Capítulo 2 – Mátalo

Sé lo que es el miedo. Lo he vivido. Lo he sufrido. Me duele. Y, aún así, lo soporto. Soy valiente”. 

Bonjuge echó un largo vistazo al altar que tenía delante de sí. Rodilla hincada en el suelo, puño contra la fría piedra, frente apuntando hacia el suelo, capilla vacía a su alrededor, aromas de incienso que calmaban su alma. Un propósito que llevar a cabo una vez caminara por la gran puerta que se encontraba a su espalda.

No habría lugar para tranquilidad una vez se alzara, no tendría sentido parar a respirar cuando se iniciara la batalla. De ahí, que llevara armadura. Por eso, al alcance de su mano, reposaba su espada.

—¡Alférez Bonjuge! ¡El caballero negro se acerca a toda prisa!

Bonjuge, sin perder la calma, respiró una última vez y alzó su cuerpo cubierto de cabeza a los pies por la gruesa capa de metal que tan bien le protegía, para hacer frente a la mirada de su subordinado que sostenía una paloma en la mano.

—Entendido. Encargaos de matar a su caballo. A menos que os reclame, lo demás es asunto mío. ¿Ha quedado claro, cabo?

—¡A la orden! —eran buenas las tropas que le habían caído en suerte: disciplinadas, dispuestas, obedientes y, ante todo, nunca cuestionaban en absoluto sus órdenes, por suicidas que sonaran.

Lleno ese espacio con el estruendoso sonido de sus pasos, enfiló a la salida y, desde allí, vio a su escudero, con las bridas de su montura en la mano. No intercambiaron palabra alguna: Bonjuge se encaramó a la silla, encaminó su caballo hacia su objetivo y partió sin más, tras el rastro de la paloma que llevaba sus órdenes al próximo campo de batalla al que iba a adornar con los restos de su siguiente víctima.

“Derrota al caballero negro y hazte con el tesoro de la princesa”, tales fueron sus órdenes. Un solo enemigo, una niña inofensiva y un objeto que recuperar, nada más. Quizá era un desperdicio de recursos emplear a tantos soldados para lograr el propósito de la misión, pero si algo había aprendido desde la primera orden de sus señores era que, ni convenía contrariarles, y que era demasiado habitual que tuvieran razón. Dejaron clara la palabra “derrota”, así que optar por separar al caballero de su protegida para secuestrarla no era una opción.

Por esta razón, en esas montañas de profundos valles, dentro de cada agujero y precipicio, en las sombras de cada uno de los oscuros bosques y vadeando los ríos cercanos, había decenas de soldados dispuestos a jugarse la vida con tal de hacerse con el desconocido tesoro de la princesa. Bonjuge no era una excepción y se mantenía en tensión ante la perspectiva de pelear contra ese monstruo al que sus hombres, sin mucha imaginación, denominaban “el caballero negro” o “la cara de la muerte”.

Ya había perdido de vista a la paloma mensajera cuando entró en el valle en el que estaba tendida la primera de las trampas que tendrían que atravesar sus dos objetivos para llegar a su destino, el enorme río Brun, situado más allá de las montañas a su espalda. Desde ese lugar, les quedaba al menos día y medio de duro camino y, a sabiendas de la fortaleza y osadía de su temible adversario, sabía que seguirían un camino recto. Por eso, para retrasarles, matarían al caballo que los transportaba. Aún sin cabalgadura, empero, no iba a ser sencillo derrotarle. Aunque cien personas le atacaran, la armadura por la que se había ganado tanto renombre soportaría el envite. De hecho, tras cientos de batallas, su negra superficie sólo lucía vulgares rasguños. Ninguna abolladura, ninguna punzada mortal, ni una pieza cambiada desde que comenzara su eterna odisea para proteger a la princesa.

Por eso estaba Bonjuge ahí. Un guerrero de prestigio no puede ser derrotado por un cualquiera que ni de nombre dispone. Especialista como nadie en los asuntos de la guerra, henchido su pecho de orgullo tras los cientos de cabezas habían caído a sus manos, las decenas y decenas de misiones de la más suma importancia habían pasado a ser su responsabilidad, y todo ello porque lo que nadie más podía conseguía a base de fuerza bruta, Bonjuge lo lograba con una mezcla de conocimientos, experiencia y, ante todo, agotador esfuerzo.

La gesta había comenzado.

*

Diez hombres yacían a sus pies. Diez soldados armados hasta los dientes habían sido necesarios para abatir la acorazada montura del caballero negro, la cual relinchaba, sufriente, aplastada por el peso de la que se suponía su protección, mientras sus patas, recorridas por todas partes de cortes y dolorosos tajos, daban a entender que ese caballo no volvería a correr nunca más.

Victoria pírrica a ojos de cualquiera. Pero más que suficiente para Bonjuge: ahora, esa fortaleza andante, aunque sí de sus manos, no iba a ser capaz de huir de su férrea vigilancia, mientras continuara en ese enorme valle.

“Cara de la muerte” era su segundo apodo y, por el aspecto que lucía, no era de extrañar: amén de su inmensa y geométrica coraza que no dejaba, a simple vista, ningún resquicio por el que colar cuchilla alguna; de sus fuertes guanteletes que, a pesar de su carga de metal permitían agarrar y mover su larga espada con la ligereza de una pluma; y de las grebas en las que ni las rodillas estaban desprotegidas; su yelmo era casi una esfera cerrada en la que sólo una expresión lucía en su cobertura facial.

Una sonrisa.

¿Qué decir? Que era inquietante, esa máscara que no exponía ninguna abertura salvo la de boca y ojos; unos visores redondos que adoptaban la expresión de un rostro entristecido pero que contrastaban con la pequeña y fina grieta de la boca que esbozaba una diminuta sonrisa.

Desconocía si lo que había más allá de todo ese metal era humano, pues ni su mirada era capaz de captar. De hecho, mirarle a los ojos era complicado cuando lo que más llamaba la atención en él era su espada, artera, certera y poderosa, acercándose a toda velocidad.

Y decían que Deathmask daba miedo en Los Caballeros del Zodíaco...

…esa máscara que no exponía ninguna abertura salvo la de boca y ojos; unos visores redondos que adoptaban la expresión de un rostro entristecido pero que contrastaban con la pequeña y fina grieta de la boca que esbozaba una diminuta sonrisa.

Después de haber vengado a su corcel, despachados los débiles aliados de quien acababa de llegar, tan osado lance contra tan bien armado jinete sólo daba a entender una cosa: quería el único caballo que aún podía correr en el lugar.

Claro que Bonjuge no compartía su idea: Con un gesto presto, ordenó a su montura dar la vuelta, no tanto para huir sino, más bien, para ganar un poco de tiempo. El caballero negro se apercibió y frenó su temeraria carrera, a la espera de su regreso, lanza en ristre. Espada en alto, preparado para interceptar el más que seguro ataque, no parecía muy preocupado por su protegida, la pequeña princesa, que esperaba detrás de él a que los oponentes dirimieran sus diferencias, lejos de la peligrosa línea del duelo.

Era ella una preciosa niña de largos cabellos negros y oscuras vestiduras, que incluso a esa distancia, rezumaba belleza y elegancia impropias de su edad. Su gesto, delicado, dejaba traslucir una adustez que daba a entender que no le preocupaba el destino de su caballero y que el de su enemigo, le preocupaba aún menos: el enemigo caería a manos de su poderoso brazo armado. Un reflejo de su ausencia de temor, que buscara un lugar limpio en el que sentarse para descansar del largo camino que ya había recorrido, a sabiendas del que tendría que recorrer a lo largo del día a pie.

A sabiendas que la princesa no intentaría huir, Bonjugue enarboló su lanza, la cargó en su mano derecha, la abrazó con su brazo, apuntó al caballero negro y, con un golpe de estribo, su acorazado caballo arrancó a galopar en dirección a esa perversa cara sonriente. Ya tocaba ganarse el pan.

Impenitente, el de negro no se movió en absoluto y vio llegar a su adversario sin mostrar ninguna duda. Más allá de sus inmóviles facciones, no se podía apreciar nada en absoluto, al igual que su pose, no traslucía ningún sentimiento, cual si fuera una piedra en el camino.

Mas, las piedras no tienen por costumbre moverse en el último instante, antes de que una poderosa lanza las atraviese de lado a lado. El caballero negro se apartó del camino de la montura, entró en su flanco derecho y, con pericia sin igual, encajó su firme espada entre la silla y la pierna de su atacante.

Con semejante lance, una persona normal habría perdido la espada.

Un veterano imperturbable, las muñecas.

Un loco de las batallas habría destruido su propia arma.

Un temerario habría seguido agarrado a su arma mientras su enemigo le arrastraba por el campo de batalla.

El caballero negro derribó a su oponente sin dificultad aparente.

La velocidad era excesiva. El peso hacia la derecha, exagerado. El equilibrio, precario a causa del violento movimiento. La fuerza del de negro, espantosa. Y la táctica elegida, la correcta.

No necesitó esquivarlo más que esa primera vez para tirarlo al suelo. Todo ello, sólo a cambio de inutilizar su espada. Pero, ¿quién necesita una espada cuando su acorazado adversario está en el suelo, indefenso?

Pues, contra todo pronóstico, habría sido buena idea para ese impasible enmascarado, usar un arma para acabar para siempre a Bonjuge, que, cual si su molesta cubierta no existiera, se reincorporó sin dificultad antes de que el caballero negro terminara de despreciar su doblado filo.

No hubo intercambio de palabras entre los dos experimentados guerreros, sólo acciones céleres, en busca de armas adecuadas para abatir al contrario. Bonjuge levantó su inmensa lanza de caballero, ahora convertida en una simple arma contundente, otrora punta invencible. El caballero negro dio la espalda al osado lancero que, inútilmente, le hacía frente, en busca de algún artilugio más útil que sus bastos guanteletes.

No permitió esto el atacante, que descargó con furia su pesada lanza contra el hombro de su parsimonioso adversario. Sería normal que tan fuertes golpes en un lugar tan preciso y clave derribaran a caballeros de toda clase. Pero el engendro que recogía una guisarma de una de sus víctimas no era, ni por asomo, alguien o “algo” a lo que tratar como al resto.

Bonjuge insistió. Uno. Dos. Tres golpes con su pesadísima lanza. Al cuarto, el de negro inclinó su cuerpo hacia la derecha y la redonda lanza resbaló hacia el suelo, lugar en el que su poderoso pie la atrapó. De inmediato, lanzó un ataque hacia su espalda, pero Bonjuge tiempo ha que se había retirado en busca de otra arma. Si algo acababa de comprobar, era que insistir no era una estrategia que funcionara con ese individuo. Repetir el golpe hasta mellar la armadura o el cuerpo de su adversario era inútil. Quedaba claro: Lograr una victoria fulminante era la única vía.

Pero tal gesta no iba a ser posible si su herramienta para tal fin estaba en el lado del caballero negro.

Bonjuge chasqueó la lengua con fuerza y, al instante, su caballo regresó junto a su amo, que ya corría a toda prisa, con tal de alejarse de su agresivo enemigo. Con una mano, agarró la silla, dio un salto, se sostuvo en el estribo y, antes de que pudiera apoyarse a la amazona en el lomo del animal, vio la punta de la guisarma del caballero negro detrás de su rodilla.

A pesar de la malla y las duras tiras de cuero, el asta enemiga desgarró sus defensas. Por suerte, sólo perdió la greba de su pierna derecha. Había tenido una fortuna que casi ninguno de sus hombres podía disfrutar: la de poder volver a luchar.

Y ya que podía, lo quería. Deseaba volver para reparar su orgullo herido.

*

—Con el debido respeto, debería…

—Guárdese tus opiniones, cabo —ya en territorio seguro, Bonjuge se dedicó a cuantificar daños. Diez soldados muertos en la emboscada, más cuatro exploradores demasiado prestos a acumular méritos. Dada la talla de su adversario, no era una gran pérdida. En cuanto a su propia persona, sólo tenía que echar de menos sus grebas y el guantelete de su mano derecha, roto y deformado tras la caída del caballo. Ahora, en su lugar, lucía más sencillas y ligeras protecciones de cuero y simples guantes de malla. Por lo demás, su coraza y casco seguían estando ahí.

Sin tanta carga, sus movimientos resultaban más resueltos. Le convenía, dada su nueva estrategia. Una vez terminados los preparativos, ordenó a su escudero que le trajera un caballo fresco, preparado para la persecución, sin armadura ni ostentaciones. No iba a necesitarlas. Una espada en el cinto y dos más colgadas de la silla. Si no sucedía nada fuera de lo normal, no llegaría a necesitar más que una.

—Enviad una paloma para movilizar a los soldados del camino del precipicio. Que no sea un paseo tranquilo.

—…entendido —el cabo comprendía a la perfección el sentido de la orden: “Ganad tiempo. No importa si morís”. Pero lo aceptó con estoicismo: el caballero negro algún día tendría que caer y no lo haría sin que su vencedor sacrificara algo a cambio.

Mientras su subordinado redactaba el mensaje, el caballo de Bonjuge arrancó a galopar. Su destino, un estrecho camino de montaña, el único que superaba las altas paredes rocosas de la última cordillera antes de llegar al río Brun. Sólo giro tras giro alrededor de esas moles de piedra, tras atravesar más de cuatro puentes suspendidos sobre oscuridades infinitas y deshacerse de los muchos esbirros de Bonjuge, podría el caballero negro llegar a su destino.

El caballo ya empezaba a dar señales de agotamiento cuando, al fin, abandonaron las hierbas altas y llegaron a la senda dominada por el viento. Fue en ese momento en el que quien perseguía se convirtió en quien sentía escalofríos por la altura. Detuvo la marcha.

Tras atar a su caballo para que descansara, Bonjuge se estiró y observó el escenario de su nuevo combate. Por su plan, esperaba que estuvieran altos, pero no imaginaba que tanto. Con tan temible, a la par que grandiosa, vista ante sí, practicó un poco con su espada los movimientos que aplicaría en el engendro que pretendía cazar. Dejó pasar varios minutos mientras repetía las diferentes rutinas que debería aplicar en todos los casos que se encontrara. Al fin y al cabo, no iba a atacar primero: su estrategia era el contraataque, el único medio para encontrar un fallo en la perfecta defensa de ese sujeto. La voluntad del enmascarado era fuerte; su agresividad, a la altura de su confianza y su técnica, sin tacha. Pero si su oponente era capaz de soportar el primer ataque, podría devolverselo con fuerza irresistible. Por eso pelearían allí.

Terminado el descanso, volvió a montar y a galopar a toda prisa por ese estrecho camino. Atravesó rectas rocosas, pequeños túneles, hendiduras en la roca, el primero de los puentes de piedra que sostenía su peso a alturas inconmensurables y, tras innumerables escalofríos por el escenario, encontró el rastro del caballero.

—¿Cuánto hace que ha partido? —sin saludar, sin preocuparse por los tres caídos que estaban a los cascos de su caballo, saltó al asunto más acuciante.

—No hará ni una campanada, alférez —a pesar de la escabechina, ese joven novato no había sufrido heridas y se ocupaba de las de sus compañeros—. Dudo que haya podido avanzar una cuarta de legua desde que nos asaltara. Los demás deben estar reteniéndole aún.

—No por mucho tiempo —Bonjuge reanudó la marcha, ahora con más premura aún que antes.

Cuatro vivos cuando el caballero negro se distinguía por no dejar supervivientes. Eso sólo podía significar una cosa: prisa bastante como para creer que no tenía tiempo siquiera para rematar a sus víctimas. Había descubierto qué estaba protegiendo en realidad con su cuerpo y su prestigio.

La persecución sólo sirvió para confirmar sus sospechas: treinta hombres, sólo dos muertos y únicamente porque tuvo la oportunidad de asestar golpes mortales a la primera. Los demás acusaban hemorragias llamativas, alguna amputación, pero nada a lo que no pudieran sobrevivir los más fuertes. Si esto era así, Bonjuge disponía de muy poco tiempo.

Cuando lo encontró, lo halló con una enorme hacha de doble filo en la mano mientras que, sobre su hombro izquierdo, cargaba con la ligera princesa. Tal era su devoción hacia su protegida, que servía de montura para ella. Aún a pesar de toda su carga, de su inmensa armadura, de su gran arma, del difícil terreno y del peso que sostenía en el hombro, el de negro corría como alma que llevaba el diablo, sin cansancio aparente.

Estuviera cansado o no era lo de menos. Lo importante era que iba lento. Por eso, una vez estuvo cerca de él, Bonjuge espoleó a su caballo para que acelerara todo lo que su cuerpo admitiera tras esa larga carrera cuesta arriba.

El caballero negro giró su máscara hierática cuando escuchó los cascos; posó a su protegida en el suelo cuando vio a quien sobreviviera el duelo en el valle; preparó su arma para cortar una pierna… y se quedó con un palmo de narices cuando observó que su enemigo prefería evitarlo, sorteando su hacha en el poco espacio que ofrecía la estrecha senda. Bonjuge siguió ascendiendo.

¿Hacia dónde? Hacia el penúltimo puente del precipicio, lugar en el que el caballero negro encontró a su temerario retador.

No era un puente muy ancho, de hecho, apenas cabían dos personas en él. Las barreras que daban al profundo espacio a sus pies, apenas alcanzaban la cadera de un adulto. Tampoco es que fuesen muy anchas. Y, dada la disposición del atacante, cualquiera intuiría cuál era la estrategia maestra que iba a emplear contra el invencible caballero negro: si ninguna arma podía mellar su armadura, lo tiraría al abismo. Si sobrevivía a la caída era lo de menos, siempre y cuando le derrotara y dejara de estar cerca de la princesa.

El callado caballero negro siguió igual de callado. De nuevo, dejó a su protegida en el suelo, le dio una palmada de ánimo en el hombro y la dejó atrás, hacha en ristre.

…una palmada. Una señal de familiaridad, un gesto que animaba a su protegida a no perder la esperanza, a pesar de que, por su posición de paladín y protector, no debiera comentarle nada de eso.

Ahora Bonjuge lo tenía claro: el hombre invencible no las tenía todas consigo. Cierto que nadie había logrado herirle nunca, pero igual de cierto era que sí lo habían logrado derribar en varias ocasiones. Por suerte para él, nunca en un lugar tan alto.

Para su desgracia, no había otro camino, ni podía volver atrás y su prisa lo espoleaba a avanzar sin pensar. ¿Un enemigo? Lo derrotaría. No tenía otra opción.

Bonjuge alzó su espada y agarró el filo con su guante de malla izquierdo. El caballero enarboló su hacha, con sus dos manos preparadas para descargar un tajo mortal sobre los brazos y piernas desprotegidos de Bonjuge. Se miraron a las cuencas vacías de sus respectivos cascos. Dejaron pasar el tiempo. Creció la tensión en mitad del silencio sólo roto por el sonido del río del fondo del abismo. Y así habrían seguido durante horas de no ser porque los nervios del de negro le traicionaron: atacó primero.

Fue un tajo salvaje. Veloz y brutal como el asalto de un azor, apuntó a la cadera derecha de Bonjuge. Qué lástima que fuese ahí donde esperaba que le atacaran: antes de que el golpe llegara a comenzar, quien defendía el puente adelantó su cuerpo hasta una distancia segura, tan cerca que estaba lejos del campo de acción de la enorme hacha. Desde allí, dirigió la espada contra el pulgar de la mano derecha de su adversario y, a base de palanca con el hierro, le obligó a soltar su arma.

El brazo izquierdo del brutal caballero chocó contra el cuerpo de Bonjuge, uno que sólo acababa de comenzar a atacar: aprovechó el desequilibrio del de negro para ganarle la espalda y, con un movimiento rápido de piernas, le rodeó una de las suyas, todo, mientras el ahora ofendido intentaba no perder su arma. Una mano contra el cuello, una pierna bloqueando otra, una simple inclinación del peso del cuerpo…

…el caballero negro fue derribado contra el borde del puente. Y cayó. Pero, tal como pretendía, se llevó a su enemigo consigo: Las piernas seguían entrelazadas, Bonjuge iba ligero y el monstruo era un mastodonte. Así pues, mientras el de la hierática máscara se agarraba con fuerza inhumana al borde del puente, fue Bonjuge quien se deslizó sobre su espalda y cayó a plomo hacia el fondo del oscuro precipicio.

Lo dio todo. Lo arriesgó todo. Perdió. Y ni siquiera logró separar a su enemigo de la princesa.

*

Tras atravesar valles, bosques, una senda de montaña plagada de enemigos, de derrotar a un gran guerrero al final de la misma, descender y atravesar una pequeña floresta más, por fin, el caballero negro y su princesa alcanzaron el ancho y profundo río Brun.

De las montañas llegaba llegaba el ya no tan rápido caudal y, desde allí hasta llegar al mar, sólo quedaba medio día de camino, uno que se prometía rápido, tan pronto encontraran su embarcación. La princesa no acusaba ninguna presión al igual que su protector, que se había librado del único que podía hacerle frente. Él poseía una voluntad irreductible, la de un guerrero forjado en mil batallas, una que no retrocedía ni dudaba pues siempre conocía el medio para salir airoso de cualquier lance.

O, al menos, eso pensaba hasta que vio el reguero de sangre manar por el río.

—Te ha costado llegar, ¿eh, condenado temerario? —sobre la barca que les llevaría a la libertad, se encontraron con que el barquero había sido asesinado a sangre fría por una mujer semidesnuda que portaba una espada rota—. Mira que habría sido sencillo que te hubieras caído tú por ese maldito precipicio. ¡Si ni siquiera semejante caída podría matarte! ¡Y, mira de qué guisa tengo que pelear ahora por culpa de tu maldita terquedad! —no era su estampa la más digna de una mujer de su complexión: desaliñada, de cabellos rojos como el fuego lacios por el agua que también cubría el resto de su cuerpo, dejando una estampa más patética que heroica. A pesar de todo, de sus andrajos y su desastrosa apariencia, su delgadez no era capaz de ocultar lo atlético de su cuerpo—. Como sea, sigo estando viva. ¡Aún no me has derrotado! ¡Como que me llamo Sofía Bonjuge que vas a caer!

Atrevida afirmación de alguien que sólo tenía media espada y por protección no llevaba ni zapatos. Cualquiera se habría crecido ante semejante broma y el caballero negro no fue una excepción, que cargó contra la asesina de su barquero.

Pero pecó de confiado.

Por muy desarmada que estuviera, la mayor arma de Bonjuge no era una lanza de caballero; ni una espada, ni tan siquiera un arcabuz. Su mayor herramienta ofensiva eran sus manos desnudas, que supieron dirigir las muñecas del caballero negro por donde ella quería; sus pies ligeros, que trabaron las piernas de su adversario, de nuevo dirigido hacia una caída segura; y el bien aprovechado poco peso de su cuerpo, que proyectó a esa mole justo hacia donde quería.

Por subestimar a esa mujer prácticamente desarmada, el caballero negro encontró su derrota por la única arma contra la que no podía ofrecer ninguna resistencia: el agua. No existía espada, lanza o hacha capaz de penetrar su fortín personal. Pero la blanda agua, esa fuerza de la naturaleza podía penetrar por todos y cada uno de los mínimos resquicios de su imperturbable máscara. Sus brazos estaban inutilizados bajo el agua; sus piernas atrapadas por esa fuerte mujer, incapaces de alzarle, y su cabeza, hundida de frente en el agua empezaba a acusar la inevitable asfixia.

Ya no tenía salvación.

—Suéltale.

La princesa habló con autoridad y, con dignidad regia, se acercó a los contendientes.

—No creo que ésas sean formas de ordenar nada a una cazadora que ha logrado su objetivo —replicó, descarada, la pelirroja atacante.

—No es él tu objetivo, ¿no? Suéltale.

—Eso es —el caballero negro palmeaba desesperado en el agua, cada vez con menos ímpetu—. Yo tengo un objetivo y, para cumplirlo, éste es un estorbo. ¿Queréis que lo suelte? Dadme lo que he venido a buscar y lo dejaré ir. Sin rencores.

La princesa dudó. Pero como buena aristócrata, no dio tiempo a la atacante a burlarse de su gesto dolido, y llevó su mano a su blanco cuello, lugar del que se arrancó una cadena de oro. De inmediato, dio un paso atrás.

Aquí hay un friki de los bustos generosos. Y no es el escritor...

La princesa dudó. Pero como buena aristócrata, no dio tiempo a la atacante a burlarse de su gesto dolido, y llevó su mano a su blanco cuello, lugar del que se arrancó una cadena de oro. De inmediato, dio un paso atrás.

—Todo tuyo —lo bastante cerca como para que pudiera oírla pero lo suficientemente lejos como para obligarla a levantarse. No le volvió a ordenar que lo soltara: le estaba obligando a hacerlo. Sin duda, era una personita de inteligencia sutil, imaginación bastante cerebral.

—Muy agradecida —una que Sofía Bonjuge respetaba tanto, que no sólo le soltó, sino que tuvo la deferencia de sacarle del agua, ahora que estaba tan ahogado que no podía moverse. Hecho esto, se acercó a la niña y, muy digna, se arrodilló ante ella, con toda esa gracia femenina que no había mostrado en ningún momento—. Permitidme señalaros, que en ningún momento ha sido mi intención poneros la mano encima —la cadena cambió de manos con suavidad, sin violencia alguna—. Me ordenaron vencer a vuestro guardador y ahora comprendo por qué: sólo por él revelaríais cuál es vuestro tesoro —la princesa frunció el ceño, no tanto extrañada, sino enfadada, ahora que había descubierto el juego de su adversaria—. No sabíamos nada acerca de cuál era el verdadero aspecto de vuestro tesoro, aparte de que estaba en vuestras manos. Siento haber tenido que echar mano de tan descortés estratagema pero, la verdad por delante, nunca os he deseado ningún mal ni a vos ni a vuestro voluntarioso acompañante —Sofía se incorporó y se subió a la barca—. Sé que conocéis más de cien maneras de salvar la vida del caballero negro y todas ellas las tenéis al alcance de vuestra hábil mano. Sabed que ninguno de mis hombres tiene permitido poneros ya la mano encima. Considerad esto un gesto de buena voluntad hacia un guerrero formidable y una dama merecedora del más digno respeto —cogió la pértiga de las manos inertes del barquero y empujó la barca hacia la corriente—. Espero que si alguna vez volvemos a encontrarnos no sea en tan poco apropiadas condiciones. Dicho esto, id en paz.

Sofía no volvió a dirigir la mirada a su presa y se centró en el camino que le quedaba por delante, una larga travesía en barca hasta llegar al mar, desde donde podría volver a su hogar.

Sin dejar de atender a las rápidas aguas del río Brun, la mujer respiró profundamente, se arrodilló con cuidado y musitó el nombre de aquel a quien más respetaba.

—Estoy a la escucha, señorita —y, como respuesta, desde más allá de las nubes, pudo percibir su voz.

—Ya he encontrado la vigésimo tercera llave y me dirijo presta a entregárosla. ¿Estoy a tiempo de ganarme vuestro respeto?

—Bien te has resarcido de vuestra última y desastrosa misión. Tomaos este tiempo muerto como un descanso y disfrutad del viaje. Habéis cumplido con creces una gesta que ni vuesos compañeros de armas pudieron siquiera comenzar a cumplir.

—Gusto de conocer el dato. Sin más añadidura, seguiré vuestro consejo y descansaré. Nos veremos más allá de la luz.

Ninguna voz más inundó el silencio del bosque y sólo quedó la guerrera con el cadáver del barquero que tan mala fortuna tuvo de cruzarse con su espada.

—¿A que al final tengo razón? —tan ociosa se encontraba que el hecho de hablar con un cadáver no le parecía extraño—. Si el pájaro no canta, mátalo. ¿Qué sentido tiene andarse con rodeos? Preocúpate sólo por salvar la vida. De nada sirve convencer y esperar es inútil. Diga lo que diga el viejo, ir de frente es la mejor opción.

Y ya sólo le quedó coger el timón y dejarse llevar por la corriente. Ya desaparecería una vez llegara al mar.

Llave #23 recuperada

Responsable: Sofía B.

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Acerca de jeshuamorbus

He aquí un loco con su séquito. He aquí un hombre ido que escribe cosas absurdas. Hállase en este lugar un hombre demente que sólo piensa en mundos extraños en los que le gustaría verse... Saludad a este buen loco ^_^
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