Capítulo 1 – Haz que quiera cantar

El camino debe permanecer cerrado, ahora y siempre, para siempre”.

 

 

No era cuestión de perder la paciencia: en sus manos tenía todo el tiempo del mundo para observar cómo ese loco iba de esquina en esquina, bajo las sombras proyectadas por los viejos faroles, en pos de ocultar ese cargamento tan deseable.

En apariencia, una simple y pequeña caja de madera cerrada. No más grande que un puño, de madera de castaño, con un cierre en apariencia sencillo… a ojos de un profano, la cajita de la bisutería de una niñata mimada.

En realidad, un tesoro de valor incalculable.

Un maldito tesoro cuyo perseguidor no conocía forma de abrir y cuyo portador poseía la clave para lograrlo.

Pero, de nuevo, el paciente acosador era una persona pragmática y con gran cantidad de recursos. Dinero, situado en los lugares adecuados; hombres, aunque sólo sirvieran para acorralar a su objetivo; un plano que indicaba todos los escondites en los que se podría ocultar su adversario… y planes. Muchos planes que su mente flexible alteraba a cada paso que daba su víctima.

La ciudad era una sucia, mugrienta, suburbana, ruinosa e insegura tanto en apariencia como en realidad. Tal como deseaba el tranquilo observador. Y, acorde con sus deseos, su presa se oculto en un edificio abandonado y en inminente ruina, sin pintura, sin ventanas, con numerosos tableteados por cortinas, herrumbroso donde el hierro asomara más allá del hormigón, frío, húmedo, horrendo a la vista. Un escondite perfecto. Exactamente el lugar donde el perseguidor imaginaba que ese agotado hombre trataría de guarecerse.

Nada que alterara su rostro imperturbable, cómo no: era un profesional y sabía lo que debía hacer en esta o en cualquier otra variante de sus numerosos planes.

¿Cuál sería el siguiente paso? Esperar. El pobre diablo estaba agotado y buscaba un lugar donde descansar y ocultar su precioso cargamento. Por lo tanto, aprovechó plásticos y maderos para tapar la presencia de la caja; cristales rotos y cordones para fabricar improvisadas alarmas y sacos y telas viejas para crearse algo que recordaba vagamente a una cama.

Si supiera cuán fútil resultaba su propósito frente a los deseos del vigilante, haría bien en rendirse desde el principio. Lo malo era que, si llegaba a saberlo, podrían empeorar más aún las cosas.

Seis horas de oscuridad y silencio después, nada más se asomó el sol en el horizonte, e iluminó levemente ese cuchitril más allá de sus agujeros que alguna vez fueron ventanas, el pobre fugitivo se dio cuenta de ciertos detalles. El primero, que fuesen dos horas o fuesen diez, una larga siesta siempre sienta bien después de agotarte hasta la náusea. El segundo, que su tesoro estaba en buen estado. Y, el tercero, que no estaba solo.

—¿¡Vas a dejar de hacer ruido!? ¡Este viejo intenta dormir y tú llevas haciendo no sé qué tontería toda la noche!

Un simple mendigo, una presencia discreta, oscura y callada que había estado en una esquina de esa sala desde el mismo momento en el que llegara el huidizo fugitivo. Nada amenazante, desinteresado por su colega sintecho y mucho más preocupado por atender a su precaria almohada. Ninguna amenaza.

Alguien a quien dejó atrás de inmediato, una vez comprobó que su caja no había sido abierta durante ese tiempo.

Tranquilo el primer segundo, perdió la calma una vez oteó presencias en la calle más allá de las tablas que, a duras penas, protegían el edificio de los elementos. Coches negros, trajes oscuros, rostros hieráticos y actitud matona. Sí, el pobre fugitivo estaba atrapado.

Mas no desesperado. Tantos días huyendo le habían ayudado a mantener la mente fría en busca de rutas de huida, una cabeza entrenada tras decenas de situaciones similares a ésta. Ventanas, puerta principal y la tubería por la que había trepado hasta meterse en el edificio eran, de plano, lugares descartados. ¿Alternativas? Edificios contiguos, si encontrara alguna forma de llegar a ellos; esconderse y esperar en algún lugar del sótano o, como última opción, probar a escapar por los ya vigilados patios interiores para salir por otro edificio.

Suspiró exhasperado, a sabiendas que no tendría más remedio que romper a correr. Los accesos a edificios cercanos o estaban tapiados o a demasiada distancia como para poder llegar a ellos de un salto. No hablemos de que no era tan idiota como para pensar que no buscarían hasta en la última esquina del hediondo sótano para encontrarle. Por lo tanto, su tercera idea era la única factible en este caso.

El plan era sencillo: encontrar una ventana abierta a los patios y correr como alma lleva el diablo antes de que a ninguno de sus perseguidores les diera tiempo a dar la voz de alarma. Simple, inefectivo y peligroso. Pero no había otra opción. Y habría comenzado de inmediato de no ser porque sintió algo que no esperaba: una mano cerrada sobre su hombro.

—Macho, ¿van todos a por ti?

Era el mendigo. El fugitivo no se atrevió a suspirar de alivio aún: una sola mala palabra haría que fuese ese desconocido y no él mismo quien diera la señal de alarma.

—No sé quién eres —susurró—, pero me fío más de ti que de esos cuervos. Sígueme.

¿Qué habríais hecho vosotros en su situación? Rodeado de enemigos, de repente, te surge un improbable aliado que dice tener la solución a tus problemas y te da órdenes sin conocerte de nada. A cualquiera se le habría puesto la mosca detrás de la oreja.

Pero no era este caso.

Tanto uno como otro, se movieron con precaución, uno por costumbre y otro por necesidad, sin levantar ni un ruido, escaleras arriba, en dirección a alguna salida que el último no había percibido en su llegada a esa ahora jaula. El mendigo, menos viejo de lo que aparentaba y más activo de lo que su desarrapado aspecto dejaba traslucir, señaló la puerta que era su destino y, poco antes de llegar, recogió un largo madero que, sin duda, ya había sido movido muchas veces. No hicieron falta más indicaciones: el fugitivo abrió la puerta.

Se encontró sobre una desgastada aunque aún firme estructura de metal clavada a la fachada trasera del edificio, los que fueran restos de unas escaleras de emergencia de las que sólo quedaba esa suerte de cesta con un agujero por el que poco apetecía saltar. Pero, antes de que pudiera quejarse, el mendigo sacó el madero, ahora convertido en puente hacia el edificio de enfrente.

—Sujeta bien fuerte —antes de que el otro pudiera obedecer, el sintecho saltó sobre la tabla con una agilidad impropia de su aspecto y, en dos pasos, llegó al otro lado—. Ahora tú, rápido —se arrodilló sobre la tabla, justo al borde de una caída de al menos diez metros, sin mostrar ningún miedo.

Si fuese enemigo, sólo habría necesitado ladear la tabla para tirar al fugitivo al vacío. Sin embargo, dos factores convencieron a éste para que saltara a tan precario puente: primero, que probablemente el mendigo caería también de atreverse a hacer algo tan estúpido y, segundo, que alguien se acercaba más allá de la puerta.

Diez segundos después, uno de los asaltantes abrió la puerta con violencia, advertido por el sonido de pasos sobre el metal. Pero ya no había nadie allí.

Canabalt, jugando a dobles

—Sujeta bien fuerte —antes de que el otro pudiera obedecer, el sintecho saltó sobre la tabla con una agilidad impropia de su aspecto y, en dos pasos, llegó al otro lado.

*

—Así que… ¿ésos eran de los Provenzanos o de los Lorenzetti? —por fin seguros en una esquina aún más oscura y oculta de la ciudad, fugitivo y mendigo descansaron tras tan precipitada carrera y no tardó en surgir la pregunta del ignorante de la situación—. No me sonaban sus pintas.

—Ni uno ni otro —de nuevo agotado, el portador del tesoro se acomodó como supo y sólo supo dar una respuesta escueta.

—Oh, ya lo pillo: familia nueva —el barbudo sintecho suspiró con fuerza—. Ya pensaba en irme largando de la ciudad y, creo, ésta es una buena razón.

—¿Familia…? ¿Crees que son mafiosos?

—¿¡Y qué van a ser sino? ¿Tú has visto los bugas que gastan? ¿Y los trajes? Las armas no eran simples escopetas recortadas ni revólveres de algún poli vendido: ¡Eran malditas pistolas automáticas de ésas que sólo puedes ver en películas! Leche, si incluso uno llevaba un pequeño cargamento de collares de oro alrededor del cuello. Ni el alcalde se puede permitir algo parecido a lo que cada uno de esos soldatos traía. No me quiero imaginar cómo las gasta su capo.

—No son mafiosos, hasta donde sé —el mendigo le lanzó una larga mirada escéptica pero, al final, suspiró de nuevo.

—Lo que tú digas. Como sea, si han movilizado a diez hombres para cogerte, debe ser porque algo sabes o algo tienes… —desvió sus ojos hacia la mochila.

—Algo tengo, sí, pero dudo que sea lo que imaginas.

—No creo que sean drogas: no tienes cara de yonki. Tampoco creo que sea dinero, sino tendrías esa mochila a reventar y dudo muchísimo que sean armas, porque sino podrías haberte defendido de esa chusma. Así que, supongo, todo lo que tienes ahí dentro son “problemas”. Problemas en los que ya no me quiero meter —ya recuperado el resuello, el mendigo se levantó y se inclinó sobre su protegido—. ¿Podría pedir la voluntad? No he comido nada desde hace dos días.

El aún agotado portador, se llevó la mano a uno de sus bolsillos y sacó una cartera que puso sobre la mano del pedigüeño.

—Se la quité ayer a uno de ésos. Ahora es toda tuya —el desarrapado barbudo echó un vistazo a su interior y su mirada se iluminó con sorpresa y alborozo.

—¡Compadre! ¿¡Esto va en serio!?

—Sé que tiene dinero pero no sé cuánto. Tengo otra igual, así que me da igual darte ésa.

—¡Me basta una, tranquilo! ¡Si ya lo decía mi madre…! —no terminó la frase y salió contento como unas castañuelas por la puerta más cercana.

El fugitivo, al fin, encontró un nuevo respiro, uno que tendría que cortar muy pronto. A estas alturas, sus cazadores no tardarían en darse cuenta de que no estaba ya en el edificio que, con tanta fortuna, había podido abandonar. Tenía que aprovechar para poner tierra de por medio. Quién sabía cuándo podría volver a tener una oportunidad semejante de salir de su cinturón de vigilancia.

Podría aprovechar para cambiarse de ropa, de peinado así como de mochila. Como fuese, tendría que hacerlo rápido. Y así actuó: en las siguientes dos horas, corrió raudo a una peluquería en la que fue bien generoso con las propinas para ser el primero en la cola y, luego, a una tienda de ropa donde terminó los remates necesarios para no ser descubierto a simple vista. Ya irreconocible, se creyó seguro.

Pero, como dice el proverbio, “hacer el bien no implica hacerlo bien”.

Al fin y al cabo, ¿qué llama más la atención que un hombre arruinado que muestra más billetes que un capo en un buen día en una ciudad controlada por el crimen organizado? Probablemente, un político que dice la verdad. Pero ninguna verdad iba a decirse ese día, aparte de la que se buscaba: ¿Dónde habría conseguido semejante pastizal?

Por supuesto, un mendigo puede ser honrado. Eso es algo bueno y un detalle honroso.

Lo malo es cuando el pobre hombre es ignorante del berenjenal en el que se ha metido y no puede, aunque quiera, librarse de la tortura en la que se ha metido. Una confesión era lo que los enemigos del fugitivo deseaban. Una confesión que él, no podía darles.

Y, mientras, la persona que se creía su benefactor, se alejaba cada vez más de su salvador.

*

Cuando se es fugitivo y pasan muchos días seguidos, es normal que el paradigma de lo que buscan sus captores cambie y acaben por “pensar fuera de la caja” para lograr su objetivo. Esto es, acabaron por concluir que su presa había cambiado de aspecto y se había fundido en la multitud.

Así fuese: costaría más encontrarlo. No más tiempo, sino más dinero. Ya fuese en la ciudad de la que partió tan pronto como encontró un medio, ya en las circundantes, su retrato empezó a ser visto en manos de individuos patibularios. Recompensas empezaron a ofrecerse por el cuerpo vivo del hombre de la caja, unas cuantas palizas cayeron a bravucones que se pasaban de listos al conocer lo que esos hombres de negro exigían, y los rumores empezaron a crecer ya entre los menos honrados, ya entre los más.

¿Qué podría tener o saber ese bueno para nada que, con tanto ahínco, perseguían? Siempre se mencionaba su caja de madera, pero nunca su contenido. La deseaban con locura, tanto como para pagar una vida de lujo a quien se la entregara junto a la mente huidiza que la arrastraba.

Ciertamente, el dinero era un buen aliciente, pero había otro mayor: la insana curiosidad.

Como ya dijera el mendigo, allí dentro sólo podía haber “problemas”. ¿Sería alguna información explosiva? ¿Algún tesoro valioso para alguna gran compañía? ¿Un secreto por el que merece la pena matar? O, peor, ¿algo que tenga más un postor que lo desee? ¿Qué demonios podía ser tan valioso y, a la vez, ser tan pequeño como para caber en una caja tan diminuta?

Fuera una u otra respuesta, sólo podemos estar seguros de que el pobre fugitivo estaba hasta el cuello. Fue despertar y encontrarse, una mañana, con que todo el mundo le observaba más allá de su ropa nueva y su pelo teñido. Descubrir que todo el mundo en las calles de una ciudad que nada tenía que ver con la que acababa de abandonar, sabían quién era y lo que representaba.

Su única suerte, que lo desearan vivo.

Su desgracia, no necesariamente entero.

Él sabía que no era un criminal. De hecho, su aventura era una gesta casi heroica. Lo que se encontraba dentro de esa caja no debía mostrarse a nadie y, mucho menos, ser utilizado. Él pensaba que era el único que se había dado cuenta y se equivocó. Lo robó, lo encerró y se lo llevó lejos. Ahora, su única seguridad era que sólo él sabía abrir esa caja sin dañar su contenido, uno más frágil que un cristal cuyos captores no podían osar a dañar.

Ciertamente, podría destruirlo él mismo, pero ésa debía ser la última opción. De llevarlo a cabo, sabía que causaría un daño irreparable, si no en él, en todo el mundo. Por ello, debía ocultarlo y alejarlo, hasta que llegara al mar y pudiera hundirlo en la primera fosa marina con la que se cruzara, lejos de las manos insidiosas de sus enemigos y turbas interesadas ya por el premio, ya por el mismo contenido de la caja.

Bien seguro de que podría llegar a su destino en menos de dos días, el portador se hacía vanas ilusiones.

Hasta que, a sus pies mientras continuaba su peligroso periplo, encontró algo que, en adelante, preferiría no haber encontrado.

—Es tu amigo.

Sentado en el suelo, contra la pared de una calle cualquiera, un hombre se desangraba. Barbudo, desarrapado, torturado y sufriente. El mendigo que le había salvado el cuello un par de días atrás. O una foto suya en tan lamentable estado.

—Yo no te haré nada —indicó el individuo que había arrojado la foto al suelo, justo ante sus ojos—. No te perseguiré, no te vigilaré ni te tocaré siquiera —vestía tan normal como el fugitivo: No destacaba nada en esa calle desierta—. Pero si no vienes a la nave siete del polígono fuera de la ciudad antes de las doce, nos encargaremos de él —cruzaron miradas—. No me mires así, que sólo soy el mensajero. Por mí, puedes seguir tu camino. No te juzgaré si dejas a ese bocazas atrás: lo que tienes en tu mochila vale mucho más que la vida de un pedigüeño cualquiera. Pero te advertiré algo: ahora no somos sólo nosotros quienes buscan la caja —una fuerte tensión notó el portador en la espalda—. Si hay algo en lo que tanto tú como nosotros estamos de acuerdo es en mantener el contenido de esa caja en secreto. Pero, ¿qué pasaría si la poli se hubiera movilizado tanto como nosotros al intuir lo que puedes esconder ahí dentro? ¿Qué ocurriría si el propio gobierno quiere lo que ocultas? —nuevo cruce de miradas. Sudores fríos recorrieron el cuerpo del mudo interlocutor—. Sé que no te fías de nuestra palabra y, sin duda, es justo. Pero porque podemos mentirte, podemos hacerte todas las promesas que queramos: tráenos la caja y tú y tu amiguito saldréis con vida. Ahórranos problemas y te garantizo que no te castigaremos —el hombre se acercó al cuerpo tenso de quien quería huir pero no encontraba fuerzas para hacerlo—. Yo no te tocaré, ninguno de los míos te tocará pero, a poco que te comportes mal, mis jefes podrán decidir que no salgas entero de la nave. Obedece. Será más sencillo.

Caminó y se alejó del confuso fugitivo mientras tecleaba un número en su teléfono móvil.

—Ya he entregado la carta —pudo escuchar el hombre temeroso, a lo lejos.

Carta entregada. Una decisión dolorosa que tomar. Y alguien no muy dispuesto a seguir las sendas marcadas por alguien que no fuese él mismo.

*

La presión es una fuerza sorprendente. ¿Quién no la ha sufrido? ¿Quién no le ha sacado provecho? Nuestro querido protagonista la sufría. Y, cómo es de imaginar, la empleaba.

Quizá, por su cuerpo bien formado y juventud, penséis que estaba dispuesto a arrojarse directo a la boca del lobo a pelear por su aliado y contra todos sus enemigos a la vez.

Por su carácter inteligente y analítico, a lo mejor imagináis que preparaba una trampa, una emboscada inimaginable para sus adversarios, una que no les permitiría reaccionar y ante la que morirían sin remedio.

Los habrá que piensen que su capacidad de fundirse con su entorno y con la gente a su alrededor le resultaría útil para salvar a su incierto compañero.

Todas o ninguna de las posibilidades.

Pues bien, él disponía de una habilidad más, que era la que le había permitido mantenerse lejos de sus adversarios todo este tiempo: la de adelantarse a sus pensamientos y emplear toda la información que le habían proporcionado en su contra.

Las diez horas de las que disponía hasta la ejecución del mendigo iban a ser la perdición de sus perseguidores pues le permitieron realizar todos los pasos previos de su plan sin ninguna interrupción. Cierto que atraía miradas, igual que alguna mano se movía hacia la navaja o llave inglesa más cercana pero, al final, visto el cargamento con el que se hizo el hombre más buscado de la ciudad, nadie se atrevió ni a toserle.

Con los abundantes fondos de los que aún disponía, se las arregló para analizar el lugar de la cita desde una posición segura, alquilar su herramienta principal, comprar los instrumentos con los que iniciaría su ataque y tener a mano las piezas del toque final.

Lo último que hizo fue lo más humano: comer. Llevaba con un nudo en el estómago todo el día y, aunque el trabajo le tranquilizara, sabía que su plan no podría llevarse a cabo si, al final, acababa teniendo un mareo terrible tras realizar un mínimo esfuerzo.

Y, al fin, llegó la hora: dos horas antes del final del plazo, una camioneta se acercó a la nave contigua a la del lugar de la cita. Era ya noche cerrada, pero no destacó en absoluto pues, el lugar al que debería haberse acercado estaba atestado de gente. Trajes negros, gafas negras, actitudes oscuras y armamento reluciente, preparado para ser utilizado. No se molestó en agitar esa llama a punto de estallar y comenzó su trabajo.

La nave vecina era una muy conveniente para su plan: lo primero, estaban separadas por una reja taponada por una esterilla que impedía ver nada al otro lado. Todos sus adversarios estaban dentro del ámbito de la nave. Ninguno se interesó por ver si había algún buen trabajador haciendo horas extra a las tantas de la noche en la empresa de al lado.

Lo segundo, tenía la reja abierta, por lo que introducir la camioneta que había alquilado para la ocasión no le costó ningún sacrificio.

Y, tercero, con la que andaban armando los de al lado, ningún agente de seguridad del polígono se atrevía a acercarse al lugar, por lo que el fugitivo pudo descargar su cargamento sin ninguna presión: más de diez grandes latas de gasolina cuyo contenido comenzó a derramar por los alrededores del edificio. Puertas, paredes, ventanas, césped, árboles, coches de empresa… todo lo que encontró por su camino acabó bien embadurnado de material altamente inflamable.

Una hora después, el ambiente estaba bien cargado de ese olor insidioso. Era curioso que, incluso con esa peste, los hombres de negro no reaccionaran. Pero, como no reaccionaban ni reaccionarían aunque prendiera el fuego, no era su objetivo el espantarles con un poco de fuego.

Lanzó una cerilla al suelo, la gasolina prendió de inmediato y, en cuestión de un minuto, un poderoso fuego rodeó la empresa. Como había intuido, los de al lado ni se inmutaron. Por eso, recurrió a sus improbables aliados.

—¡Policía! ¡Un grupo de mafiosos ha encerrado a dos tipos en un edificio la parcela seis del polígono y le han prendido fuego! ¡Sí, de negro! ¡Armados hasta los dientes! ¡Bomberos, policía, una ambulancia! ¡Lo que sea, pero que vengan rápido!

…nunca debieron haberle dicho que la policía también le buscaba.

Las cabinas de teléfono eran útiles: en cosa de diez minutos aparecieron los bomberos; después, casi persiguiéndoles, la policía y, como no llegaran pronto las ambulancias, eso iba a ser una escabechina digna de recordar en cualquier hemeroteca. Era por el fugitivo por quien peleaban, pero éste no estaba a la vista de ninguno de los contendientes.

A pesar de estar justo detrás del campo de batalla.

Fue cosa de escalar el muro trasero que delimitaba la nave, encontrar lugares adecuados para trepar hacia la ventana del primer piso y entrar rompiendo el cristal . Con el tiroteo que se estaba desarrollando abajo, nadie se fijó en el ruido.

Salvo el mendigo, maniatado a una silla, cuyos ojos hinchados encontraron una sombra dirigirse hacia él con una navaja en la mano. No vio a un ángel hasta que notó que sus muñecas estaban libres y sus piernas, sin ligaduras que lo atenazaran. Vio a un divino salvador mas, en un instante, a un demonio, cuando éste le dijo por dónde saldrían: por la misma ventana, con él a caballito sobre la espalda del fugitivo. Con sus heridas, poca fuerza podía ejercer para sostenerse en una bajada tan dura después del tratamiento que le habían dado durante esos días. Pero fue que una bala perdida atravesara la puerta para que se abrazara a la espalda de su compañero antes de que este le diera señal alguna.

No fue una bajada tranquila, pero sí silenciosa. Cuando la batalla terminó, tanto hombres de negro como policía se encontraron con que el premio que tanto buscaban nunca había estado allí…

*

El mendigo lucía completamente diferente una vez le cortó las greñas. Como imaginaba, era bastante joven, aunque con los estigmas que deja la vida en la calle. Sin embargo, con el cambio de imagen, junto a las heridas que lucía, parecía un hombre de acción acostumbrado a no salir indemne de cualquier pelea.

—Si me encontrara con algún viejo amigo, no me reconocería nadie… —comentó el sintecho una vez vio su rostro en el espejo.

—Bueno, ése es el plan —en una casa segura, rodeados de material de peluquería, botiquines y comida, los hombres descansaban de su periplo.

—¿Plan? ¿Qué quieres hacer conmigo?

—Pedirte un favor, uno muy grande…

—Mira chico, te agradezco la pasta que me has dado y que hayas vuelto a por mí y todo eso pero…

—Es importante, créeme. Y, con eso, quiero decir que tiene que hacerse sí o sí, no tanto por mí, sino por todo el mundo —el fugitivo sacó la caja de su mochila y la colocó entre ambos—. Todo el mundo ya me reconoce por la calle. No puedo salir sin que hombres de negro, policía o cualquier hijo de vecina sienta tentaciones de atraparme para hacerse con este tesoro. Los disfraces no se me dan muy bien y tampoco tengo tantos recursos como para probar. Por eso…

—¿…me pasas el testigo a mí?

—Eres mi única esperanza ahora mismo. Me he salvado porque la casera de esta habitación no es una chismosa y no se da cuenta de quién soy. Pero sólo es cuestión de tiempo. Necesito que cojas esto, que llegues al mar, que cojas cualquier barco que puedas permitirte y que tires el contenido de esta caja al agua una vez llegues a aguas profundas.

—Es un favor serio —el mendigo cogió un par de fritos de pescado y, sin educación alguna, los engulló a la vez—. Te debo mucho y todo eso, pero esto me vuelve a poner en peligro.

—No es un favor sin recompensa —colocó entre ellos aquella otra billetera de la que hablara la última vez—. Esto es para tus gastos y disfrute. Haz el favor de no llamar tanto la atención esta vez. Y, segundo…

La caja era de madera. Apenas un cierre manual, sin cerradura, una tapa de madera lisa y dos bisagras. Sin embargo, había un pequeño detalle que a nadie atento se le pasaría por alto: el olor. Apestaba a gasolina y pólvora. Fuese lo que fuera lo que guardaba ese cacho de madera, estaba rodeado por un buen sistema de autodestrucción. Sistema que superó el dueño del tesoro introduciendo un alfiler por la rendija de la tapa. Una vez el hierro entró, sonó un craqueteo metálico y el hombre pudo abrir la caja normalmente.

Como bien esperaba el mendigo, allí había dos bolsas conectadas con cables a una pila. No entendía mucho de electricidad, pero imaginaba que si alguien se atrevía a abrir la cajita sin la precaución que tomó su dueño, tanto caja, como contenido, como manos del temerario, habrían acabado reducidas a cenizas en un instante.

—…eres un poco pirómano… —opinó con sorna el mendigo.

—El fuego es la solución a muchos problemas —sonreía cuando le replicó. Dejó de hacerlo cuando retiró las dos bolsas y mostró el tesoro que todo el mundo buscaba.

El mendigo también tensó el rictus cuando encontró ante sus ojos esa pieza tan pequeña, tan simple, tan en apariencia inofensiva…

—…carajo… —musitó primero—. ¿Pero qué…? —balbuceó después—. ¿¡Se puede saber de dónde diablos has sacado esto!? —no pudo contener la exclamación ni un segundo más—. ¡Con razón todo el mundo te persigue!

—Si eres capaz de decir eso es porque comprendes por qué lo quiero tirar al mar —afirmó seriamente el otro.

El cambiado sintecho miró largamente, con terror, esa pequeña pieza circular dentada, ese engranaje que no había nadie en ese mundo que no reconociera. Temeroso, alargó la mano hacia él y lo sostuvo con un dedo. Era extrañamente pesado, pero también se notaba frágil. Una pequeña explosión como la provocada por ese par de bolsitas lo habría destruido sin remedio. Tampoco es que tirarlo al mar fuese mucho mejor, pero cabían posibilidades de que sobreviviera el paso del tiempo en las profundidades abisales.

Dejó de nuevo el disco en su sitio y cogió la billetera. A ojo, cogió la mitad del dinero y se lo dio a su compañero.

—No necesito tanto, no para esto —serio como una piedra, cogió el resto del dinero y esperó a que el otro cerrara la caja de nuevo—. ¿Quieres que lo tire donde nadie lo encuentre? De acuerdo. Pero necesitaré algo de ayuda.

—No te lo daría si no fuese porque estoy dispuesto a dar mi vida si es necesario para que esto acabe en el lugar más seguro posible. Una vez marches de la ciudad, empezaré a pasearme por la ciudad, me dejaré ver, atraeré la vista sobre mí, volveré a huir, como si aún llevara la caja conmigo.

—Pero la tendré yo. Y para cuando te atrapen…

—Para cuando me atrapen, con suerte, ese tesoro estará en el fondo del mar.

Con la caja en la mano, el nuevo portador, se levantó. Tenía más dinero del que nunca habría podido disfrutar pero, a la vez, estaba en posesión de una posición que nunca había pedido, de un peso que muy pocos estaban dispuestos a cargar. Si no fuese porque no estaba solo, nunca habría salido por la puerta con la caja en el bolsillo.

*

Un barco pesquero que hacía las veces de ferry para personas con demasiada prisa como para esperar que llegara el oficial iba a ser el medio que iba a utilizar el cambiado mendigo para llevar a cabo el paso final de su misión.

La negociación con el patrón fue rápida, el embarque, inmediato y el viaje, rápido. Era un periplo de apenas de media hora, pero atravesaba aguas muy profundas, frías, oscuras e insondables. Cualquier cosa que cayera allá abajo, no volvería nunca a la superficie. Por eso, hizo lo que debía hacer: sacó un estilete del bolsillo, se metió en la cabina y asesinó al piloto.

SPY HERE!!!

Por eso, hizo lo que debía hacer: sacó un estilete del bolsillo, se metió en la cabina y asesinó al piloto.

De inmediato, cogió el timón del barco. Lo dirigió a la otra orilla de ese mar oscuro mientras llevaba la mano a la radio del barco y sintonizaba la señal que buscaba.

—Ya tenemos la décimo quinta llave, jefe. Ábreme una vía en la fosa oscura del norte. Cambio.

—Has tardado mucho —se escuchó al otro lado—. Ya hablaremos de tu manía de remolonear cuando vuelvas. Cambio.

—Este loco merecía algo de precaución. Estaba dispuesto a cargársela a la mínima. Además… —al otro lado se cortó la comunicación—. Ya, que ya hablaremos del tema cuando vuelva… —suspiró, pero no intranquilo, sólo cansado. Al menos, en un instante podría ver bellas luces en su camino de vuelta al lugar que le correspondía—. Si el pájaro no canta, haz que quiera cantar —se dijo a sí mismo, como ensayando lo que le diría a su superior una vez regresara—. Si un hombre cree que todo el mundo le persigue, camina a su lado —tal como predijo, la vía refulgente apareció ante él—. Si cree que le quieres quitar un tesoro, dile que tu tesoro es otro —el barco chocó contra algo y paró en seco—. Si cree que haces lo que haces sólo por ese otro tesoro, cede parte de tu recompensa —caminó fuera de la cabina, hacia la vía recién abierta—. Si no quiere compartir sus secretos, oblígale a pensar que sólo el sufriente es de fiar para cargar con ellos —alargó la mano hacia el brillo azulado—. Diga lo que diga, ésta es la mejor forma de actuar —desapareció.

Llave #15 recuperada.

Responsable: Carl F. J.

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Acerca de Fran Córdoba

Diseñador e ilustrador multimedia, un hombre orquesta del mundo gráfico. Coordinador de proyectos extraños e imposibles. Fustigador de mis queridos compañeros de fatiga. Un alma inquieta y creativa... Azote mental de mi querido Jeshua Morbus.
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