odio que me hagas esto! ¿¡Es que nunca podré vivir una maldita vida hasta el final sin que me pongas en la mano una maldita llave!?

—Piénsalo de otra manera: en un momento te vas a reencarnar. Vivirás otra vida completamente nueva, tan maravillosa como esta tuya, como un mago en mitad de un valle lleno de unicornios…

—¿Y entonces, qué? ¿Torturarás a otra alma atormentada para echarla en manos del amable Tahuil para que me dé su llave?

—Así ha resultado esta vez.

—Así han sido las últimas tres veces… que nunca pienses en lo que piensan todas tus víctimas me hace…

—¿Te hace qué? Sabes perfectamente quién les ataca. Me señalas a mí, pero sabes perfectamente de dónde he salido. No te diré lo que tienes que pensar o que hacer: de pensar y actuar ya me encargo yo. Que te use como un recurso más es algo circunstancial y propio de nuestra naturaleza. Además, tu vida, nunca mejor dicho, no es del todo tuya. Cumple con tu misión y puede que la siguiente no implique torturar a alguien porque sí.

El reflejo volvió a la normalidad. Tahuil se quedó solo. Sólo restaba seguir la indicación de su reflejo: terminar su misión.

Salió de la torre que tantos esfuerzos le había costado construir. Dejó atrás lustros de experimentos y décadas de estudios. Pasó junto a las maravillas florales de la Tierra del ocaso eterno, así como la profusa fauna que tanto le apreciaba. Unicornios, el ave fénix, hadas, una quimera, dragones, un pájaro roc, gigantes de piedra, pájaros voladores, árboles con joyas como frutos, bestias atmosféricas que descendieron para ver marchar al mago inmortal… fue una larga vida. Fue una buena vida.

Tras su último paseo, llegó junto al rápido y peligroso río. Echó una última mirada atrás y vio a toda la fauna observarle con curiosidad. Miró a lo alto y se encontró con un punto negro en mitad del cielo. Sonrió.

—Al menos, he dejado atrás algo bueno en mi paso por el mundo —se dijo, al tiempo que se dejaba caer en el agua. Ya bajo su superficie, se dejó llevar por la rápida corriente y se perdió en una miríada de pensamientos mientras le arrastraba hacia el mar.

“Si es que es cierto lo que dice el proverbio: si el pájaro no canta, espera. Siempre espero lo mejor, siempre lo recibo… pero es una lástima que siempre sea a cambio de pactar con el diablo, un pacto del que nunca voy a poder librarme. Un diablo que siempre espera más que yo. Por favor, que mi siguiente víctima pase por mí antes que por ella…”

Llave #27 recuperada

Responsable: Tahuil

Anuncios

Acerca de jeshuamorbus

He aquí un loco con su séquito. He aquí un hombre ido que escribe cosas absurdas. Hállase en este lugar un hombre demente que sólo piensa en mundos extraños en los que le gustaría verse... Saludad a este buen loco ^_^
Esta entrada fue publicada en Ilustraciones, Tahuil y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s